Tribuna

Los graves problemas de mi abuelo Panchisco

por JESÚS AZANZA IMAZ - Sábado, 11 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

TENGO en Ayegui una finca rústica, denominada Mi Cartuja y Universidad, en cuya caseta me refugio frecuentemente para aprender de mis profesores, animales y frutales, algo de su sabiduría y reflexionar sobre mi vida.

Hay en ella una pareja de ruiseñores, que me deleita con sus melodiosos cantos para impresionar a las hembras, para llamar a su pareja o para dar la voz de alarma. También he observado que las urracas, llamadas picarazas, se comunican entre ellas con sus roncos graznidos que las demás aves también entienden y que según algunos observadores celebran en encuentros los funerales de sus congéneres muertos, dejando un pequeño montón de hierbas junto al cuerpo de la muerta. Los jilgueros, palometas, tordos, gorriones también comunican sus emociones, sentimientos, peligros, alegrías, tristezas, disputas o existencia de alimentos ..mediante sus gorjeos, trinos o rebuznos.

Sin haber ido a la escuela, todas las aves poseen un lenguaje común que les sirve para sobrevivir de la mejor manera posible.

Cuando yo pensaba en todo esto, no pude evitar una comparación con los seres humanos ya que en el mundo existen alrededor de 7.000 idiomas distintos de los cuales 500 en Europa, que dificultan gravemente la coexistencia, las relaciones personales entre todas las razas y personas.

¿ Será una utopía? ¡ Qué grande sería la invención de una lengua universal ¿ esperanto? que, respetando la de cada individuo, se estudiara desde la enseñanza primaria, como asignatura obligatoria y nuestros descendientes pudieran hablar y comunicarse con todos los humanos con independencia de su nación o raza.

A este propósito, recuerdo lo que tuvo que sufrir mi pobre abuelo materno, Panchisco Imaz,, quien en compañía de su esposa, Severiana López de Goicoechea se trasladaron desde el pueblo de Bacáicoa (La Barranca), localidad en la que se hablaba sólo vascuence hace unos 120 años, a Estella, donde se había impuesto el castellano.

Transcurrido un año de estancia en la calle Chapitel, le preguntaban con cierta sorna los estellicas, sabedores de los sudores que mi abuelo sufría para poder hablar y comunicarse con los demás vecinos: “¿ Qué tal va tu lenguaje por Estella, Panchisco?”.

A lo que mi abuelo, moviendo de derecha a izquierda su cabeza bajo una inmensa boina, respondía: “Mal, vasco olvidar, castellano no aprender”.

Pasados ya dos años, mi abuelo había mejorado un poco su lenguaje, aunque todavía le jugaba buenas pasadas, como cuando se atrevió a pedirle a su esposa Severana un amarreco (sic), a lo que contestó su esposa, que entendía el particular mestizaje lingüistico de su esposo: “Pero Panchisco, ¿ cuándo vas a aprender correctamente el castellano? No confundas amarreco con arrumaco, que es lo que de verdad quieres, ¿o no?”.

“ ¡Claro, claro!”, contestó alegre Panchisco, “Amarreco ez. Arrumaco, bai, bai, bai”

Y los esposos se dieron un casto y ardiente arrumaco.