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Republicanismo

Razones de convicción

Por Santiago Cervera - Domingo, 10 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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que nadie se agobie. Ni la Constitución ni el sistema de financiación autonómico se modificarán en los próximos años. Es imposible. Falta liderazgo político, faltan ideas, es inexistente la posibilidad de consensuar nada. Sobra postureo y ese empaque falsario con el que algunos impostan la voz al hablar de estas cosas, verbigracia el pasado día 6. La Constitución no se cambia por más que se monte una comisión parlamentaria, ni tampoco se reforma la financiación de la organización territorial del Estado por más que el ministerio de Hacienda abra consultas con los gobiernos autonómicos. Así que los nubarrones para el sistema foral de Navarra y el País Vasco no descargarán tormenta, otra cosa es que sigamos oyendo lo del privilegio. Decía la presidenta Uxue Barkos en su discurso del Día de Navarra que la defensa de nuestro modelo habrá de ser contundente ante la demagogia, y días antes Javier Esparza enfatizaba algo parecido, que los ataques al Convenio eran esencialmente injustos. Como constatación de actitud común no está mal, pero se echa en falta un mayor arraigo argumental. El abanico de razones que se han difundido desde Navarra en los últimos años para afirmar la probidad del sistema diferencial ha sido diverso, pero siempre había una apelación al mantenimiento del status quo por razones de encaje en los afanes del Estado. La idea que manejaba tradicionalmente UPN era la de que el Convenio era el pago a la lealtad con España. Es decir, que la Comunidad Foral ejemplificaba la posibilidad de ejercer máximas competencias -entre ellas las del ciclo fiscal, desde la imposición tributaria hasta la recaudación- sin menoscabo de su adhesión a un proyecto nacional. Era la Navarra unicornio, tan diferente a quienes hacían del ejercicio del autogobierno razón para la separación. Este racional basado en algo tan absurdo como en que la lealtad ha de pagarse mediante el cálculo de la aportación económica es el que imperó durante años, y tuvo su postrera contribución pecuniaria a la Hacienda foral en la resolución in extremis del marronazo del IVA de Volkswagen, momento en el que se puso a Montoro en la tesitura de pagar por lo que algunos decían ser como baluartes ante el nacionalismo. En efecto, la línea divisoria entre la lealtad y el mercenariado es a menudo difícil de entender.

El panorama ha cambiado. Quienes hoy gobiernan Navarra son aquellos a los que durante tanto tiempo se quiso conjurar apelando al foralismo mal entendido, el mismo foralismo que tenía en su frontispicio el espacio competencial y tributario navarro. Atrás quedaron, caídos, esos tótems que tan adorados fueron, efigies a la postre de cartón piedra. Entre ellos, el de que la Comunidad Foral podía ser un espacio de bonanza fiscal y económica al margen de los ciclos o las crisis globales. O aquel otro de la autosuficiencia paleta, esa manera de pontificar al orbe sobre lo bien que se hacen aquí las cosas y lo mucho de lo que podemos presumir. Hubo crisis y se tuvo que reajustar drásticamente el presupuesto, y con él el imaginario colectivo de la foralidad como causa de prosperidad. De manera que hoy ya no cabe atribuir a nada que no sea la gestión realista el que se puedan ofrecer mejoras en las políticas públicas y, de manera paralela, en el crecimiento económico. Por eso la defensa del modelo privativo ha de aterrizar en algo más que en el trípode argumental tradicional, eso de que es un sistema amparado constitucionalmente, basado en una historia fehaciente, y orientado a la solidaridad de Navarra con el Estado.

Todas las comunidades que recientemente se han quejado del modelo foral vasco y navarro tienen tramos tributarios cedidos, y teóricamente son partícipes de un esquema de incentivos a su gestión según el cual recaudarán más si hacen que la economía real prospere. Incluso se les permite aplicar desgravaciones de manera particular, como hizo La Rioja cuando las estableció para algo tan peregrino como la segunda vivienda. De manera que probablemente lo que molesta de los modelos forales no es tanto su supuesta insolidaridad, sino que se ejercen contando con ingredientes de experiencia política y administrativa carentes en otros territorios. Para acabar con la demagogia ya no cabe el discurso envolvente, hay que descarnar la realidad y avalar la diferencia igual que se avala lo diferente que puede ser la responsabilidad.

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