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Tiempos extraños

Por Manuel Torres - Lunes, 27 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La prosperidad ya no es lo que era. El estado del bienestar, noción algo más reciente, ha cambiado de atuendo como la pasarela de unaFashion Week. Desde las boyantes décadas de los 50 y 60, plantamos cara a la idea trágica del destino y a las fuerzas opresoras del pasado. Antes aspirábamos a la libertad. Ahora aspiramos a la felicidad, a una vida indolora y fácil sin complicaciones ni complejidades, plana y entretenida como una película de Ozores. Contrario a los preceptos de la Iglesia tradicional, el placer ha dejado de ser pecado, de sonar indigno, de verse sucio y vergonzoso. Hoy creemos que es un objetivo deseable y lícito. Según el nuevo código del consumo y el hedonismo -los nuevos paradigmas que mueven el cotarro-, una vida sin placer no vale la pena ser vivida. Hasta los deportes de riesgo nos invitan a atravesar la línea de las sensaciones límite, donde el peligro y la excitación cabalgan juntos. Todo parece, pues, que nos precipitamos sin remedio hacia el estado de la perfección.

Echando un vistazo a los últimos hitos en la evolución de Occidente, comprobamos que durante el siglo XVIII la esperanza de vida no rebasaba los veinticinco años, que uno de cada tres recién nacidos moría antes de cumplir el año, un bebé de cada dos no llegaba a la edad adulta, el 10% de las mujeres en edad de procrear moría durante el parto, y el único consuelo ante esa fatalidad del destino era la resignación como valor redentor cristiano.

Sin embargo, en la segunda mitad del XX -la que muchos tuvimos la suerte de conocer-, hubo un descenso espectacular de las enfermedades mortales, la eclosión generalizada de los analgésicos y otros medicamentos que reducían el sufrimiento hasta hacerlo desaparecer, una mejora de las condiciones sanitarias, sociales y culturales;y en las mujeres, poder liberarse de los embarazos continuos y el dolor del parto, hasta entonces aceptado como una imposición bíblica. Ahora la menor molestia se tiene por insoportable, se reclama que desaparezca al instante con algún producto farmacéutico o se hace una visita relámpago a Urgencias.

El progreso de la ciencia, los avances en agricultura y alimentación, la importancia de la higiene o las campañas de vacunación, han hecho posible que, a partir de 1800, las expectativas de vida se prolonguen de manera exponencial, así como la reducción de la mortalidad infantil. En ciento cincuenta años se ha duplicado la edad. De hecho, a día de hoy la esperanza de vida es tan alta (a razón de un trimestre por año) que la vejez ya no tiene el mismo significado que en el pasado. Antes, se veneraba a los ancianos y envidiábamos su longevidad. Ahora, son un rompecabezas para el actual sistema de pensiones, un arcano socioeconómico que nadie es capaz de resolver. En otras palabras, en los países occidentales hemos alcanzado tal grado de perfección que el propio exceso en nuestra previsión está empezando a ser un problema. Es -valga el ejemplo- como aquel ciborg servicial, incansable y respetuoso de Yo, robot, en el distópico relato de Asimov que, en aras del progreso desmedido, acaba asesinando al amo que lo creó.

Es evidente que vivimos en un mundo paradójico y desconcertante. En Europa y Norteamérica la salud, pese a los logros antes citados, pasa por ser una de las mayores preocupaciones de la población, una obsesión y un debate cotidiano tanto entre la población como en los medios, algo que ha entrado de lleno en nuestra vida doméstica y en los hábitos del consumo. Hoy día la preocupación por la salud es abrumadora. Nos inquietan los transgénicos, las ondas de la telefonía móvil, la radiación de los microondas, el azúcar, las grasas saturadas, los ácaros, el tabaco, los rayos del sol... Con vistas a cuidar y aumentar nuestras expectativas de vida -las mismas que hemos logrado multiplicar por cuatro en tres siglos-, se corrigen y reorientan a velocidad cósmica mediante campañas mediáticas presentadas como productos estrella de las farmacéuticas, más que como recomendación del Ministerio de Sanidad. De modo que, cuanto más mejoramos nuestros hábitos de salud, más parece crecer la sensación de inseguridad ante las invectivas de la enfermedad.

Los avances de la ciencia, la tecnología y la industria nos han librado de incontables sufrimientos. Sin embargo, nuestra sociedad se mueve en una eterna contradicción. La depresión, la ansiedad, el estrés, las adicciones, el índice de suicidios, el consumo de psicótropos, están al alza como valores en Bolsa. Desde la década de los 80, la búsqueda desaforada del bienestar se viene desarrollando con éxito arrollador. La oferta es inacabable: del yoga al taichí, del qigong al reiki, de la eutonía a la gimnasia holística. En definitiva, métodos dedicados a obtener una sensación de quietud y paz interior que favorezca la armonía mental y física. Incluso la psicología, máxime en la década de los 70, se ha visto involucrada en esa pretensión arcádica mediante la escuela positiva de Seligman y sus prosélitos, de tanto predicamento en la tierra de las oportunidades. Los libros de autoayuda, las dietas milagro o los regímenes mágicos proliferan como hongos, los productos light se hallan en las estanterías de cualquier centro comercial, el fitness se multiplica, las técnicas de relajación y el feng-shui invaden revistas y programas de TV. Es decir, el bienestar físico y espiritual, con la profusión de productos y métodos que se venden para liberarnos de la carga de materialismo que nos agobia, se han convertido en la búsqueda del nuevo grial.

Con todo, a pesar de los problemas sociales y económicos que padecemos, o quizá por eso mismo, el culto al bienestar se nos ofrece a menudo como una evasión ante el vértigo de esta sociedad de la eficacia, una civilización que patrocina el hedonismo, el individualismo, el éxito fulgurante, que lucha contra el tiempo y que aspira inconscientemente a ser eterna, una cultura que desdeña el esfuerzo, que banaliza la democracia y la vida pública hasta rebajarlas a meros artículos de consumo, desechables, reciclables, low cost, y donde conceptos como revolución, nación, república, progreso, shoah o gulag han dejado de interesarnos o estremecernos. Es cierto que nos hemos librado del lastre de las ideologías totalizadoras y del absolutismo de las religiones (aunque alguna venga desde fuera pisando fuerte), pero el vacío resultante se ha llenado de una nueva tecnocracia, la del culto al consumo. Visto lo que tenemos, lo único capaz de inflamar el fervor patriótico de antaño es el fútbol.

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