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La bandera roja de Navarra (1910)

Por José Luis Nieva Zardoya - Viernes, 1 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Los renglones torcidos de la Historia han permitido que un hecho, por importante que sea, sirva para conceder la Medalla de Oro de Navarra a Arturo Campión, Hermilio de Olóriz y Julio Altadill. Es cierto que un encargo así no se hace a cualquiera. Se merecen la medalla con o sin bandera, lo mismo que Landa, Iturralde y Suit, Obanos, Aranzadi, Ansoleaga, Legaz, Castilla, los Gaztelu, Echaide, Rodríguez Undiano…, todos aquellos integrantes de la primera élite intelectual navarra. Pioneros en casi todo, es difícil encontrar algún símbolo de identidad sin su huella.

El 22 de enero de 1910, enterada la Diputación de que el escudo de Navarra aparecía con notables diferencias, estableció su forma definitiva. A continuación, acordó subsanar “la falta de existencia” de bandera y dispuso su confección tras consulta a personas competentes. Esta regulación debe situarse en la celebración del séptimo centenario de las Navas de Tolosa impulsada por la Comisión de Monumentos. Si el origen del escudo se situaba entonces y no estaba definido, había que proponerlo.

No había bandera, pero la Diputación deseaba su diseño según los antecedentes históricos. Estos aludían al color rojo. Ollarra (director de Diario de Navarra) contestaba en 1977: el rojo era el fondo del escudo y en 1900 Olóriz ya lo consideraba el color de Navarra.

La Ley de Armería, que prohibía pintar color sobre color, jugaba a su favor, más si lo común era que el blasón ocupara toda la bandera. Si el escudo era rojo, la enseña solo podía ser roja, acompañada del escudo definido, a instancias, entre otros, de los tres consultados, miembros también de la Comisión de Monumentos.

Quizá por todo ello la respuesta fue inmediata. El 2 de julio Gervasio Etayo rompió el descanso de Campión para saber su competentísimo juicio. También contactó con Olóriz. El 5 de julio contestó desde Auritz/Burguete en carta y telegrama. Solo se conoce la copia de este, que señala: tal se usaría hasta 1841, la tela solía ser damasco. Cunchillos, secretario de la Diputación, consultó con Altadill verbalmente.

El 3 de julio Campión respondió: “el color de la bandera es el rojo… equivale a la oriflamme de los franceses”. En el centro llevaría el escudo con la corona real. La forma debía ser la moderna usual de bandera y la tela, según el grado de ostentación. La bandera que la Diputación hiciera -resaltaba optimista- “esa será”. No se la podría criticar con documento oficial que mostrara que debía ser de otra manera, como sucedía con la española o francesa: “Pues esto de las banderas nacionales es cosa moderna. Antiguamente las banderas eran las de los reyes y señores: España no la ha tenido hasta el año mil ochocientos cuarenta y tantos”.

El 15 de julio el archivero le escribió de nuevo. Primero, la buena noticia: se había encargado la bandera con arreglo a sus indicaciones. Luego, la confidencia: mañana saludarían “nuestra bandera nacional navarra”. Y el encargo: deseaban su opinión sobre qué otros días debía izarse.

El 19 de julio respondió casi satisfecho: había estado tentado en dirigir “un entusiasta saludo” a la Corporación, pero temió que “pudieran sacar algún partido los enemigos”. Campión propuso las fechas y una bandera portátil.

El 15 de julio de 1910 el Boletín Oficial de Navarra publicó que la Diputación, tras consultar a Campión, Olóriz y Altadill sobre la materia, color, adorno, forma y tamaño de la bandera, acordó ordenar su confección con tela roja, del tamaño de las banderas nacionales destinadas a ondear en edificios públicos, y con las cadenas del escudo y sobre ellas la corona real, bordadas o pintadas de oro, más la esmeralda en el centro de las cadenas.

