Y tiro porque me toca

Buen provecho

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 26 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

El país de las felices digestiones. No ya las instituciones, sino la ciudadanía demuestra que, pase lo que pase, se diga lo que se diga, lo aguanta todo. Hemos pasado una semana de alarmas y manos a la cabeza tras el destape del infame chat de la policía madrileña cuyos feroces mensajes no solamente resultan amenazantes y ofensivos para la alcaldesa, sino que dan muestras de un racismo, una violencia y una mala fe impropias de uniformados.

Al margen de lo anterior, lo sucedido denota, en mi opinión, un bajísimo nivel no ya cultural, sino de elemental instrucción, de gente dudosamente preparada para una vida social de derechos y deberes, uno de cuyos engrudos sería el respeto mutuo, y hace pensar más en antisociales o en asociales que se hacen con una situación económica, y algo más que económica, que les otorga el uniforme, el arma y les da autoridad. Cómo no pensar que quien escribe semejantes atropellos en las redes, para dar cohesión a un grupo de iguales, es proclive al abuso violento, a la arbitrariedad impune y digámoslo claramente al delito? No son casos aislados, sino grupos de gente armada. Me temo que estamos a un paso de la presencia social de parapolicías. El país en descomposición.

¿Simples desahogos de estresados, bromas corporativas? No lo creo, esa es una añagaza de desvergonzados que piden impunidad... y aplauso, que saben que tienen cómplices y correligionarios de la mugre. Desahogos los de los ciudadanos en las redes sociales ante estos hechos y desinterés mayúsculo o desprecio olímpico en medios de comunicación que se supone deberían ser de información independiente y no de transmisión de doctrina y consignas gubernamentales. No se trata de crear alarmas ocasionales de página truculenta de sucesos, sino de un “Ya basta” generalizado.

Resulta desolador darse cuenta de cuales son las entretelas de la sociedad en la que vivimos. Asusta que eso sea algo más que extendido. Puede minimizarse todo lo que se quiera, pero este auge es nuevo y está más extendido de lo que los medios de comunicación publican con intención de denuncia social. Algo está pasando en los últimos meses.

En las redes sociales puede haber desmesuras repulsivas y reprobables, pero no creo que alegrarse en público de la muerte de quien consideras tu enemigo sea delito, no al menos encuadrado en algún artículo del Código Penal. Metido con calzador en algún rincón puede ser porque a estas alturas si quieren meterlo en la adulteración de alimentos, lo meten si conviene. No todos los muertos son iguales.

Ahora bien, esa misma celeridad con la que se cazan y capturan, no ya los autores de burlas zafias, sino los enemigos del régimen, sería deseable para las miles y miles de agresiones verbales que se ven en las redes y que tienen por objeto izquierdistas, nacionalistas o simplemente discrepantes. No se ve la misma celeridad en la búsqueda de esos posibles delincuentes informáticos y eso deja a una parte de la ciudadanía con la sensación de que existe dejación o cuando menos un clima de impunidad para delitos de amenazas e injurias graves dependiendo de quién sea el autor, sean o no denunciados más o menos en balde porque los denunciantes reciben casi de manera rutinaria el mensaje de que es muy difícil de seguir esos hechos que, según quien sea el autor, en otras personas son delictivos, perseguidos y condenados casi a bote pronto.

¿Sirve de algo indignarse y levantar de continuo un muro de denuncias que se hacen humo con el correr de los días? Desde luego no para que la fiscalía intervenga, aunque sí para hacer ver que el clima social del país tiene algo de irreparable, y para ese desahogo personal de quienes se sienten agredidos, ofendidos, burlados, en un ansía elemental de justicia. ¿A quién le importa? No desde luego a quienes encubren o jalean manadas como las que han asomado la jeta en el caso de Manuela Carmena. Todo depende de en qué bando estés. Está visto que la igualdad ante la ley nunca ha ido de verdad con nosotros, basta escuchar los berridos y sermones justicieros para comprobarlo.