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Republicanismo

Tres apuntes

Por Santiago Cervera - Domingo, 5 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Uno, la independencia judicial. La jueza Lamela encarcela a los miembros del gobierno catalán que pasaron por su juzgado, e inmediatamente arrecia la controversia. Unos a favor, otros lamentando lo que va a implicar en términos políticos, y algunos eclécticos diciendo que la decisión ha de ser respetada pero no celebrada. Muchos apelando a la independencia judicial como realidad presente o ausente. De nuevo nos topamos con un mantra. La independencia judicial no existe desde el momento en que cualquier juez se sabe inmerso en un sistema de opinión pública, donde su apellido indefectiblemente ocupará titulares y éstos serán mayores cuanto más relevancia tengan sus casos. Algunos se lo montan de garzonitos -doy fé-, miscelánea de adanismo y actitud prevaricoide. Otros fingen ecuanimidad y asepsia escenográfica. Pero todos saben que la jurisdicción se ejerce mirando al tendido. Lo trágico es que aún algunos ingenuos crean que la independencia judicial es la garantía de resoluciones justas. Si acaso, es condición deseable, pero nunca suficiente. Se puede disfrutar de independencia y ser un indigno togado. Que los partidos nombren los vocales del CGPJ es lo de menos. Cualquier tertuliano o escribidor puede glosar las consecuencias políticas o de oportunidad de un auto judicial, ergo tratará de inocular un condicionante. El verdadero problema es que nuestro sistema judicial se fundamenta en jueces que literalmente pueden hacer lo que les dé la gana, y que hagan lo que hagan no dejarán de ser jueces. Es la única actividad en la que no existe el control de calidad ni se penaliza a quien reitera incompetencia o abusos. A finales de enero Junqueras irá a tomar posesión de su escaño del Parlament en un furgón policial. Seguro que habrá un auto que lo intentará razonar.

Dos, la calle. Le habían dicho a Rajoy que aplicar el 155 era exponerse a la ulsterización de Cataluña. Cerca del poder siempre medran gentes que aprenden pronto a decirle al gobernante lo que éste quiere escuchar, reforzando bajo apariencia de racionalidad sus miedos o inseguridades. Aquí quedó dicho hace unas semanas que Arriola no estaba muy lejos de la actitud diletante y componedora que nos ha llevado a este punto. Porque coraje político hace falta para encarar cualquier problema, tanto para dialogar sobre él como para ejecutar contundentemente la ley. Lo que emanaba de Moncloa no era ni una cosa ni otra, era una continua apelación a que desde el Palau entraran en razón con sólo apreciar la luz matinal de sus vidrieras. Con desgana llegó el 155, y a la par una convocatoria electoral que es la componenda arriolesca diseñada para que la intervención no parezca tal. En la calle barcelonesa, poca cosa. Algunos días toca cacerolada, práctica importada de Argentina que ha dado pie a que otros utilicen a Manolo Escobar como antídoto al ruido de los metales. También hay algo de ruido en las universidades, el mismo que se escucharía con motivo de cualquier otro subidón reivindicativo. Esto de afirmar que Cataluña defendería su independencia en la calle es no conocer Cataluña y no conocer algo incluso más importante: que hoy es mejor salir en el programa de Ferreras que cortar la Diagonal.

Tres, la sospecha. Desde que se intervino Cataluña, el Consejo de Ministros emula realizar dos sesiones cada vez que se reúne. Una ordinaria y otra en virtud de las competencias del 155. Hay dos actas y dos ruedas de prensa, una de Millo en Barcelona. Se la cogen con papel de fumar. Acreditado el hecho de que hasta el último minuto se negoció la no aplicación del artículo a cambio de unas elecciones adjetivadas como autonómicas por su teórico convocante, Puigdemont, lo que no acaba de cuadrar es la ausencia de fervorín independentista el mismo día de la proclamación. Ni se arrió la bandera española de los edificios de la Generalitat, ni se ejecutó ninguna otra acción simbólica. Sólo unos alcaldes con vara de mando -un garrote fino- pusieron la nota costumbrista propia de esa Cataluña profunda que también existe, y ahí quedó la performance. Estoy seguro que el tiempo demostrará que estamos ante un juego de conveniencias, y que algún pacto está vigente. Había fatiga en las partes y necesitaban cambiar de pantalla. Se dedicarán los próximos días a una campaña electoral, que ya saben cómo se hace, y se habrán emplazado para enero. A ver si entonces han encontrado algo nuevo en lontananza.

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