Pobres en miedo

Ilia Galán - Domingo, 10 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

La extinción de los pobres es tarea que desde hace milenios parece imposible y sólo se ha logrado parcialmente en algunos países el pasado siglo. No se extinguieron eliminándolos físicamente, tal y como hizo el histórico Vlad III (Vlad Draculea, conocido como Vlad Tepes o el Empalador, alias: Drácula), invitándoles a un banquete en un edificio para quemarlo con ellos. Exterminó la pobreza y a los pobres mismos -más de tres mil-, en su horrenda tiranía extendida por Transilvania y otros parajes que todavía guardan sus gritos en las oscuras fisuras de la historia humana. Ceaucescu lo convirtió en héroe nacional, otro tirano amante de torturas y exterminios, como Stalin, también comunista, aunque lucharon contra la pobreza con medios más humanos y civilizados, repartiendo los bienes. El sistema económico de los países donde triunfaron las tesis de Marx y Engels no pudo sostenerse, aunque durante varias décadas pareció posible eliminar las grandes diferencias entre fortunas, si bien a veces repartiendo la miseria, haciendo de todos pobres, oficialmente sin ricos.

Algunos países nórdicos, como Suecia, consiguieron extender el estado del bienestar a todos y exterminar la pobreza dando un puesto digno en la sociedad a cada necesitado. Muchas regiones de Europa han visto en las últimas décadas la pobreza casi extinta, como algo extraordinario, antes de la crisis que todavía extiende su sombra sobre nuestros días.

Molesto es para muchos tener a un pobre en medio, pues manifiesta queda la injusticia de un mundo donde se derrocha demasiado y mantiene nuestra comodidad mientras otros apenas tienen para la subsistencia, pero esto es lo que ha hecho el actual papa, Francisco I.

Llama la atención lo poco que llamó la atención su llamada para convocar por vez primera una jornada mundial de la pobreza esta misma semana. Los pordioseros piden en las vías más concurridas y en la puerta de las iglesias cuando el culto comienza. Ahí reciben más monedas para calmar su miseria que en la puerta de los bancos, donde la gente esconde su dinero o lo saca para privados propósitos. Es llamativo. Pero nuestra sociedad materialista cada vez se aleja más de los ideales del Cristianismo.

Los indigentes eran los predilectos del Nazareno y los primeros cristianos contaron en su fraterna sociedad a muchos pobres y esclavos, con dignidad entre sus hermanos pues compartían, hijos de Dios todos. Lo mejor sería repartir el trabajo. Hoy, alicaído el marxismo, las disputas ideológicas giran más en torno a los sexos que sobre quienes de nuestro mundo excluidos quedan. Amar a la humanidad sin amar a los menesterosos y hacer algo por ellos es incoherente. Realmente, ¿yo qué aporto?