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¿Y ahora, qué?

Semana traumática para el derecho a decidir. De una república inane a la petición de amnistía, se concentra un retroceso de cuarenta años en el transcurso de siete días.
La estrategia represiva del Estado puede volverse sin embargo en su contra, al ahondar en la indignación de una gran parte de la sociedad catalana.

Un reportaje de Jesús Barcos - Domingo, 5 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Concentración en Tarragona para exigir la salida de prisión de los exmiembros del Govern y de los presidentes de Òmnium Cultural.

Concentración en Tarragona para exigir la salida de prisión de los exmiembros del Govern y de los presidentes de Òmnium Cultural. (Foto: Efe)

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  • Concentración en Tarragona para exigir la salida de prisión de los exmiembros del Govern y de los presidentes de Òmnium Cultural.

con la prisión de medio Govern el problema político español adquiere una nueva dimensión. Las horas más graves ya están aquí. Y con ellas la percepción extendida de humillación en Catalunya, a medida que se conocen detalles de lo sucedido el jueves. El Estado, vía Fiscalía, se ha marcado un gol en propia puerta, si pretende infundir algo más que agotamiento o temor. España no gana enteros en Europa, y la pretensión de recurrir a un nuevo 155 en caso de victoria del independentismo el 21-D, carece de recorrido.

Con los acontecimientos lanzados a toda velocidad, el soberanismo ha vuelto a subirse a una montaña rusa de emociones, desde su momento más endeble a comienzos de semana, hasta recuperar en el último trecho buena parte del espíritu surgido en torno al 1 de octubre, de singular comunión entre representantes y representados. Al mismo tiempo, el independentismo ha reconquistado terreno en la batalla de la imagen, si bien su bagaje global es insuficiente. El referéndum reventado por el Estado era una potente herramienta para la negociación, pero como objetivo finalista su base era demasiado estrecha, ante un Estado dispuesto además a un castigo colectivo al independentismo. Así que fuera a golpe de improvisación, el Govern hizo bien en evitar una oleada represiva por las calles de Catalunya. La proclamación de la república en paralelo a la aplicación del 155 fijaba simbólicamente un proyecto con arraigo limitado, pero no independizaba un país. De ahí que Puigdemont pidiese “paciencia, perseverancia y perspectiva”. Con esa misma perspectiva, resulta evidente que hace tiempo que el pensamiento mágico se apoderó del guión, en una desconexión con el principio de realidad reconocida hasta por la CUP. Por lo tanto, con la experiencia de esta abortada legislatura, una victoria ajustada el 21 de diciembre no despejaría el camino independentista.

Volvamos al ahora. Pendientes de lo que termine por hacer la CUP, cuya concurrencia el 21 de diciembre es capital, en el territorio soberanista la lista única gana muchos enteros, pero la primera batalla está en el programa, con movimientos significativos en el PDeCAT. El viernes por la mañana su coordinadora general, Marta Pascal, propuso una lista con “todas las sensibilidades” por la “libertad” y la “amnistía”, abierta a los comunes, y que por lo tanto en la práctica aparca cuidadosamente la independencia. Una propuesta programática que aunque encaja con el planteamiento de Santi Vila, también supone de facto descartar la opción de su candidatura, chamuscada durante los tremendos acontecimientos de esta semana. Pascal reconoció formular esta propuesta sin haber contactado con Puigdemont. “No hemos podido hablar con él sobre esto desde que está en Bélgica”, dijo. Esa misma tarde del viernes 3, el propio Puigdemont, que de no haber viajado a Bruselas estaría hoy en prisión, se postuló para candidato, en una enmienda a su cartel de hombre de paso, por más que el momento sea de excepcionalidad. Pero atención al detalle de ayer por la mañana. El president desposeído, en situación de busca y captura, publicó un tuit abogando por la unidad de “los demócratas”, por “Catalunya, la libertad de los presos políticos y la República”. Diferencia no menor la mención republicana, que excluiría a los comunes, aunque capaz de englobar al sector de Podem encabezado por el defenestrado Dante Fachin.

He aquí la encrucijada y la batalla interna del PDeCAT. Un partido que en una lista única disfraza su sangría de votos, pero donde al mismo tiempo se diluye. Encrucijada que conecta con el problema de base del soberanismo;un porcentaje significativo de los partidarios del derecho a decidir lo son si hay un acuerdo del Estado, así que en la práctica los partidarios de la decisión son menos que los que se esgrimen.

fragilidad del estadoPor el lado opuesto, el Estado ha vuelto a dar muestras de su frágil fortaleza. La paradoja se reitera. La unidad de España vía Guardia Civil es una unidad muy tocada. En este escenario las elecciones convocadas por Rajoy, si bien no son equiparables a un referéndum, definitivamente toman carácter plebiscitario, lo que podría acabar comprometiendo la estabilidad de la legislatura. De aquí a diciembre difícilmente podrá vender Rajoy una idea de normalidad, por mucho que retuerza el argumentario. Aunque se dio por concluido, el Procés está vivo en la medida que sigue siendo capaz de poner al descubierto el mal envejecer de un sistema de poder surgido con el franquismo aún caliente, y la falta de evolución de sus pilares políticos y sociológicos. Los acontecimientos vividos han sido rotundamente clarificadores, parece que también demoscópicamente, para comprobar las veleidades autoritarias de un nacionalismo español con sentimiento militar identitario.

La España impuesta no soluciona el problema. Lo alimenta, por mucho que a ojos de los poderes fácticos el tridente monárquico PP PSOE y Ciudadanos sirva de paso para desgastar a Podemos. Hay un españolismo insaciable que considera que ha llegado su momento. Y que está dispuesto a una hegemonía casi a cara o cruz. Veremos.

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