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Es cuestión de educación y civismo

Marijo Fernández Satrustegi - Lunes, 20 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Escribo estas líneas después de que hayan pasado unos días y desde la tranquilidad que me da saber que estoy en el derecho de denunciar unos hechos que se vienen produciendo hace ya tiempo.

Soy una trabajadora de la residencia pública El Vergel donde viven entre 145 y 150 residentes muchos de ellos con movilidad reducida, pues bien... el problema es que, al parecer, esto no lo entienden alumnos del colegio El Redín de Pamplona. Estos alumnos en los descansos o recreos tienen por costumbre entrar en el recinto ocupando tanto la zona de entrada peatonal como el porche de la residencia dificultando la entrada, salida y paseos de los residentes. Continuamente se les dice que ahí no pueden estar, que entorpecen el acceso incluso si viene una ambulancia (cosa habitual), se les invita a que vayan al patio de su colegio pero responden que allí no pueden fumar, así que tenemos la entrada llena de colillas y que por supuesto, no las recogen.

Todo esto es habitual día sí día no. Pero no queda ahí la cosa. A la entrada y salida de sus clases, sus progenitores ocupan una parte de la pequeña carretera de acceso a la residencia, uno de los dos carriles permanece totalmente ocupado en el tiempo que tardan en dejarlos o recogerlos, esto nuevamente dificulta, entorpece y hasta se hace peligroso. puesto que hay que salir en sentido contrario por la carretera teniendo dichos vehículos ocupada la acera. Y digo yo, ¿no podrían utilizar como los autobuses su hermoso patio? Seguramente me dirán que no y yo seguiré recibiendo quejas de residentes y familiares.

Y ahora viene la guinda que colma el pastel. Un día salgo de trabajar en el turno de noche sobre las 8.15 de la mañana y me encuentro un coche cruzado en la carretera, a lo que paso al lado con mi bici, le digo a la señora que en ese momento se bajaba de su vehículo con sus hijos, palabras textuales: “así se aparca, muy bien” a lo que ella me contesta: “no he aparcado” y seguido los niños-adolescentes empiezan a insultarme diciéndome: “hija de puta, hija de puta...”. Repetidas varias veces, no sé cuántas porque yo seguí mi camino sin detenerme, eso sí, no dando crédito a lo que estaba oyendo. Repetían con rabia: “hija de puta” delante de la señora que les había llevado al colegio.

Tanto que se habla de centros educativos, adoctrinamiento, odio, etcétera... Me pregunto, educadores, ¿esto qué es? ¿cómo lo califican? Si tiene algún calificativo, pues juzguen ustedes mismos.

Después me enteré de que no es la primera vez que esto ocurre, a otra compañera le profirieron los mismos insultos con la misma rabia y seguía oyéndolos hasta el puente del Vergel.

Alguien está haciendo las cosas mal, muy mal, háganse la pregunta y reflexionen sobre lo que acabo de contar.

Me gustaría que se respetara tanto a residentes, familiares, trabajadores/as y cualquier persona que accede tanto al colegio como a la residencia o simplemente pasea por dicha zona.

¡Es cuestión de convivencia!

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