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Mar de fondo

Feliz a su pesar

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 2 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

¿Por qué para ser feliz es preciso no saberlo?, se lamentaba Pessoa. Yo en cambio un día me miré, miré al mundo y decidí ser feliz sabiéndolo. No derivé en feliciano, esa mezcla de inocente, indiferente e ignorante, sino en flexible. Desde entonces intento que solo me entristezcan o cabreen hechos graves -una muerte, un asesinato - y discuto poco. Los amigos han entendido que, si eligen un bar uzbeko y no me opongo, eso no significa que me encante el plan. Les falta aprender que con tanto aceptar todo lo secundario en realidad ya me da igual uzbeko que kazajo. Lo siguiente, me temo, será pedir croquetas armenias.

El asunto roza el ridículo, o quizás lo rozo yo. El heladero pregunta qué sabores quiero y le contesto que me ponga los que él prefiera. Por desgracia este generoso o estúpido beneplácito se confunde a veces con la displicencia, y sin duda desanima mucho cuando en una cata de vinos me chiflan todos. La presbicia también ayuda a decir amén a mil cosas: atardece y soy incapaz de seguir mapas, leer menús o revisar cuentas. Así que puedo acabar en un barrio lejano, merendando delfín y timado. Pero estar contento me sale rentable.

Hoy me sincero de modo patético porque hemos sabido que el País Vasco y Navarra son las comunidades con mayor nivel de bienestar objetivo. También hemos sabido, o ya lo sabíamos, que a pesar de ello no son las más felices. Hace una década el “curso estrella” de verano en la UPV fue La felicidad es posible, de Jorge Bucay. Asumir que somos la cara sonriente del globo parece aquí ofensivo. Y pienso yo que el verdadero insulto, hacia ellos, es creernos aún los parias de la tierra.

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