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Republicanismo

El abrevadero de ‘La Manada’

Por Santiago Cervera - Domingo, 3 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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No he querido leer nada sobre el juicio a La Manada. Hay mensajes que llegan por WhatsApp que me proponen apostar sobre una posible condena, y soy incapaz de hacerlo. El asunto es asqueroso en sí, incluso con independencia de lo que acabe determinando la calificación penal. El portal de una calle por la que todos hemos pasado, cinco machitos haciendo del sexo un acto de posesión basado en el alivio genital, y una víctima que sin duda lo es haya tenido o no la voluntad de participar en el asunto. Supongo que habrá que confiar en que el juez tomará una decisión razonada y con mayor conocimiento de causa que el que alcanzan las informaciones periodísticas. Pero sea la que sea su determinación, ya hay suficiente conocimiento sobre lo que pasó como para poder mirar incluso más allá de la probable violación, y tal vez intentar entender lo sucedido en un sentido más amplio. Lo primero que yo me pregunto es qué ha tenido que ocurrir para que la autodenominada Manada, más bien piara, tome a Pamplona como el lugar en el que desbordar el carácter animal que les asiste. Violadores o no a la luz de la ley, la estampa del grupo produce arcadas, una repugnancia inmensa. Obesos en su juventud, con ese aspecto de chulillos mononeuronales, alardeando con impudicia de sus miserias y grabando con sus móviles los litros de alcohol que son capaces de beber, orgullosos de mostrarse mugrientos y sudados, y con toda esa gallardía ridícula de los que creen que pasarlo bien consiste en retozar en las excretas de la calle. Lo peor de todo es ese carácter gregario que les ha hecho autodenominarse Manada, esa forma de entenderse dentro del lumpen del grupo. El picoleto y el militar, a quienes se supone que la sociedad habría de encomendarles algún día la defensa de la ley y el orden, devienen en símbolos superlativos de la podredumbre actitudinal que parece tan presente en la vida de los encausados. Es la confluencia perfecta de lo peor que una sociedad puede alojar. Y no por casualidad llegaron a Pamplona a mostrarse tal cual son.

Parece blasfemo levantar un dedo y objetar, incluso deplorar, la idea de que Pamplona por San Fermín ha de ser tomada como la ciudad sin ley. Hace años se veían reportajes periodísticos titulados “La gran borrachera”, y hoy, en la era de las redes, al orbe le hacen gracia las fotografías de la cerdada en la que se han convertido tantos momentos de la fiesta. Y los oriundos, o parte de ellos, seguimos pensando que es la época gloriosa en la que una pequeña ciudad alcanza interés mundial y es capaz de mostrar lo que ninguna otra tiene. Los Sanfermines nacieron como una fiesta rural, la de aquellos lugareños que se tomaban una semana de dispensa y solaz entre la recogida de la cosecha y la siembra, coincidente además con el solsticio. Una semana, la única del año, en la que se bebía y se trasnochaba, la única distracción que estaba al alcance. Llegó un escritor mediocre y dipsómano, Hemingway, y contó a los americanos cómo era este peculiar reducto paleto, y así comenzó la indefectible perversión de su esencia. Finalmente, los Sanfermines se han convertido en la perfecta ucronía, las fiestas de un pueblo grande que sin que nadie lo cuestione han pasado a ser el parque temático al que acuden los que quieren vivir una experiencia transgresora. Una especie de Westworld pero sin androides. Llegan de todas partes una gama, más o menos ingenua, más o menos culposa, de gentes que tan solo quieren saber cómo es lo de correr delante de toros, emborracharse sin limitación o enseñar vergüenzas bajo la camiseta. Las agresiones sexuales, contra las que las instituciones y toda la sociedad cabal quieren reaccionar, no son otra cosa que el epifenómeno de tanta mierda acumulada, a la que seguro han contribuido tantos cuantos han creído aceptables estos Sanfermines sin ley. Hasta que llegó La Manada, sabedora de que por aquí había un abrevadero, un lugar en el que se ponía a su alcance justo lo que ellos necesitaban para exaltar sus miserias. Algo buscaban, no sólo poder contar después que entre cinco habían penetrado a una madrileña. Vale que muchos veríamos con agrado una condena severa, pero sería deseable que, diga lo que diga el juez, no dejemos de pensar en qué clase de territorio se han convertido nuestras fiestas. Algo habría que hacer para revertir sus sinsentidos y contradicciones, para limpiarla de lo que no le es propio y esencial.