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Un pamplonés en el corazón nuclear de la Guerra Fría

Domingo Maciá Latorre, hoy con 83 años, huyó de la España franquista para no hacer la ‘mili’ y tras una intensa etapa en Francia y Argelia, acabó como soldador especializado en la URSS, de donde fue expulsado tras un encontronazo con la KGB

Un reportaje de Txus Iribarren - Domingo, 5 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Domingo Maciá, junto a su pareja Gala durante los años de estancia en la URSS. Ella no pudo salir del país.

Domingo Maciá, junto a su pareja Gala durante los años de estancia en la URSS. Ella no pudo salir del país.

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Domingo Maciá, junto a su pareja Gala durante los años de estancia en la URSS. Ella no pudo salir del país.

De Jarauta a Moscú pasando por Argel. Del franquismo al comunismo con escala en la Francia libre. Domingo Maciá Latorre es un pamplonés de 83 años que por azares de la vida se vio envuelto en los años 70 en una historia que bien podría haber sido el guión de una película de espías en plena Guerra Fría. Hoy, con la perspectiva de los años y la tranquilidad de no tener nada que perder, rememora su aventura soviética que muchos de sus vecinos desconocen y que no deja de sorprender. Expulsado por la URSS después de un encontronazo con la KGB, Domingo Maciá (Félix Lusarreta durante su etapa francesa de refugiado) habla o “chapurrea” cuatro idiomas (castellano, francés, ruso e italiano) y tiene arte en las manos. No para tocar la flauta (aunque le salvó de ser enviado al desastre de la guerra colonial de Indochina) pero sí para realizar precisas soldaduras en el sector nuclear y aeronáutico en condiciones extremas, lo que le reportó puestos de gran importancia en media Europa hasta recalar, ya retirado, de nuevo en su vieja Iruña.

Su historia, al menos la que él cuenta y que acredita con fotografías y documentos oficiales en varios idiomas, empieza en el casco viejo de Pamplona donde nació en 1934. No eran tiempos fáciles y tras estudiar en las escuelas públicas de San Francisco vio que en poco tiempo tendría que padecer la larga mili franquista de los oscuros años 50. Y empezó a maquinar una idea...No era la primera vez que este adolescente, con otros amigos, cometía la atrevida travesura de pasar la frontera por Luzaide para “ver” cómo vivían los franceses y las francesas. El sistema era sencillo. Se trataba de bajarse del autobús La Montañesa en marcha, cuando llegaba a escasa velocidad a los controles policiales de Burguete y Luzaide, para volver a subirse cuando pasaba el peligro y cruzar la ansiada frontera por el monte. Una mañana de 1950 hizo ese mismo trayecto pero ya para no volver. Ante sí se abría un mundo de libertad, pero totalmente desconocido. Domingo Maciá no tenía ningún contacto ni referencia en el país vecino por lo que acabó donde muchos refugiados acaban para salir del paso. Aunque no le gusta recordar mucho este periodo de su vida que ilustra, entre sonrisas con una cartilla de “excombatiente”, lo cierto es que recaló en la Legión Francesa. Su destino era Argelia aunque por las fechas estuvo a punto de dar el salto a Indochina, donde el Ejército francés tuvo su Cuba particular con el desastre de Dien Bien Phu. “A mí me salvó la música, recuerda. No sabía tocar instrumentos, pero tenía buenos conocimientos de solfeo porque había cantado aquí en el coro con Pedro Miguel Ardaiz, José Luis Eslava o Luis Gallego. Eso le facilitó el camino. “Hice la instrucción en septiembre de 1953 y en febrero nos mandaban a todos para el frente de Indochina menos a dos: a un alemán y a mí, que nos preguntaron si sabíamos tocar la flauta...”, recuerda. De esta manera, de ponerse a tiro de los rebeldes en Asia pasó a desfilar para poner la banda sonora a diferentes eventos en París u Orán, entre ellos uno con motivo del partido que le valió al Real Madrid en 1956 su primera copa de Europa ante el Stade Reims.

Anécdotas al margen, y finalizada su etapa militar-musical, Domingo inició un periodo clave en su vida: sus estudios de Formación Profesional con prácticas remuneradas en empresas hasta convertirse en un reputado soldador de metales no ferruginosos. Eran los años en los que el mundo de la aviación sufrió la revolución del paso de las hélices al motor a reacción con lo que el trabajo no le faltaba. De ahí se asomó a otro mundo laboral aún más especializado: la soldadura TIG en instalaciones nucleares que la haría acabar siendo técnico homologado de la CEA (Comisariado de Energía Atómica), la máxima autoridad francesa en el sector. Y fruto de esta cualificación profesional y de su trayectoria dio el siguiente salto que iba a ser determinante en su vida: la Unión Soviética.