También dispuso que se izase en el balcón principal del Palacio provincial, por primera vez, el 16 de julio en conmemoración de la batalla de las Navas y todos los años ese mismo día y en determinadas fiestas religiosas. También ordenó la construcción de una bandera portátil. La Diputación aceptó el modelo de bandera, la enseña portátil, su uso y las efemérides religiosas. Además, acordó su izada junto a la bandera española los días de fiesta nacional, como guipuzcoanos y catalanes.

Ese día El Eco de Navarray Diario de Navarra anunciaron la primera izada de la bandera. Era provisional, con el escudo pintado por Ciga. Añadían que los “buenos navarros” acogerían con “simpatía” la iniciativa. El 16, Diario de Navarra recogía que tras oír misa los diputados, Ascárate, capellán de Palacio, bendeciría la bandera. El 17 de julio informó: “También en el Centro Vasco ondeó la bandera de Navarra y se ornó su balcón con colgadura del mismo color”.

Campión fuera, silencioso, Olóriz no debió de faltar a la cita, quizá junto a Altadill. Hermilio estaba en Pamplona ultimando detalles sobre la nueva enseña.

El eco llegó al acuerdo que en 1912 la Diputación tomó regulando las enseñas municipales. El Demócrata Navarro(27 de junio) opinó que si se dejaba a Cunchillos y “otros separatistas”, hasta en las escuelas se sustituiría “la enseña nacional por la napartarra”. Añadió: “explosión de separatismo más puro y neto no puede darse”. El Pensamiento Navarro aclaró que el acuerdo obedecía al temor de que los ayuntamientos fueran con “auténticos mamarrachos” al aniversario de las Navas.

La bandera de Campión, Olóriz y Altadill era la bandera de Navarra, la bandera de todos. Ese fue el mérito y el deseo de sus impulsores, pero ese fue el problema. La victoria buscada en la simbología acarreaba la derrota. Dejaba de ser propia y ser de todos suponía someterse a la interpretación también de todos hasta ser la enseña de unos pocos. En ese uso es significativo el juego de escudos (con corona real o muralla de cuatro torres) que permitió el apoyo de derechas e izquierdas. Juego que se completó, acabada la guerra, con la inclusión de la laureada. Apropiada e identificada con el franquismo, será símbolo del estatus político surgido de la Ley de Amejoramiento de 1982. Perdido el sentido originario, nacionalistas vascos y/o nabarros, sus máximos defensores, terminaron por considerarla ajena, certificando el vuelco final y asumiendo el nuevo significado.

Napartar-batse quejaba en Diario de Navarra (1977) de su ausencia durante un acto celebrado en el Ayuntamiento de Etxarri Aranatz. Recordaba que Campión, Olóriz y Altadill eran “poco sospechosos de centralismo y hasta prototipo de nacionalismo vasco”.

Tiempo de banderas. Desicosis hablaba Ollarra en 1977, y añadía que la Diputación de 1910, además de dar una bandera oficial, quiso que cada ayuntamiento tuviese una. El que careciese de ella o no encontrase noticias claras debía adoptar el rojo de la bandera. Por eso -explicaba- muchos ayuntamientos, que improvisaron sus banderas entonces, la tenían roja, como la del Reino. “Posiblemente -no lo sé- fue también el caso de Echarri-Aranaz”.

El acuerdo de la Diputación, calificado de separatismo puro y neto en 1910, era reivindicado luego como símbolo de navarridad y/o españolidad frente a los nuevos separatistas. También estos abrazaron la bandera: solo faltó suprimir la corona del viejo reino del escudo. Como si fuera el deseo de un régimen monárquico para el futuro y no la reivindicación del pasado glorioso al modo de espejo para el presente. La bandera de todos volvía a sufrir la miseria de la victoria.

Ahora no importa. Allá arriba Arturo, Hermilio y Julio recogerán la medalla entre aplausos de Nicasio, Juan, Esteban, Estanislao, Florencio, Dámaso, Salvador, Rafael, Felipe, Salvador, Eusebio… Es de todos. Podemos descansar en paz, dirán los tres. Así sea.

El autor es historiador

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