El odio que ciega (y II)

Por Joseba Eceolaza - Miércoles, 22 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Ante el reto del cierre de heridas y el convivir quedan tareas pendientes que son muy relevantes. Una de ellas es la del tratamiento de los crímenes sin resolver.

La memoria y la reconciliación no son incompatibles, al contrario, se deben encontrar. La transición del 78 no fue ejemplar en esto porque supuso que la convivencia podía estar por encima de la ética y la memoria. Y como hemos visto, tras la eclosión de la memoria histórica, las cosas que no se abordan tarde o temprano afloran.

La impunidad es tan perversa como la injusticia dice Amin Maalouf, yo creo, sin embargo, que la impunidad forma parte de la injusticia en sí misma, es el símbolo. Con ella sobre la mesa es difícil avanzar, porque siempre habrá alguien, un nieto o una nieta probablemente, que nos pregunte qué es lo que pasó con su familiar asesinado. Y hay, desgraciadamente, mucha impunidad sin abordar. En el caso de ETA, por ejemplo, se contabilizan cerca de 300 atentados sin esclarecer.

Por otro lado, no hace falta profundizar en exceso en las experiencias violentas para advertir, a la primera, que la carga del victimario es pesada y dura años, y que la losa de la víctima resulta terrible en la mayoría de las ocasiones. No es infrecuente la idea del suicidio entre quienes mataron, y no es raro, tampoco, que una víctima acabe con su propia vida. Eso ocurrió en el caso de muchas de las personas que estuvieron en los campos nazis, Primo Levi, Jean Amery, Nico Rost por ejemplo, después de sobrevivir al horror nazi decidieron suicidarse. Algo así pasó con varios de los familiares de los asesinados del 36 en Navarra. Conocido es el caso de uno de los cuneteros que, viviendo en la calle Calderería de Pamplona, pasó sus últimos años atormentado y paranoico.

Por lo tanto, el impacto de la violencia no sólo es un hecho contemporáneo que se produce en el mismo momento del atentado. El impacto dura muchos años, tres generaciones, y alcanza al entorno familiar pero también al entorno social y político. Así que si ese hecho violento queda abierto, por culpa de la impunidad, el daño será mayor y más duradero en el tiempo. Por eso son útiles las comisiones de la verdad, porque rasgan, aclaran, sanan y cosen.

Jean Amery, seguimos con sus reflexiones, en su Más allá de la culpa y la expiación, se pregunta si es posible vivir sometido a una constante tensión entre la angustia y la rabia. Eso ya nos lo contestó, humano y tranquilo, Iñaki García Arrizabalaga, al que los comandos autónomos (una escisión de ETA) le asesinaron al padre en Donosti. Cuenta Iñaki que “fui militante del odio hasta que me di cuenta de que estaba arruinando mi vida”.

Una de las cosas que más me han impactado de estas experiencias fue cuando en Bilbao un amigo de López de Lacalle nos contó que después de asesinarle, en su portal apareció una pintada que decía Lacalle jódete, y me aterrorizó ese hecho porque demuestra que la gente común también puede convertirse en agresora.

En el momento de la violencia y el horror aparece con asiduidad la claridad, el compromiso y lo humano. Iñaki García, por ejemplo, fue capaz de comparecer en el Parlamento de Navarra junto con la familia de Mikel Zabalza, asesinado a consecuencia de las torturas tras ser detenido por la Guardia Civil, para pedir un voto a favor de la Ley sobre víctimas de violencia policial y grupos ultras.

Dice Marguerite Duras que “la resistencia vino a nosotros porque éramos gente honrada”. Y comprometida digo yo, porque a la hora de la violencia existe la obligación de la decencia. Y de eso saben mucho los que sufrieron en sus propias carnes la violencia, la tortura o tuvieron que llevar escolta por pensar diferente.

Goethe en Dachaude Nico Rost, antes citado, es un claro ejemplo de ello. Ante la barbarie nunca perdió la dignidad del conocimiento, ni enterró el hecho cultural bajo paladas de odio. Él, como tantos otros, se niega a “no tener tiempo para leer, escribir o acercarse a los que piensan de manera diferente”, dice Marta Martínez que prologó ese libro.

“…Reconocer siempre, aun en los días más negros, tanto en mis camaradas como en mí mismo, a hombres y no a cosas, sustrayéndome de esa manera de aquella total humillación y desmoralización que condujo a muchos al naufragio espiritual”, dijo Primo Levy.

Pau Casals, solo y con su violonchelo, recto y conmovido interpretó Cant dels ocells a los pies de la tumba de Machado en Colliure. Ante la violencia, la insurrección de la belleza y la cultura.

Algo así debieron pensar algunos de los presos del fuerte de San Cristóbal, que trataron de alfabetizar a muchos de sus compañeros. Por eso en los grafitis que nos encontramos en las brigadas hay abecedarios y cuentas, porque ante el horror sólo cabía la protección, otra vez, de la humanidad.

Amos Oz, uno de los que saben lo que es luchar contra el fanatismo y el odio, dijo que “se trata de una lucha entre los que piensan que la justicia, se entienda lo que se entienda por dicha palabra, es más importante que la vida”. Por eso merece la pena explorar y detenernos en lo que ha pasado en esta tierra en los últimos 50 años, aunque sea antipático, aunque nuestro impulso cómodo sea el de olvidar cuanto antes. Merece la pena entonces hablar del porqué existió esa irracional idea de que asesinando a alguien se resuelven los problemas políticos, del porqué hoy siguen existiendo miradas encaladas de odio.

Hay una parte de justicia que queda vendida por la convivencia, es un hecho indiscutible, la pregunta es cuánta justicia estamos dispuestos a vender por ello. Es normal que haya algo de olvido consciente, necesario para convivir. La única forma de seguir viviendo en el mismo espacio con quienes te desearon la muerte, incluso con quienes verbalizaron ese odio, es olvidar un poco.

Los antagonismos, que son aparentemente irreconciliables, nos evocan muchas veces un lugar común, al menos un espacio geográfico común. Merece la pena dejarnos la piel por una convivencia más sana, merece la pena trabajar desde ya por un cierre más humano, merece la pena atender a los valores que se quedan malheridos tras el humo de los disparos por nosotros y por las gentes que vendrán. ¿Lo intentamos?

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