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El abismo de los que se quedan

El duelo tras una muerte por suicidio se entreteje entre la culpa y la vergüenza y requiere mucho tiempo de sanación

Un reportaje de Leticia de las Heras Fotografía Javier Bergasa - Domingo, 19 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Un persona pasea pensativa bajo un elocuente atardecer.

Un persona pasea pensativa bajo un elocuente atardecer.

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Un persona pasea pensativa bajo un elocuente atardecer.

Toda muerte repentina supone un duro golpe para los más allegados. Un shock que se multiplica en los casos de suicidio, en los que se suma el peso de saber que el fallecido ha decidido dar fin a su vida para acabar con su sufrimiento. Para Elena Aisa, presidenta y fundadora de la asociación Besarkada-Abrazo, este matiz es la clave para entender la huella que deja tras de sí esta trágica pérdida y lo complicado que es para sus seres queridos afrontar estas muertes.

Elena conoce bien el sufrimiento que deja tras de sí un suicidio, ya que tuvo que afrontar el de su hijo de 20 años. Ella destaca la culpa como uno de los factores determinantes en el duelo. En realidad casi todas las muertes tienen un cierto sentimiento de culpa por parte de los seres queridos, que piensan que podrían haber cuidado mejor al enfermo o se hacen preguntas como “por qué le dejé salir esa noche” o “por qué no me despedí de él cuando me fui a trabajar. Elena destaca que no se pueden poner al mismo nivel estos casos con los de quien ha decidido quitarse la vida, cuando los que se quedan asumen la responsabilidad de forma involuntaria y automática.

María (nombre ficticio) vivió una experiencia similar a la de Elena y tuvo que afrontar el suicidio de su hija. “Te suicidaste para acabar con un sufrimiento inmenso y acumulado que no podías soportar. ¿Qué no hicimos o qué hicimos mal? Nos queda la culpa” asegura. Todos estos familiares afrontan esta situación con la certeza de que el fallecido sufría por su culpa, algo que, según Elena, les hace sentir que son prácticamente “asesinos”.

María señala que “cuando sucede eso te anula, te saca del carril de la vida por donde todo sigue su curso y aunque mires hacia ahí no tienes fuerzas, sientes que la vida ya no va contigo, no puedes ni te apetece retomarla”. Elena vivió también este bloqueo, esta sensación de incapacidad para poder hacer las tareas más rutinarias. “Hacer una actividad social y salir es un esfuerzo inhumano, no te puedes imaginar el agotamiento que supone ir a tomar un café, es un esfuerzo psicológico brutal. Llegas a casa derrotada y ahí es la hecatombe”, recuerda.

Uno de los problemas con los que se topan en estas situaciones los familiares es la incomprensión de muchas de las personas de su entorno. “Tengo una amiga muy cercana cuya madre murió por una enfermedad muy larga hace ya 9 meses -comenta una mujer cuya madre se suicidó- y tengo presente que no hace mucho me dijo que ella a los 6 meses ya estaba mejor y que yo tendría también que estar mejor. No quiere entender que si no hubiera sido un suicidio todo sería diferente”. Cuando alguien usa estos argumentos, explica Elena, lo que ellos reciben es que esa persona no está realmente interesada en cómo se siente, ya que de ser así entenderían lo devastados que se encuentran.

Otro caso similar reflejan las palabras de Antonio (nombre ficticio) un año después de que su mujer se quitase la vida: “Yo veo que mi círculo cercano piensa que estoy mejor porque ahora voy a dar un paseo o alguna vez he salido a comer fuera. Me dan ganas de decirles: ‘No, no, penséis que esto es porque estoy mejor. De verdad, esto no es un cambio, estoy igual’. Pero me da miedo que se cansen de mí y quedarme solo”, reconoce.

“Cuando vuelvo a casa lloro y que interpreten que al salir es porque estoy mejor, duele”

ramón

Hermano de un suicida

“Han pasado 6 meses y hay amigos que aun no me han llamado. Estoy fatal;creo que les da miedo”

hija

Ramón (nombre ficticio) recuerda su cara de póker cuando una amiga le mostró su alegría por verlo tomando algo en un bar después de que su hermano se suicidase. “Esto no significa nada -pensó en ese momento-. Tú lo estás interpretando como un gran paso, pero me siento exactamente igual. Cuando vuelvo a casa me pongo a llorar y el que me interpreten como que estoy mejor me duele”.

Este proceso tan desgarrador supone también un muro difícil de escalar para su entorno, que en multitud de ocasiones no saben cómo enfrentarse a esta situación y optan por el silencio. “Han pasado 6 meses y hay amigos que aún no me han llamado -lamenta una mujer cuya madre se suicidó-. Estoy fatal y creo que a la gente le da miedo y no saben qué decirme. El otro día, casualmente me junté con uno de ellos y me dijo: bueno, cuando estés mejor ya quedaremos. Yo, mientras tanto, sigo sola”.

