El odio que ciega (I)

Por Joseba Eceolaza - Lunes, 20 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

¿cómo es posible que alguien desee infligir el mayor daño posible a un semejante? Cuando las armas callan esta es una pregunta que habitualmente queda pendiente de respuesta, porque suele ser la más difícil y dolorosa de las indagaciones. Mirar y callar ante el odio satura de silencios el espacio público. Precisamente por eso, la cultura del odio es la última de las cosas que se suelen gestionar en los procesos post violencia porque afecta, directamente o indirectamente, a una mayoría social. Quienes asesinaron, quienes lo justificaron y quienes le quitaron gravedad o quienes no supimos acercarnos a las personas que sentían dolor, agrandamos una cultura del odio que es fatal.

Las heridas de nuestra violencia reciente están abiertas todavía y supuran, sobre todo, por la parte donde se coloca, como un aguijón, esa cultura del odio. Por eso preguntarnos por el papel de los ilesos es algo obligatorio.

La violencia de ETA, por ejemplo, no solo fue posible por la actitud de los victimarios, también fue posible por los que miramos a otro lado, por los que dijeron que no era para tanto, por los que se dejaron llevar o por los que creyeron que era mejor no meterse en problemas. Es verdad que no hay “asesinato pequeño”, pero cuando Thomas de Quincey dijo “la ruina de muchos comenzó con un pequeño asesinato al que no dieron importancia en su momento” describió bien una actitud desgraciadamente común.

Cuando encontramos sentido práctico a la violencia es cuando empieza el horror. Y en estos momentos de tiempos post ETA no se trata de juzgarnos, mediante el reproche personalizado, se trata de entender la sociedad que tuvimos. Se trata, en fin, de no volver a construir esos códigos que ahogan la libertad, dificultan la convivencia y agrandan el odio. Más que el reproche, es preciso que aparezca la tristeza y la rabia.

Estamos acostumbrados a leer y escuchar opiniones sobre la violencia con una hoja de cálculo al lado, para medir cuántas veces el que escribe habla de nuestra violencia y cuantas veces habla de la otra. Si la cosa está inclinada a nuestro favor bien, si no siempre habrá un “lo que ellos han hecho es peor” para no abordar una sincera y liberadora autocrítica.

Y ese es uno de los problemas de la violencia, la deshumanización hacia el otro. Como si por ser diferente, como si por pensar distinto, se convirtiera en algo al que se le puede agredir, sin reconocer en ese odiado a alguien como tú. La dignidad humana precisamente radica en eso. El inicio del odio se produce cuando te rodeas solo de los tuyos, cuando desprecias al otro y cuando lo conviertes en un objeto, cuando lo deshumanizas. Por eso llama la atención el odio que todavía mucha gente tiene hacia quien no piensa igual. Ahora, más que nunca, hace falta debatir sobre una ética universal, de mínimos, que evite que seamos unos perfectos matizadores cuando la violencia es de los otros. Y esto es algo que debemos quebrar, porque amenaza nuestra moralidad, porque resulta terrible pensar que el asesinato resulta menos espantoso si sabemos que hay maldad también en el otro.

En el mundo de la violencia se subsiste solo en la destrucción o la agresión. El daño de la violencia no es solo a la víctima y al victimario sino también a la sociedad que se ha violentado, por eso hay que recomponer el tejido social. La violencia crea sujetos violentos, embrutecimiento y relativismo moral, y eso no se pasa de golpe. El proceso de deslegitimación de la violencia también necesita su tiempo y es deseable que en esa reflexión aparezcan más argumentos humanos que estratégicos.

La fe ciega en algo puede ser el principio de la cultura del odio, porque define nítidamente la frontera entre el nosotros y el ellos. Sobre esto dice Eduardo Madina, certero, que “hay unos custodios de la ofensa, de las purezas nacionales, de la patria… Hay un tribunal de la identidad que te juzga, te aprueba o te suspende según sus normas y sus cánones”. También, el periodista Enrique Bethencourt habla de algo de esto cuando escribe que “la política de amigo enemigo es muy útil para el confort ideológico. Cimentado en una mochila cargada de certezas y en la que no suelen tener espacio las dudas (...). Y desde esa atalaya permite ser tan críticos como puros. Nunca se equivocan porque nunca arriesgan y nunca hacen nada. Salvo expresar, de forma permanente, su más profundo rechazo”. Dejarse curar por el tiempo, siempre y en todos los casos, ha sido un mal negocio. Así que ahora son tiempos de explicar, no de correr. Sería mejor no improvisar una mala reconciliación que sea acelerada y vaya a saltos.

Estamos a tiempo, y en un lugar relativamente pequeño, como para plantearnos este proceso de paz de una forma ejemplar. Podemos proyectar al futuro valores positivos.

En algún libro integrado en eso que se llama literatura concentracionaria leí que “olvidar ya las cosas del pasado, además de paternal, es tremendamente ingenuo porque nos lleva a un estado de superación y de bienestar, irreal y falso”.

Se trata simplemente de consolidar también una mirada moral al pasado, aquella mirada que no solo relata acontecimientos sino que trata de entenderlos, como dijo Reyes Mate.

No es fácil liberarse de la violencia, porque nos encadena a unas prácticas de las que la mayoría nos sentimos lejos. Por eso tenemos una necesidad moral evidente de superar el horror porque su existencia, su eco, nos recuerda que un día nosotros mismos estuvimos en el centro de una tormenta que no elegimos, pero que pudimos evitar.