Y tiro porque me toca

Riesgos abstractos

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 10 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

esos han sido un motivo de condena a dos años de prisión para el grupo de jóvenes raperos salvajes. A este paso el rap español acabará teniendo como canción única el¡Venid y vamos todos...!, por completo desvirtuado de en qué consiste ese quejido que de las calles sale. Lo dijo uno de los condenados: solo expresaban con su rap la falta de futuro y el precario presente de una generación, y de una clase social, algo que se olvida. Riesgos abstractos... buena parte de los ciudadanos los suponemos en nuestras voces y silencios, porque somos potencialmente peligrosos, sospechosos de no comulgar con las ruedas de molino del sistema, sujetos a vigilancia. Entre unos y otros, yo al menos no tengo la menor idea de por qué han retirado la euroorden contra Puigdemont, de modo que me niego a opinar sobre un asunto cuyas trastiendas desconozco, porque me las ocultan, como tantas otras, porque es cada vez más el espacio que se hurta al conocimiento de los ciudadanos en beneficio de un secreto de Estado de hecho que acabará por rehuir el sistema legal... Claro, que por este mismo argumento debería callarme a diario cuando no hago otra cosa que responder a brote pronto a las descargas de jiña mediática que recibimos. Un aliviadero de purines del que te proteges como puedes. Cuando lees que la quiebra inminente de la seguridad social es algo perfectamente planificado, lo mismo que otros servicios públicos que se encuentran en franca decadencia, no te encoges de hombros, sino que metes la cabeza entre estos, acoquinado, porque ignoras y temes el próximo paso. No era esto en lo que habías pensado, otros habían pensado por ti, por encima de tu capacidad de decisión. Son otros los que manejan los hilos de las estructuras del país en el que vives y nada tiene eso que ver, o muy poco, con los votos expresados en las urnas. Cuando lees en El País, el periódico que fue de referencia en los años de la esperanza y del equívoco, que “El separatismo pasea su odio a España por las calles de Bruselas”, piensas que se ha ido muy lejos y que el camino de vuelta no puede ser más que represivo y violento. No son informaciones, son consignas. Las 45.000 personas concitan burlas, patrañas, un desprecio que es casi una característica nacional de enfrentar una realidad que no gusta, y una máscara del encono o del odio que es siempre cosa del otro. Conviene presentarse en escena como el odiado, la víctima y hurtar de ese modo la puesta en claro de los propios abusos y despropósitos, darles carta de naturaleza. El mal nacional ya no es la envidia, sino el odio cainita, el invisible: nunca se había hablado tanto de él. 45.000 personas... un riesgo algo más que abstracto. Que ese número de personas se desplace hasta Bruselas para manifestar su apoyo a un proceso de independencia, es ya un fenómeno que merece estudio, pero no, se rebaja su número de manera ridícula y se hace burla de sus intenciones reales. No sé, señores, pero a mí este país me gusta cada día menos, tal vez porque lo doy por irremediable, porque sospecho que las fuerzas que podían facilitar un cambio real se han agotado, por extenuación. Me guste mucho o poco, es en el que vivo de manera irremediable, como otros millones de personas que no sé si suponen o no un riesgo abstracto de nada o eso es un invento para justificar una mayor represión, un mayor ejercicio de una autoridad de clase, como la propia justicia que la sostiene. ¿Reforma de la Constitución? Ni modo. Es natural que los partidos «constitucionalistas» defiendan el régimen que los beneficia. ¿Quién se va a sentar a debatir sobre un cambio de régimen y de modelo territorial, un referéndum constitucional orientado hacia la III República o blindar los servicios públicos que ahora mismo se deshacen delante de nuestras narices? Nadie, o en solitario, y sobre todo fuera del Congreso, en algún escenario rapero, una placita con historia, en vías de gentrificación y justo antes de que lleguen los antidisturbios.