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Dudas razonables

Un mapa de hace 30 años

Por Tomás de la Ossa - Martes, 21 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

el otro día, porque hace muchos años que no lo uso (nos quejamos los periodistas de que internet se come los periódicos de papel, pero el apocalipsis ha sido para las enciclopedias), tiré un Pequeño Espasa editado en 1987, y al tenerlo en las manos recordé lo que se reían mis hijos con él, buscando cosas que se habían quedado anticuadas -que gobernaba aquí Felipe o que en EEUU lo hacía un tal Reagan al que no conocían de nada-, sobre todo cuando llegaban al mapa de Europa, porque ahí estaban la URSS, Checoslovaquia y Yugoslavia, que para ellos era como si a mi generación le hablaran del Imperio Austrohúngaro o de Prusia.

Solo 30 años han pasado y el mapa es casi irreconocible. Es lo que tiene el mundo, que el muy puñetero no se está quieto, y lo que aparenta ser sólido va y se derrumba, y lo que parece inamovible se lo lleva por delante cualquier viento nuevo.

Oigo hablar a los del club Fundamentalistas de la Unidad Territorial Patria (destaco lo del territorio, porque la gente que vive en él y no piensa como ellos les trae sin cuidado;como si se van o se mueren, o ambas cosas) y los veo seguros de que las fronteras de España serán las mismas -incluida isla de Perejil- dentro de mil años, que esto es para siempre y lograrlo es tan fácil como no cambiar nunca la Constitución, y multas y cárcel a quien la incumpla.

Pero yo no lo veo tan claro. Y no porque dude de su capacidad de aplicar la ley con rigor, que muestras suficientes han dado, sino porque apostar por ese inmovilismo es apostar contra demasiadas cosas, desde ese proceso de cambio permanente del mundo a la volubilidad del ser humano (“¿Qué tal es la vida de casado?”, le preguntaban el día de su boda a un tío mío, y contestaba: “Todo cansa”).

Y, sobre todo, porque al no acertar con el diagnóstico no aciertan con la solución: esto, en esencia, no es una cuestión geopolítica, y mucho menos económica, sino sentimental. Si pretendes que alguien se quede en casa, dale amor o, al menos, buen rollito. ¿Pero cómo van a querer quedarse si solo les das mano dura, humillaciones, amenazas y campañas de miedo y de odio?

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