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A los estudiosos de la consciencia

Luis Beguiristain - Lunes, 27 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

No es lo mismo trabajar la inteligencia que la consciencia. La inteligencia son datos, memorizar la experiencia, la consciencia es ubicarse en la vida desde lo más profundo del ser. Sobre la inteligencia hay un método muy definido y preciso, sobre la consciencia hay una lucha para trascender el límite habitual. ¿Qué somos y qué podemos llegar a ser? Si leemos el artículo de Joxe Arregi El misterio del mundo, del día 26, vemos una cosa intermedia entre inteligencia y consciencia. Porque trabaja los datos de la realidad del universo que conocemos ahora, y le aplica una reflexión personal sobre la realidad mística que todos los pueblos a lo largo de la historia han intentado abordar. Pero es un planteamiento relativamente sencillo, aunque para una Iglesia Católica retrógrada sea demasiado revolucionario. Yo lo considero para chavales de doce años, hablando simbólicamente, si lo comparamos con los Siete sermones a los muertos de Jung, que está en Internet en PDF y son solo diez páginas. El escrito de Jung es muy difícil de asimilar, porque nos obliga a un planteamiento que no estamos habituados a realizar desde la lógica pura matemática o deductiva. Nos obliga a meditar en los opuestos radicales como algo integrado del alma de los seres humanos, y hasta que no resolvamos esa integridad de lo negativo junto a lo positivo, a lo largo de muchísimas encarnaciones, no podremos ascender al siguiente nivel de consciencia. Llámese supraconsciencia o consciencia crística, ¿qué más da? A este proceso de evolución del alma a través del plano psíquico personal, Jung le llama individuación. Es como si dijésemos: ser uno mismo hasta lograr participar del nivel de los seres más realizados, y que son uno en la consciencia de todo lo existente, vivo y muerto. La inteligencia es la madre del ego, la consciencia requiere de sacrificar ese propio ego. La inteligencia recibe premios, la consciencia recibe menosprecio y llegar a sentirse ignorado. Es el precio a pagar, todo tiene un precio. Ha llegado la hora de ponerse a estudiar a Jung.

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