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Los voluntarios arreglan el Agua Salada. No te esperaba

por Emma Alonso - Sábado, 2 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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El sopor sube de intensidad a cada segundo. Son las cuatro y media de la tarde y acabo de comer después de haber dado un paseo por el monte y haber intentado poner un poco de orden en un apartamento donde convivimos en estrecha compañía cuatro adultos y tres animales. Pero no puedo permitirme una pausa. Sé que él me está esperando. Así que tomo un té antes de coger el volante y me pongo en marcha mientras escucho un recopilatorio de Francis Cabrel. Cruzo un paisaje cada vez más amplio, con grandes extensiones de tierra sembrada y árboles escasos. A medio camino bordeo el pueblo construido sobre un peñón cuyo perfil, si uno lo mira desde la carretera, recuerda al de un viejo jefe indio. Reconforta pasar a menudo por los mismos lugares, verlos repitiéndose un año tras otro, una estación tras otra: la aparente inmovilidad de las cosas y de los seres.

Lo encuentro saliendo de su habitación, en la segunda planta de la residencia. Yo, en un extremo del largo pasillo en penumbra. El cada vez más bajito, más endeble, avanzando sin verme desde el otro extremo del corredor, apoyado en su bastón. Apresuro el paso. Necesito llegar a su altura y abrazarle: estoy aquí, papá. El exclama, sorprendido, ¡huy, no te esperaba! Y luego sonríe con el único ojo que le queda. Lo hace con una inocencia tan tierna, tan ingenua y tan desnuda que me desarma. Voy a tomar un vinito al bar, me dice como si fuera un niño y se deja conducir de la mano. Desde la recaída que sufrió a principios del otoño - los viejos son como las hojas, muchos caen y se disuelven en esta época-, su cuerpo se ha vuelto aún más quebradizo. Se va escorando hacia mi lado, como una barca herida por un temporal y yo lo remolco con ayuda de mi brazo. Bajamos en el gran ascensor, suficientemente grande para dar cabida a una camilla, y salimos al hall.

A lo largo del corredor que conduce al bar se vislumbran las siluetas dispersas de algunos ancianos recortados en la penumbra. Todos saben dónde se encuentra el interruptor, pero parecen no necesitar ver ni ser vistos. En el hogar del jubilado es diferente. Tras el mostrador, Teresa, una voluminosa negra con tanto salero como su generoso cuerpo, charla con algunos clientes apostados en la barra. Al fondo, un grupo de hombres echa la partida y a nuestro lado, tres mujeres toman un café mientras, sobre sus cabezas, la televisión emite un mediocre programa de cotilleo.

No sabes el bien que le haces a tu padre con venir, hija mía- dice una de ellas dirigiéndose a mí: “hasta cena mejor”. Es que aquí una se aburre mucho- añade otra mientras un par de dientes asoman entre sus labios hundidos- Mucho hija, mucho. Concluye tras un largo suspiro. Luego vuelve a caer en el silencio. Un silencio que no tiene nada de incómodo, convertido ya en la manera natural de estar. El silencio de los viejos, de los enfermos y de los hombres cansados.

Por extraño que parezca, papá no se aburre. Al menos eso afirma él, aunque vista de fuera su vida parezca de una monotonía insoportable. Día tras día espera a la hora de la cena, junto a algunos ancianos más, cada uno replegado en sí mismo, en ese mutismo terco, concienzudo, todos sentados, hieráticos, en el hall sobre sillas contiguas, compartiendo a su manera el terrible aislamiento que supone hacerse viejo. De vez en cuando, invariablemente, alguien levanta con dificultad el brazo y mira el reloj. Es algo que todos hacen. Un gesto automático, rutinario, repetitivo, en el que no imprimen dramatismo alguno. Si hay un objeto que echarían de menos en este lugar apartado del mundo, no sería el dinero ahorrado tras tanto esfuerzo y privaciones, ni la casa cuya hipoteca les costaría pagar gran parte de su juventud, sino este medidor del tiempo que casi todos llevan sujeto a las descarnadas muñecas, y los menos a una cadena prendida al cuello. A las ocho de la tarde cenan. Después, mi padre, como los otros, vuelve a la habitación. Se desviste y se tumba hasta la mañana siguiente en que todo recomienza. Los sábados de cada semana aparezco yo y él vuelve a repetir con gesto de incredulidad infantil: ¡Huy, no te esperaba!

* Escritora y profesora

las claves

estella-lizarra. Varios voluntarios han arreglado el manantial del Agua Salada. Así, han trabajado estos días atrás limpiando el entorno manantial, han arreglado varias fugas y en definitiva han adecentado la poza para que esté en mejores circunstancias. Como se sabe, la poza del agua salada se caracteriza porque el agua mana de la roca siempre a la misma temperatura, 17 grados y es fácil ver a usuarios utilizando en invierno. En verano es por supuesto uno de los sitios de baño preferidos por muchos.Foto: celia gurpegui

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