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Hemingway despierta pasión en Pamplona

los lugares donde bebió y comió, sus relaciones con artistas y mujeres mecenas o la amistad con quintanilla no faltan en la ruta

Un reportaje de Ana Ibarra Fotografía Iñaki Porto

Viernes, 8 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Javier Muñoz explica uno de los paneles expuestos en la Plaza del Castillo sobre la figura de Hemingway.

Javier Muñoz explica uno de los paneles expuestos en la Plaza del Castillo sobre la figura de Hemingway.

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  • Javier Muñoz explica uno de los paneles expuestos en la Plaza del Castillo sobre la figura de Hemingway.

Plaza del Castillo (bar Txoko, hotel Quintana, café bar Torino, hotel La Perla, Café Iruña, café Kutz, café Suizo), Paseo Sarasate (antiguo restaurante las Pocholas), Avenida San Ignacio (hotel Yoldi), calle Mercado (Casa Marceliano), el Mercado de Santo Domingo, calle Eslava, 5 (antigua pensión), Plaza de Toros, la antigua fábrica de botas las Tres Z.Z.Z en la calle Comedias... Tabernas y cafés donde bebió, donde disfrutó de la comida autóctona, de la alegría de sus gentes, del encierro y de las corridas. Hemingway vino a Sanfermin en 1923 por primera vez y en 1959 por última. Días antes de morir, llamó personalmente al Hotel La Perla para anular su reserva de ese año.

Pamplona significó mucho para el escritor y la ciudad se benefició a su vez de su mirada trangresora y la de las élites culturales de los años veinte y treinta con las que se relacionó. El escritor Edorta Jiménez y el periodista Javier Muñoz han conducido esta semana (continúan hasta el sábado) las visitas guiadas Recuperando a Hemingway, organizadas por el Ayuntamiento de Pamplona. ¿Por qué se fijaría en la pequeña Iruña en 1923?

Fue gracias a la influencia de Gertrud Stein, escritora norteamericana y mecenas, coleccionista de arte moderno, afincada en París, donde vivía junto a su pareja Alice B. Toklas. Dos mujeres valientes que creían en el amor por encima de convencionalismo y que supieron sobrevivir y hacerse respetar en esa época. La escritora navarra Miren Epalza destaca que fue una mujer tan “rompedora” como Gertrud quien animó a Hemingway a conocer Pamplona. “Ella estuvo en 1915 con su pareja Alice, vinieron de viaje y algo les llamó la atención”.

Ella fue mecenas de Picasso y Matisse, y sobre todo, de artistas y escritores jóvenes. Actuaba también como “consejera”. “Tenía muy claro cómo tenía que ser el arte y la literatura moderna y, su casa en París, será un punto de encuentro para todos los artísticas e intelectuales de la época”. “Una mujer que apuesta por todo lo que rompa con la tradición, empezando por ella, en su obra y en su vida porque vivía con su pareja. Hemingway relató que la pareja tenía los roles muy definidos Gertrud socializaba con los artistas y Alice daba conversación a sus parejas o amantes de los genios”. Las mujeres que acompañaron al escritor fueron de “talla y todas universitarias, lo que él no fue”. Su segunda mujer del autor de Fiesta fue la primera corresponsal de guerra.

el valor y el honorLa relación de Hemingway y los norteamericanos expatriados en el París de entreguerras la conoce bien Pedro Javier Pardo, profesor en Historia de la Universidad de Salamanca. A Hemingway le acompañarían después a Pamplona toda una generación de grandes escritores que marcaron el futuro de la literatura en el París de los años 1920 y 1930. Por ejemplo, Dos Passos quien conocía muy bien España. “A ellos les atraía mucho esa especie no tanto de barbarie sino de mayor simplicidad en las formas de vida. Un país mucho más pobre pero una humanidad y una forma de vida ya olvidadas. Hemingway buscaba una visión de la masculinidad entorno a la físico, al valor, al honor... Una búsqueda de sensaciones más auténticas y, a veces, implicando riesgo personal. Delinea con todo ello un tipo de personaje que lo fue en su vida. Ese combate con la muerte, enfrentarse a un toro, lo incorpora a ese mito entorno a un tipo de hombre y de valores. Se resume en esa mítica frase americana: ‘los hombres duros no lloran’”, analiza.

Vinieron a París como Dos Passos durante la I Guerra Mundial a conducir ambulancias no a combatir. “Tuvieron la experiencia de estar cerca del frente y de la dureza de la guerra. Aunque pudieron volver ocasionalmente a Estados Unidos decidieron quedarse en Europa por el ambiente tan represivo que se vivía en el continente americano”. Y deciden quedarse no sólo en París. Dos Passos de hecho viaja mucho por España. Eligen también París porque el cambio al dólar era muy favorable y pueden vivir con “mucho menos dinero” que en Nueva York.

Hemingway vino a París como conductor de ambulancias, volvió a Estados Unidos, se casó y luego regresó a París, primero como corresponsal del Toronto Star, un periódico canadiense, después se “concentra como escritor”. La experiencia que cuenta en Adiós a las armas, que le hace famoso después de Fiesta, es la experiencia de alguien que combate en la I Guerra Mundial, y tiene tintes autobiograficos,

El escritor también intimó con Pamplona. La profesora e historiadora Esther López Sobrado conoce al detalle la vida del que fue su gran amigo, el pintor santanderino Luis Quintanilla. “Quizá fuera la primera persona que le habló en profundidad a Hemingway de Pamplona y San Fermín. De hecho yo he llegado a Hemingway por Quintanilla porque eran muy buenos amigos. Quintanilla dice que cuando se conocieron en 1921 era un hombre interesado por los toros como él, y que seguía el pintoresco axioma de “Lagartijo” que decía “tú te pones allí, y o te quitas tú o te quita el toro”, el cual se convertiría en “el leitmotive de su vida”.

La amistad con Quintanilla es tan sincera que el premio Nobel lleva en 1934 unos grabados sobre el Madrid de los años 30 a una galería de Nueva York como forma de presionar y lograr que le excarcelen. Quintanilla fue un militante activo en la Guerra Civil, y recorrió el frente haciendo dibujos de la guerra por encargo del presidente Negrín. Hemingway admiraba a ese tipo de personas.

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