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Música

La forma sonata

Por Teobaldos - Viernes, 10 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

recital de javier negrín

Intérprete: Javier Negrín, piano. Programa: Beethoven, sonatas 5, 15 y 30. Ligeti: estudios 3 y 16. Armando Alfonso: Juego de tresillos. Programación: Fundación Baluarte. Lugar: sala de Cámara. Fecha: 7 de noviembre de 2017. Público: menos de media entrada (15 y 4 euros para los jóvenes).

El modo en que Beethoven practicó la sonata, que cultivó toda su vida, fue novedoso en algunos aspectos, y sirvió de guía a compositores posteriores. Sus sonatas, que pueden tener de dos a cuatro movimientos, superan las convenciones de la forma, prescinden, a veces, de la pausa entre movimientos; y, en otras -las últimas-, la escritura fugada juega un gran papel; incluso la grandiosa opus 106 es claramente sinfónica. O sea, que, aunque la forma sonata -en el campo que hoy nos ocupa, que es el piano- siguió practicándose por todos los compositores, las estructuras a gran escala perfectamente elaboradas por Beethoven constituyen la cumbre de la forma. De ahí que el ambicioso proyecto de ofrecer todas las sonatas en el ciclo del Baluarte-Inaem sea un acontecimiento. El planteamiento de que reto tan grande sea interpretado por pianistas españoles nos muestra el gran nivel patrio de la interpretación musical -que también se da en otros instrumentos-. Por otra parte, la forma de presentarlo -con música contemporánea- tiene sus valedores y sus detractores. Para aquellos, se justifica por la equivalencia de modernidad, en sus respectivas épocas, del maestro de Bonn; también por citas explícitas de sus obras, como en el caso de Armando Alonso; para los detractores, eso de meter “entre col y col, lechuga” no hace más que despistar. En cualquier caso, ahí está, majestuoso, el corpus de las sonatas beethovenianas.

Javier Negrín abordó las sonatas 5, 15 y treinta, con un escalonado acierto: de peor a mejor. La opus 10, Nº1, resultó, a mi juicio, perjudicada por un sonido, en general, no bello; con brusquedad en los fuertes, que deben ser más intensos y cerrados; unos tiempos un tanto extraños; y barullo. Ciertamente quiso hacer una versión personal, pero, yo por lo menos, no entendí su sonoridad. La número 15 ya fue otra cosa, sobre todo en los pasajes más delicados, aunque también hubo momentos en que pudo la brusquedad -que no la fuerza- en el contraste entre lo más juguetón y el fuerte súbito. Afortunadamente la número 30 -la más importante de las tres- tuvo una interpretación cuajada de principio a fin. Los pasajes remansados dieron con una sonoridad bellísima; defiende muy bien y sin traspiés la velocidad del segundo movimiento; y el comienzo estático del tercero creó una expectación que nos llevó a la cumbre final.

El Ligeti de los estudios 3 y 16 es fácil de escuchar; sus versiones fueron nítidas, transparentes; el tartamudeo del número tres, muy logrado. En cuanto a la obra de Armando Alfonso (1931), Juego de tresillos, lo cierto es que encajaba muy bien en el ambiente beethoveniano; no sólo por la cita explícita, sino por el carácter sinfónico de una sonoridad que, dentro de la tonalidad, tiene una ambigüedad moderna. De propina, un fragmento de Goyescas. Nos quedamos con las ganas de escucharla entera: para otro concierto.

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