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Saquemos las entrañas a la luz

Por Garazi Lizaso Manterola e Irati González Larena - Viernes, 24 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

hemos sido atravesadas por miradas que nos han hecho sentir como puros objetos sexuales. Hemos escuchado “se os va a pasar el arroz” en nuestro propio entorno y con demasiada frecuencia. También nos han hecho sentir incómodas ciertas actitudes de nuestro jefe. Hace poco, tuvimos que acelerar el paso de camino a casa. Aunque estemos entre barrotes y lejos de casa, nosotras sentimos demasiado cerca cada herida que nos abrieron en las comisarías. También hemos sufrido el “ya te ayudo a limpiar la casa” en nuestra piel, en esta época en la que supuestamente compartimos responsabilidades. Nosotras tuvimos relaciones sexuales aunque aquella noche no tuviéramos ganas, solo porque nuestros novios insistían. Nosotras también decidimos estar calladas durante la reunión, después de darle demasiadas vueltas a la cabeza.

Hemos vivido esas y otras muchas violencias desde muy cerca. En esta ocasión, queremos poner el foco en las relaciones cercanas, en aquello más privado, más íntimo, más escondido. Observemos aquello que no se ve en las relaciones de pareja, en el entorno amistoso, en la familia, en la militancia, en las redes... Relaciones que se construyen bajo la sábana del fantasma del amor romántico, que hacen perdurar la superioridad de los hombres, que refuerzan la heteronorma, que marginan a las mujeres sutilmente. Al fin y al cabo, pongamos el foco en aquello que nos dificulta ver que una agresión ha sido una agresión. Y al hablar sobre agresiones ocultas, nos viene rápidamente a la cabeza el lema del año pasado, “Veo veo, qué ves...”, y sentimos una punzada de dolor en la tripa al entender la impunidad que tienen hoy día los abusos contra los niños y niñas. Hagamos visible lo invisible.

Cuando hemos querido sacar a la luz el machismo que existe en las entrañas de la sociedad, nuestra palabra ha sido puesta en duda. Aparte de juzgarnos y de echarnos la culpa, no han querido creer lo que nosotras hemos vivido. El sistema heteropatriarcal utiliza mil y una artimañas para que estemos calladas, subordinadas y dóciles. Pero necesitamos cada vez menos que nuestro discurso sea legitimado por terceras personas. Le hemos dicho la una a la otra “Yo te creo”, tenemos cada vez más reconocimiento social y, en consecuencia, somos cada vez más las que nos atrevemos a denunciar todo tipo de agresiones.

Durante los últimos años se han hecho grandes avances. Es por ello que podemos hablar sin ningún complejo de victorias importantes, teniendo en cuenta el trabajo que se ha hecho en el ámbito público. Le hemos puesto nombre a la violencia sexista, hemos ampliado la concienciación sobre ella y hemos impulsado leyes, órganos y recursos para hacerle frente. En la calle, hemos respondido a las agresiones que se dan durante la noche mediante artículos, manifestaciones, vídeos y acciones. Hoy proponemos reconocer y aplaudir el camino recorrido y poner especial atención en contextos más cercanos.

Las violencias que vivimos de cerca son muy diversas y no caben dentro de un punto lila. Por eso, decimos que no es suficiente con ponerse detrás de una pancarta en situaciones extremas, no es suficiente con hacer declaraciones para los medios ni tampoco con escribir convenios estatales que ni siquiera son legislativos. Ha llegado la hora de prestar atención a las desigualdades entre el discurso y la práctica. Tenemos que ir más allá de gestos superficiales y capturar desde las entrañas a las estructuras patriarcales que hacen posible la violencia sexista. Para ello, debemos marcar prioridades en las agendas políticas e invertir en la prevención, por lo que necesitamos instituciones que trabajen con sinceridad, que tengan verdadera voluntad y valentía para hacer frente a la violencia y que tengan en cuenta al movimiento feminista en ese camino.

Pero, además de las instituciones públicas, ¿qué papel deberíamos tomar el resto de colectivos y movimientos? ¿Qué pasa cuando nos damos cuenta de que el problema lo tenemos en casa? ¿Qué pasa cuando los golpes, el acoso, los insultos, el baboseo, las violaciones, los tocamientos... pasan en nuestra peña, comparsa, sociedad, en nuestra cuadrilla o en la relación de pareja de nuestra amiga? Aunque queramos alejarnos del sistema heteropatriarcal, los procesos liberadores que estamos construyendo también se desarrollan ahí. Sin embargo, está en nuestras manos que las estructuras de poder no persistan en aquellos espacios donde trabajamos, si no, nunca habrá cambios. Cuando el problema está en nuestras entrañas, la responsabilidad es de todas y de todos, no solamente de las mujeres o de las personas que trabajan activamente en el movimiento feminista. Los protocolos contra las agresiones, la concentraciones, las respuestas... deberían ser una preocupación de todas y de todos. Por lo tanto, debemos colectivizar este compromiso y ofrecer más recursos mediante los movimientos organizados, los colectivos sociales, los sindicatos y los partidos.

Para que los cuerpos de las mujeres dejen de ser campos de batalla, para encaminar hacia la paz esta guerra contra nosotras, la responsabilidad es totalmente necesaria;desde los pequeños pasos que se pueden dar individualmente, hasta las iniciativas de leyes y políticas estatales. Siempre profundizando en la práctica transformadora, rompiendo con falsos discursos y aplicando de verdad la literatura “a favor de la igualdad”. Empezando desde dentro. Miremos hacia nuestras entrañas.

Entrañas. Entrañas sangrantes. Entrañas grandes. Hinchadas. Doloridas. Entrañas que piden tiritas, que necesitan mimos. Entrañas fuertes. Las tuyas y las mías. Nuestras. Nuestros dolores, nuestras heridas, nuestros cuerpos, nuestra sangre, nuestra vida, nuestro cuidado, nuestra respuesta, nuestra lucha, nuestra fuerza... ¡Saquemos nuestras entrañas a la luz!

Las autoras son miembros del Bilgune Feminista

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