Cataluña

Miren Ibarrola - Miércoles, 29 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:32h

Toda persona es nacionalista, tiene sus afectos en una tierra, nace con una lengua y posee el inconsciente colectivo nacional. Luego decide y opta, si le dejan. La libertad es una utopía. Jesús de Nazaret no nos dejó dicho nada al respecto. Murió asesinado por la ley judía: “Nosotros tenemos una ley y según ella debe morir” (Jn 19,7). Criticó el imperio de la ley del Sanedrín y de los Sumos sacerdotes por estar al servicio del poder y del dinero y no privilegiar a los pobres. Lo acusaron de sedicioso y contrario a las tradiciones judías. No se nos puede olvidar. Desde entonces y desde Él, para un cristiano la ley es relativa, se puede incumplir si es injusta desde el punto de vista evangélico, si maltrata a los de abajo y si no tiene en cuenta los derechos humanos individuales y colectivos. La desobediencia puede ser cristiana. Para un cristiano la unidad de la patria no es un dogma ni un valor moral como aseguran algunos congéneres nuestros. “Nosotros somos ciudadanos del cielo” dice S. Pablo, por tanto cualquier nacionalismo también es relativo y todo sentimiento nacional respetable y discutible, siempre en diálogo con quien siente diferente. Lo que fractura la comunidad cristiana no son los diferentes nacionalismos sino la ignorancia de una verdadera teología evangélica, amén de una vivencia distorsionada de nuestra fe. La unidad cristiana es otra utopía.

Personalmente soy partidaria de una política laicadonde no intervengan arzobispos ni clérigos, aunque mientras exista un estado vaticano es tarea imposible.