Violación

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Sábado, 25 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

el juicio por la presunta violación perpetrada por el Prenda y su Manada en los Sanfermines de 2016 resulta muy ilustrativa para comprender que el cuerpo de las mujeres sigue siendo un objeto que algunos hombres consideran de su propiedad y al que a lo sumo le conceden un valor de uso sexual. Sus instintos más oscuros no son tan distintos que los que experimentaron los primeros homínidos allá en la noche de los tiempos. Por mucho que la sociedad disfrace su falocracia de lujo freudiano, siguen siendo animales. El falo deificado, el falo simbólico de los dioses, emperadores y atletas, con frecuencia mutilado, no puede tener más triste y fría presencia que la de una estatua en un museo de arqueología.

La víctima, engañada fatalmente, no pudo tener en cuenta la realidad berroqueña del depredador, esto es, el peligro de esos hombres desaprensivos que siguen siendo tan primitivos como aquellos que cazaban mujeres, con fines sexuales, en las paleolíticas tribus enemigas. Desgraciadamente sigue habiendo hombres que buscan su falocidad a costa de la felicidad de las mujeres, hasta el punto de que estos devastadores sexuales cometen más de un millar de violaciones al año, según el Ministerio del Interior, cifra sin duda escalofriante. Aflora así el vértigo de las violaciones, no solo como meras desgracias personales o dramáticos acontecimientos sociales, sino como la expresión más definitiva de que las mujeres son despreciadas y ubicadas en un lugar inferior del que constituye el estatus social en el que se sitúan los hombres. Barbarie difícil de entender, pues el machismo es en la actualidad una inclinación de postrimerías, que se resiste con fuerza residual justo cuando las mujeres y sus luchas lo estaban convirtiendo en chatarra de desguace. Esta violación grupal no puede considerarse un incidente aislado que ocurre en una coyuntura festiva concreta, como son los Sanfermines, ni la consecuencia del consumo de drogas o bebidas alcohólicas, sino una forma más de la violencia que se ejerce contra la mujer por el mero hecho de serlo. Salvo excepciones, nada patológico hay en las violaciones, pues los violadores suelen ser personas que no padecen ninguna enfermedad mental. Solo hay maldad gratuita, consciente del daño que se inflige y del disfrute que con ella se logra. La gran mayoría de los violadores disfrutan abusando de su poder. Gozan antes, durante y después de la violación porque sienten placer al aprovecharse de quien no puede defenderse. Los violadores acrecientan su ego. Se sienten poderosos, pero solo ante la víctima trémula e inerme, lo que denota su cobardía y ruindad.

Según Susan Brownmiller el miedo a la violación condiciona el comportamiento cotidiano de muchísimas mujeres, pues con objeto de disminuir el riesgo de ser violadas se ven obligadas a reducir considerablemente su libre albedrío. Así, aun teniendo el mismo derecho que los hombres, restringen el espacio público por el que se pueden mover con libertad y sin peligro. No salir de noche y menos aún por lugares solitarios, no llevar las uñas de color uña, porque la uña es transparente y debajo se ve la carne y eso hay que taparlo con algo, no abrir la puerta a hombres desconocidos o no entrar solas con un varón en el ascensor, son muchos de los consejos que se dan para minimizar los riesgos de violación. Curiosamente, esas mismas actividades las pueden realizar con más seguridad si van acompañadas de un varón. No voy a discutir la eficacia práctica de esos consejos tal y como están las cosas, pero la lectura sustancial que se extrae de todo ello es que una mujer sola en el espacio público está en peligro, por lo que lo recomendable es que permanezca retenida en el lugar que se la sociedad patriarcal le asignó: el espacio doméstico. Puede parecer una tesis algo exagerada, pero mientras la falocracia se considere un lujo fisiológico, las mujeres seguirán viéndose obligadas a renunciar a muchos de los derechos de los que los hombres disfrutan.

Es escandaloso que se dude de la versión de la víctima, pues si en su día más vacío y frágil fue saqueada de toda su intimidad, es indecente que se trate ahora de desacreditarla, beneficiando la presunta barbarie masculina cometida por los Joselito, Prenda, Escu, Anto y Arfon, cuyos aspectos, dado que fueron pixelados, me los imagino como sátiros, aquellas feas criaturas mitológicas con cuernos, orejas puntiagudas, rabo de cabra y un grotesco priapismo. En fin, hay días en las que las almas de las víctimas se agitan con violencia, socavadas en su interior, pues al final son ellas, las víctimas, las que se quedan solas con su dolor enajenado, con su clamor dolorido, con su diseño desventurado y la anatomía fortuita de su sexo.

El autor es presidente del PSN-PSOE y médico-psiquiatra