Un colegio con mucha miga

El colegio de Ujué obtuvo en octubre el premio nacional Vicente Ferrer de Educación para el Desarrollo

Hoy por hoy tiene siete alumnos de Infantil y Primaria, aunque en la década de los 60 alcanzó los 120

Ainara Izko - Domingo, 3 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Foto de familia del alumnado y parte del profesorado, con la directora Esther Leza, del Colegio de Educación Infantil y Primaria de Ujué.

Foto de familia del alumnado y parte del profesorado, con la directora Esther Leza, del Colegio de Educación Infantil y Primaria de Ujué. (AINARA IZKO)

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Foto de familia del alumnado y parte del profesorado, con la directora Esther Leza, del Colegio de Educación Infantil y Primaria de Ujué.

“Durante mucho tiempo, y en ciertos sectores, la Escuela Rural ha sido denostada o considerada de orden menor”

ujué- El pasado mes de octubre, el Colegio de Educación Infantil y Primaria de Ujué recogió el IX Premio Nacional de Educación para el Desarrollo Vicente Ferrer, que convoca la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, en la categoría de Educación Primaria. El premio consistía en un curso de formación para profesorado en Senegal. A su regreso, Esther Leza (directora del centro) no oculta su satisfacción por la experiencia vivida, si bien reconoce que para ella “lo más relevante de este premio es que pone en valor la Escuela Rural, ya que durante mucho tiempo y en ciertos sectores ha sido denostada o considerada de orden menor”.

En concreto, el proyecto reconocido se llama Un mapa en la escuela y se puso en marcha tras “la sorpresa generada por la aparición en la plaza Mayor del pueblo de Cantónimo, un hombre de la época tardo-antigua, durante las obras de renovación de las redes de saneamiento de las aguas”, explica Leza. En este sentido comenta que fueron las “preguntas del alumnado” las que guiaron el proceso y el desarrollo de los trabajos de investigación y experimentación realizados. “Este trabajo nos puso en contacto con la arqueología y tengo que agradecer la colaboración y la implicación de los arqueólogos que trabajaron en las excavaciones, entre los que destaco a Carlos Zuza y a la osteopatóloga María Paz de Miguel, que nos familiarizaron con Cantónimo, su modo de vida, etcétera”. Conocimientos, todos ellos, que sirvieron de base para “la creación y posterior representación de la obra de teatro En tiempos de Cantónimo”, apunta. En la misma línea, Leza aprovecha este foro para agradecer a Marian Pascual, Coordinadora de ONGD de Navarra, su “impulso” y “ayuda” a la hora de animarles a presentarse a este premio. “Creyó en el trabajo. Sin ella nada de esto hubiera sido posible”, reconoce.

Simultáneamente, el colegio continuó abordando el proyecto Conectando Mundos: Derechos sin fronteras (presente en la escuela desde hace siete años y que trabaja en la línea de una educación transformadora para una ciudadanía global), centrándose en este caso en “la problemática de miles de personas que no pueden moverse libremente por el mundo ya que hay 14 muros que separan a las gentes e impiden su desplazamiento”. Lo hizo “a través del libro El cazador de estrellas” gracias al cual los estudiantes conocieron la problemática del pueblo saharaui. También compartieron experiencias con el alumnado de una escuela de Nepal y otra de Sebikotane (Senegal). Fruto de este segundo contacto, con la escuela de Senegal, junto con la que analizaron los movimientos de la tierra y su esfericidad a través del estudio de la sombra, el colegio de Ujué ha obtenido la autorización del Servicio de Patrimonio del Gobierno de Navarra para instalar un nomon, es decir una varilla que permite conocer la hora a través del sol, en el reloj de la iglesia. Asimismo, el centro cuenta con un blog mediante el que difunden aquellas experiencias que pueden resultar interesantes para el público en general, y con un huerto, cuyos productos venden en la plaza.

Abierta desde 1931En concreto, el colegio de Ujué, que abrió sus puertas en 1931, cuenta actualmente con siete alumnos de entre 1º de Infantil y 6º de Primaria. En los años 60, sin embargo, llegó a alcanzar 120. Junto a Leza, completan la plantilla de docentes un profesor de música, otro de inglés y euskera, un tercero de religión, otro de educación física, una orientadora y una logopeda, que están contratados por horas.

Como en el resto de escuelas rurales, el alumnado, “de diferentes niveles educativos y edades conviven y aprenden juntos”, observa Leza. Esta diversidad permite a los niños “progresar a cada uno a su propio ritmo” y aporta, según la directora del centro, “una gran riqueza a los procesos de enseñanza-aprendizaje, sin olvidar que aprenden a convivir en la diversidad, una diversidad que está presente en todas las aulas, aunque aquí las diferencias sean más notorias” reconoce. Leza compara la situación con una familia “en la que todos se ayudan y se respetan y los niños mayores aprenden a tratar a los pequeños y a comprenderlos”.

Indica, además, que las escuelas rurales “contribuyen, sin duda alguna, a mantener los pueblos vivos”.

A su juicio uno de los problemas más complejos a los que se enfrenta la escuela es “conocer en profundidad cómo aprende el niño, qué variables influyen en el proceso y cómo ayudarle a aprender, a recorrer ese camino con la ayuda adecuada en cada momento”.

En su caso, fomenta la metodología de aprendizaje basada en los proyectos, por la que ha recibido diversos premios y menciones y a través de la que busca “despertar y potenciar la curiosidad” del alumnado. “El desarrollo de los proyectos exige una mirada amplia, abierta al mundo entero, donde la interdisciplinariedad sea otro de sus ejes fundamentales”, concluye.

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