El reto no es el 155 sino el siglo XXI

Javier Quintano Ibarrondo - Lunes, 6 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Lo sabemos desde el Bachillerato: bajo el emperador Diodeciano, Hispania era una diócesis de la prefectura de las Galias. Hispania, o sea, la Península, con las Baleares y Mauritania o Tingitana. Por primera vez se da a España una división y unidad administrativa, y el nombre de Hispania, aplicado a la península, no vuelve a desaparecer (lo cual nos viene a confirmar que todos los caminos conducen a Roma).

Pero separémonos del hecho geográfico, de la regulación administrativa imperial y de las técnicas romanas que habían de cambiar tanto la fisonomía urbana peninsular como las relaciones jurídicas. Al acercarnos a nuestra época en un intento de definir el espíritu y mentalidades que brotan por estas tierras nos topamos con uno de los escritores del reino por antonomasia y apóstol del carientismo, Camilo José Cela, uno de nuestros inmortales, en su día envidiado anunciante y flamante premio Nobel, el cual asegura sentir a España como el resultado de una “cocción a fuego lento” de tres sangres distintas: judíos, moros y cristianos. ¡Ojo!, pues entramos en un terreno privado que no es ni el de la técnica ni el de las instituciones: es el de las creencias. Y afirma Cela con esa vehemencia literaria que acompaña a todo excepcional generador de estilo: “Ni un solo español está libre de ver correr por sus venas sangre mora o judía”. Para insistir a continuación: “El español moderno -el español de los Reyes Católicos acá- sangra con las tres sangres”.

Eso sí, detrás de la proposición de ensayista se rebela y brota con ímpetu el poder sugeridor de la palabra en la ficción, el componente literario con celo en el detalle. Y así, tras decir eso tan shakespearianode que “sangra con las tres sangres”, debe introducir, entre paréntesis, la siguiente fabricación: “que tampoco son tres, sino treinta o cuarenta”.

Pertenecemos geográficamente a la misma península, pero así como el andalucismo -por poner un ejemplo- asume el hecho de lo español como un perfeccionamiento, como una conquista históric y religiosa, como una hazaña de descubrimientos y de conquistas , como una proyección mundial de su idioma, en un espíritu que trasciende, sin duda, la interrelación con otros pueblos y regiones peninsulares fortaleciendo su común esencia, esto no sucede exactamente con el ser catalán o el ser vasco, con ese hecho diferencial al que se ha referido durante años en el Congreso el diputado Anasagasti. El hecho catalán, el hecho vasco no asumen, desde mi punto de vista, la exigencia imponderable de esa interrelación y lo han demostrado en circunstancias adversas y enfrentamientos en los periodos más críticos de la historia peninsular. Y en nuestros tiempos, al insistir en autodefinirse como “sujeto político”, creo que lo que hacen es buscar espacios más acordes con sus mayorías, con más riesgo y libertad en sus decisiones, con mayor proximidad a la autoridad, con más empuje desde sus valores tradicionales. Y con mayores estímulos generadores de creatividad dentro una realidad preponderante de soberanía europea y en medio de ese pulso transnacional de industria, comercio e investigación. Es una propuesta política que no pretende enfrentamiento sino la necesaria búsqueda de nuevos referentes para este siglo XXI por parte de unas nacionalidades históricas.

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