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Alegría

Por Javier Otazu Ojer - Domingo, 10 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

Cuando llegan épocas de crisis o de incertidumbre relacionadas con el futuro, es fácil notar a las personas más ansiosas. Hace varios años, en la época de inestabilidad cambiaría en Argentina, muchos de sus habitantes estaban de acuerdo en una idea: se estaba perdiendo alegría. ¿Está ocurriendo eso ahora? Los indicadores económicos dicen que la cosa está repuntando, pero, ¿ocurre lo mismo con la felicidad?

La alegría interna depende de muchos factores. Podemos distinguir las condiciones necesarias de las condiciones suficientes. Si no se cumplen las primeras, no hay felicidad posible. Si se cumplen las segundas, el camino principal está hecho, ya que nos llevan a las condiciones necesarias. Sin duda, hacer este tipo de valoraciones es atrevido, ya que de forma inevitable terminan siendo subjetivas.

Vamos a comenzar por la célebre trilogía formada por la salud, el dinero y el amor. ¿Es la salud necesaria para tener alegría? Viene muy bien, pero no siempre es necesaria. Todos conocemos personas enfermas, incluso con discapacidades altas, alegres, y otras que lo tienen todo y están tristes. Aunque la salud es lo primero, las personas tenemos una gran capacidad de adaptación a circunstancias adversas.

Para contestar a la cuestión relacionada con el dinero debemos hacer un esfuerzo que está olvidado: ¿qué es el dinero? ¿Son monedas, billetes, anotaciones contables en una cuenta bancaria o bitcoins? Definimos el dinero como cualquier unidad de intercambio (real o virtual) que permite a su propietario la capacidad de lograr un bien o servicio concreto en un momento determinado según sus deseos. Estas unidades de intercambios son múltiples;conforme más personas las acepten, más opciones para su dueño. Por ejemplo, si alguien tiene una cantidad enorme de una moneda social admitida únicamente en Bristol, sólo allí podrá hacer sus transacciones económicas deseadas. Para estar alegre, la única condición necesaria es tener una cantidad de dinero mínimo que permita cubrir nuestras necesidades básicas.

Respecto del amor, su definición es muy compleja. Todos lo vemos distinto. ¿Qué derechos y obligaciones genera? Sin duda, aquellas personas que disfrutan de su amor verdadero ya tienen una condición suficiente para ser felices. Sin embargo, en términos genéricos, existen personas sin compromiso muy felices, existen personas en pareja muy desgraciadas. Una cosa es lo que vemos en las parejas, otra cosa es la convivencia interna de puertas a dentro. Desde luego, no es cuestión de minimizar el impacto del amor. Las personas casadas tienen una esperanza de vida mayor, y en este sentido las estadísticas son irrefutables. Pero continuando con las estadísticas, pesa más tener una vida social rica que tener amor. Es difícil encontrar una persona alegre que se relacione con muy pocas personas. Lógico y normal: la alegría se comparte con los demás, y dentro de cada uno sirve para aportar entusiasmo y energía a las actividades que se realicen a lo largo del día.

La condición suficiente más importante para estar alegre y feliz es tener la sensación de hacerlo que debemos hacer. Cuando tomamos de forma continuada decisiones basándonos en el consenso social (esto es lo que hace todo el mundo) o nos encontramos en un círculo del que es complicado salir, la alegría disminuye y se difumina.

¿Existe posibilidad más para estar alegre?

Hay dos opciones. Primera, las personas que están encantadas con su rutina diaria, sea la que sea. Segunda y más importante: tener una esperanza fundada de que el futuro va a ser mejor. La palabra clave es esperanza. No ver perspectivas positivas hacia delante nos desanima y hace encallar. Tenerlas nos empuja y nos hace sacar energía de donde no la hay. Y nos alegra la vida. ¿Hay algo más hermoso que pensar en un futuro mejor para nosotros y todos los que nos rodean?

Esa es la razón por la cual muchos políticos populistas nos prometen un futuro mejor gobernando ellos, claro está. Pero luego ya sabemos lo que ocurre. Lo que pasa es que necesitamos creer. Vemos nuestra vida como ese cuento en el que después de muchas peripecias siempre llega el ansiado final feliz.

Martin Wolf, uno de los analistas más influyentes del mundo, está extrañado por una razón: las personas se rebelan contra los políticos, no contra el sistema económico. Bien mirado, tiene lógica. Antes, la política era un medio para buscar un mundo mejor. Ahora, parece un fin en sí mismo: un alto cargo garantiza influencia, prestigio y dinero independientemente de cómo sea el desempeño en el mismo. Y es fácil rebelarse contra personas que ocupan puestos concretos. ¿Cómo vamos a rebelarnos contra un sistema? ¿Dónde hacemos la manifestación?

En conclusión, es posible que la nueva economía digital y colaborativa nos esté haciendo perder algo de alegría. Pero al menos conocemos las fuentes de la misma. No es poco. Y respecto del sistema, necesitamos conocerlo para transformarlo.

Así, podremos vivir para cambiar el mundo. Aunque sepamos que no podemos hacerlo.

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela

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