Esta soledad, apunta la presidenta de la asociación Besarkada-Abrazo, es algo muy común, y es que en estos momentos los supervivientes de un suicidio necesitan hablar de su ser querido constantemente. “Es bueno que mis amigos sepan que igual salgo a tomar ese café, pero si hablo de cómo estoy volveré muchísimo más reconfortada”. Una mujer superviviente al suicidio de su marido ilustra esto asegurando que “no es que haya muerto, es que lo están matando cada día porque nunca hablan ni quieren hablar de él”. Esta necesidad de recordar una y otra vez lo mismo no es común a todas las personas, apunta, pero sí es muy frecuente. “Es como que la mente no integra lo que ha pasado y cada vez que hablas de ellos es un elemento más que ayuda a ir asumiéndolo. Ángela (nombre ficticio), cuyo hijo se suicidó, apunta: “A mí me gustaría hacer un brindis por mi hijo en las celebraciones familiares, pero no me atrevo porque parece que nadie quiere oírlo y tengo la sensación de que les puede cansar”.

necesidad de compañíaPor este motivo, indica Elena, es fundamental que quien ha pasado por el suicidio de un ser querido se sienta acompañado. Eso sí, sin sentirse juzgado ni cuestionado, sin intentar evitar que llore o conversaciones incómodas. Un aspecto que no hay que reprimir, apunta, es el propio dolor, ya que al familiar le puede ayudar saber que otro también sufre por la pérdida. “Yo necesitaba hablar continuamente de mi hijo -indica otra madre cuyo hijo se suicidó-. Era mi único tema de conversación y durante muchos meses fui incapaz de hablar o interesarme por cualquier otra cosa”. Afortunadamente, afirma, tuvo la suerte de contar con un entorno que no sólo se lo permitió, sino que se lo favoreció. “Nunca encontraré las suficientes palabras que pueden expresar mi inmenso agradecimiento”, dice.

Los que pasan por un duelo por suicidio intensifican emociones como la culpa, la sensación de vulnerabilidad, la incapacidad de hacer las tareas cotidianas o la soledad, pero también aparecen sentimientos que en otros duelos son inexistentes como es la vergüenza. “Desde que mi amado hijo se fue me cuesta ser yo misma. No quería que todos empezaran a sentir lástima y a hacer preguntas para las que yo no tenía respuestas. Me quería volver invisible. No existir. Sentía que todas las miradas se desviaban hacia mí, que llevaba pegado un letrero con la palabra culpa. Cualquier cosa me dolía muchísimo”, afirma otra madre cuyo hijo se quitó la vida subrayando lo que reconforta en esta situación recibir una palabra de aliento y que te digan “no estás sola”. Mientras que en un accidente laboral o una muerte por enfermedad no se cuestiona al entorno, esta posibilidad está muy presente tras un suicidio. “Sientes que todo el mundo cuestiona socialmente esa muerte y qué pasaba en esa familia”.

La presidenta de Besarkada-Abrazo quiere dejar claro que el sufrimiento tras un suicidio no depende tanto del vínculo familiar como del emocional, indicando que los amigos también pueden pasar un duelo muy complicado. En este sentido, comenta, se comete el error en muchas ocasiones de centrar la atención en un grupo concreto de personas sin prestar la suficiente atención a los demás. “En el caso de los jóvenes se centra más en la familia y a los amigos no se les tiene tan en cuenta, sin embargo pueden quedar muy afectados”. Un joven que perdió a su padre refleja en sus palabras estas situación, pues afirma: “Yo desde el día uno estuve solo. Mi familia iba a trabajar, y me quedé solo”.

En el caso de Elena, una de las cosas que más echó de menos cuando se tuvo que enfrentar a la muerte de su hijo fue tener información. “Cuando ocurrió estaba convencida de que lo que me había pasado no existía”, declara indicando que su hijo meses antes había manifestado ideas de suicidio pero ella no lo tomó en serio porque pensaba que era imposible que pasase. “Mi hijo era una persona que no tenía problemas mentales, con una vida integrada y unos amigos que le querían muchísimo. Pensaba que sería una crisis, pero si yo hubiese sabido que el suicidio existe y que tiene señales... no se si lo hubiese podido evitar o no, pero por lo menos no me hubiese quedado con la impotencia de haber visto señales y no haber tenido ni idea que lo eran”, dice antes de añadir que si alguien verbaliza una idea de suicidio siempre hay que tenerla en cuenta porque, sea o no cierto, detrás siempre hay sufrimiento.