Francia y Rusia siempre han mantenido unas relaciones diplomáticas y económicas especiales a lo largo de la historia. La Guerra Fría no iba a suponer una ruptura radical de estos puentes. De hecho, a principio de los años 60 la cooperación franco-soviética se iba a plasmar en un ambicioso proyecto en torno a lo que en esa época era el mayor acelerador de partículas del mundo. Estaba situado en Protvino, una pequeña ciudad cerca de Moscú sede del Instituto de Física del mismo nombre. Desde 1966, unas 60 familias francesas y una española (en total 200 personas) fueron enviadas a esta zona al amparo de esta colaboración al máximo nivel. Los científicos y técnicos gozaban de grandes ventajas económicas (altas dietas en rublos convertibles....) y burocráticas (coche propio, movilidad interna aunque con salvoconductos, posibilidad de entrar y salir del país...) hasta el punto de vivir casi con el rango de diplomáticos. Entre ellos estaba Domingo Maciá, este pamplonés que para entonces había acreditado una gran cualificación en la CEA y que se encontraba en una edad para la que era un gran reto profesional trabajar en la cámara de burbujas de este gran centro de investigación atómico. “Contenía 8 metros cúbicos de hidrógeno líquido a 252,7 grados bajo cero”, recuerda. La soldadura en esas condiciones requería una precisión milimétrica. Y este pamplonés (PTV) de la calle Jarauta tenía tanto el desparpajo de la juventud como la preparación requerida. Llegó en 1970 con un contrato para cuatro años. “Las condiciones económicas eran inmejorables pero lo peor parar mí era el aislamiento ya que no podía hablar en castellano con nadie (sabía algo de ruso y francés) aunque improvisé con una radio Grunding un sistema para escuchar RNE”. De ahí que Domingo tratara de acercarse a lo que era el centro español de Moscú, lugar de encuentro para cientos de niños de la guerra exiliados y otros refugiados políticos. Entre ellos llegó a contactar con la misma Dolores Ibárruri, la Pasionaria, su secretaria Irene Falcón, Ramón Mercader...”. Sin embargo, su vida iba dar un giro inesperado con otro militante comunista menos famoso: un niño de la guerra natural de Zaragoza que, según sostiene, le tendió una “trampa”. Pero eso sucedería en 1973. Mientras tanto, Domingo disfrutó de su vida y su trabajo, vio como nacía su hijo Vladimir... Y también se aventuró a lo que entonces era casi más complejo que un París-Dakar actual: “Era una hazaña venir a Pamplona en 1972 con un coche matrícula soviética cruzando Rusia, Bielorrusia, Polonia, la RDA, Alemania, Bélgica, Francai.... 8.000 kilómetros en 6 días con un R-16 pasando por países que en su mayoría no tenían consulado español”, recuerda.

Su llegada a Pamplona era acogida como un pequeño acontecimiento entre familiares y amigos. Incluso estuvo a punto de salir con su Renault en la prensa local... Pero en esos viajes internacionales empezó a realizar un pequeño y casi inocente “comercio sin fronteras” que le costaría caro. “En aquella época por ejemplo, estaban muy cotizados en Rusia los leotardos para el frío y otros productos textiles. Y al revés, por casualidad, un amigo anticuario del Casco Viejo me quería pagar 5.000 pesetas por un icono (figura ortodoxa) que cayó por casualidad en mi maleta en uno de esos viajes”.

Este iba a ser su final ya que la compra de otros iconos en una pequeña localidad cercana a Moscú para otra expedición se convirtió en una pesadilla. “La cita se hizo por intermediación de aquel supuesto amigo Gerardo. A la primera no fui por prudencia. Pero en la segunda acabó apareciendo un comisario de la KGB llamado Víctor que me detuvo alegando que esos iconos formaban parte del Museo de Arte e Historia de Serpoukov. “Me derrumbé física y moralmente . El mundo se me vino abajo. Me di cuenta de que me habían tendido una trampa y que estaba allá sólo, sin nadie que me ayudase y que podía peder toda mi situación profesional”, cuenta. Pero el futuro le deparaba una vuelta de tuerca más. “Víctor me dijo que si firmaba un documento en el que reconocía los hechos y me comprometía a colaborar con ellos, en vez de expulsarme como persona non grata, todo esto se olvidaría. Me propusieron brindar con champán soviético por la nueva amistad”, dice... Domingo volvió tres horas después a su casa sin saber qué pasos dar. “Tuve que decirle a mi pareja Gala que había tenido una avería con el coche por el camino. Pasé una semana sin más novedades pero entonces me llamaron de la KGB instándome a ir a otra cita después de trabajar. Me entró un miedo terrible y acabé yendo a la casa de mi amigo ingeniero francés Gelebart al que empiezo a contarle todo. Éste llamó a otros dos ingenieros de la colonia CEA, Palanque y Bartalmio, quienes me recomendaron que grabara en una cinta todo lo que me había pasado, que no fuera a la cita y que siguiera trabajando con normalidad”... La KGB no fue a por él, pero le llegó un fax desde París con el mensaje oficial de que era expulsado de la URSS. “Me vi perdido, sin mi trabajo, mi pareja rusa.... Se me cruzaron los cables e inicié una huelga de hambre arropado mis compañeros Flores, Maquenne, Oerbahak, Lamaitre, Claudet... “, explica. La anécdota empezaba a convertirse en un problema de nivel diplomático. Por eso intervino el propio jefe del Departamento de Física de Particulas Nucleares Pierre Prugne y de la misión en la URSS (uno de los físicos nucleares de más prestigioso de Francia) que organizó su rápida evacuación: en cuestión de horas lo subieron en camilla a un avión con un médico que aterrizó en París, lugar donde fue hospitalizado. Las cosas volvieron a su cauce -aunque con el tiempo, al nacionalizarse francés supo que los dos primeros médicos que entraron en su habitación eran en realidad dos policías franceses- hasta el punto de que tras una generosa convalecencia y baja laboral de 8 meses en Bilbao, volvió a Francia (Túnel de Frejus) para trabajar en nuevos y potentes proyectos de energía nuclear y aeronáutica con su especialidad de soldadura en niobio en Francia, Alemania... Domingo se jubiló finalmente el 30 de abril de 1994, fecha en la que decidió cerrar el círculo de su vida y volver a su Pamplona natal. Y aquí vive sólo (tiene dos hijas y un hijo pero que trabajan en Rusia, México y Arabia Saudí y su pareja Gala no pudo seguirle en su salida de la URSS...), como un jubilado más dedicando su tiempo libre a labores de voluntariado sin que muchos sepan toda esta historia que tiene a sus espaldas y que resucita de vez en cuando entre cajas de fotos en blanco y negro, samovares, documentos en cirílico y carnés en francés. Una vida de película.