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Ballet

De la jota al bolero

Por Teobaldos - Domingo, 10 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

BALLET DE ANTONIO MÁRQUEZ

Intérpretes: Compañía de Antonio Márquez. Elena Miño, David Sánchez, Víctor Donoso y Almudena Roca al frente del reparto. Director y coreógrafo: Antonio Márquez. Programa: El sombrero de tres picos de Falla. El Bolero de Ravel. Programación: Fundación Gayarre. Lugar: sala principal de Baluarte. Fecha: 8 de diciembre de 2017. Público: lleno (25, 21, 8 euros).

dos obras fundamentales, cruciales, de la danza española: El Sombrero de tres picos de Falla y el Bolero de Ravel. Ambas de indudable riesgo para los coreógrafos: es muy difícil sobrevivir -coreográficamente hablando- a músicas tan poderosas. La compañía de Antonio Márquez no solamente sobrevive, sino que acierta en su planteamiento de mirar atrás sin ira, sin destruir la tradición, pero con una frescura y modernidad basadas en un baile impecable, disciplinado, rotundo en el acento, de pasos arriesgados, muy ceñido a lo español, pero con plantes, giros y elevaciones que le imprimen originalidad. Son dos coreografías en las que nunca sobra música. Las partituras quedan plenamente dibujadas. Es más, después de las innumerables lecturas coreúticas que se han hecho de ambas -muchas exóticas y algunas francamente geniales-, con las de Antonio Márquez da la sensación de que se vuelve a los orígenes, a la mente de los compositores. Por eso su estética encaja tan bien con la música.

Para El Sombrero elige Márquez la grabación completa, con soprano incluida, no las suites para orquesta que se suelen interpretar en concierto. En este sentido es muy honrado;se enfrenta a la pantomima y a los pasajes de ese humor seco de Falla, nada fácil de representar;y lo hace con una pantomima algo bailada, taconeada cuando aparece el corregidor-fagot, por ejemplo. Llegando al esplendor con las danzas propiamente dichas: Elena Miño hace el fandango de la danza de la Molinera con alegría, fuerza expresiva y revoleo de vueltas y brazos que atrapan la música. La farruca del molinero (David Sánchez), más violenta, contrasta con la anterior: el artista invitado la sirvió con un taconeo de fuerza, juncal en el cuerpo, impecable. Ambos solistas, que copan tiempo en escena, también se lucieron en los pasos a dos. Pero, lo bueno de la compañía es la respuesta, a la misma altura, del cuerpo de baile. Desde la siguidiya de la celebración de la fiesta de San Juan, hasta la extravertida y espectacular jota conclusiva de la obra, los bailarines demostraron un virtuosismo, un empaque y empaste magníficos. Cuadraban el acento con la música, y mostraron varios registros a la hora de mover la jota: desde la pose estática de brazos y cuerpos que marcan lo fundamental, hasta los giros y elevaciones que aupaban -y eran aupados- el tutti orquestal. El Bolero también es sorprendente por lo bien que van encajando los solos, dúos, grupos y todo el cuerpo de baile, en la tozuda repetición del tema. Soberbia la manera de incorporación de los bailarines con la luz. Bien vestido el conjunto en tonos rojizos. Y la vuelta a la raíz española de la música, que da cabida, sin problemas, al estilo aflamencado, al taconeo, a la subdivisión del ritmo machacón, que los bailarines alteran con acierto. El público, en pie, forzó al director a bailar una propina: hizo un zapateado desmigado, genial, en medio de un silencio sepulcral. Luego, la apoteosis.

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