Carta a las olivas

Daniel Ezpeleta - Sábado, 9 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

“No los levantó la nada ni el dinero ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor, unidos al agua pura, a los planetas unidos, los tres dieron la hermosura de los troncos retorcidos”. Los que seguimos el rito de coger una a una las olivas entreveradas del árbol familiar, aunque los dedos de las manos se queden ateridos y agarrotados por el frío, las rajamos una a una para hacerlas machacás. Siguiendo el ritual, se meten en agua durante dos semanas, más o menos, cambiándolas de agua cada día hasta quitarles el amargor;después se les añade agua, sal, tomillo, romero, laurel, varios ajos y un poco de orégano: todo natural de la casa. Y a chuparse los dedos durante todo el año en el vermú y en las ensaladas. El resto se dejan para negras, que solo requieren estar envueltas en sal gorda en el balcón, al frío del invierno, hasta que se puedan comer. Estos rituales son mágicos y las olivas no saben lo mismo que las compradas, porque además recuerdas que cuando las coges una a una y las rajas una a una cantas cosas que te gustan, y tienen la alegría de saber que le estás quitando segundos a la vida con el fervor de las cosas simples y es como un rosario pagano visto desde la muerte hacia aquí, sin cura, sin púlpito y sin ropas negras de luto, en camiseta, sino hace demasiado frío, y con un vaso de vino o de vermú, quién sabe. Consuela también saber que de la aceituna se aprovecha todo como siempre, aunque los viejos dicen que ahora los modernos le llaman biomasa a lo que se llama huesillo, para cobrar más.