Los niños de Burlada que jugaban en el río

los antiguos relatan las costumbres de un pueblo donde había matadero, ‘manolas’, cine, lavanderas y procesiones a la trinidad

Un reportaje de Ana Ibarra
Fotografía Mikel Saiz

Martes, 12 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Presentación del video de Labrit Multimedia en la Casa de Cultura.

Presentación del video de Labrit Multimedia en la Casa de Cultura.

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Presentación del video de Labrit Multimedia en la Casa de Cultura.

Los antiguos de Burlada han tenido la oportunidad de conocer las historias que componen el patrimonio cultural inmaterial de su pueblo. Un vídeo resumen de 40 minutos elaborado por Labrit Multimedia con el testimonio de las vecinas y vecinos sobre las costumbres y modos de vida de la Burlada de principios del siglo XX, y el tránsito de una sociedad rural a una realidad mucho más urbana. El proyecto, promovido por el Ayuntamiento de Burlada en colaboración con la UPNA y Labrit Multimedia, fue presentado por el alcalde Txema Noval y la concejala Berta Arizkun.

La madre de Paquita le contaba cómo de joven le tocaba ir a lavar la ropa al río, al Arga. “En tiempos de mis padres, siendo yo niña, en la planta baja de la casa antigua se vendía carbón y leña, vino a granel porque teníamos bodega, y también leche fresca. La casa tenía una huerta, también se criaban cerdos y gallinas... En una de las habitaciones de la vivienda estaba la oficina de Correos que llevaban mis abuelos y mis padres, actividad que se dejó cuando yo tenía 14-15 años” destaca Francisca Gil Alzueta (1946). La vivienda familiar contaba con seis habitaciones y fue casa de huéspedes. En el segundo piso vivían otras dos familias, los Irigoyen (Txistorra) y los Egea: “Éramos como una sola familia”.

Juan Bautista Ilundáin Ayerra(1942) recuerda aquella Burlada más rural rodeada de campos. Se cultivaba trigo, cebada, remolacha y, en los primeros años, también garbanzo. Había un pastor que tenía su rebaño de ovejas y, en el resto de casas, tenían conejos, gallinas e incluso bueyes. Había un matadero en la orilla del río que hoy da nombre a una zona del parque.

María Eugenia Nagore Mezquiritz (1943) fue testigo del auge urbanístico de los sesenta. “Primero fue la chantreilla, después nuestras casas... en el 65 vivimos el mayor crecimiento”. “Vino mucha gente de Andalucía. Casi todos los domingos venían al Unzu autobuses enteros. Recuerdo que en la calle La Fuente en una casa tenía que dormir el abuelo con un colchón en la bañera. Vivían 14 en tres habitaciones. En aquellos años empezó el Burladés...”.

Sagrario Viscarret Aldasoro(1926) detalla la Burlada que pertenecía al Valle de Egüés. “Teníamos un alguacil que tocaba con una corneta para dar los avisos”, detalla. “Había dos guardas que yo conocí. Y el tercer hombre al que tenía miedo todo el mundo porque era un hombre alto, vivía en el Parque Uranga en una casa pequeña. Llevaba una vara...”. “En realidad daba el alto por tonterías. Porque estábamos nadando en una zona que no era de Burlada, a jóvenes que entraban a robar a la huerta del cura... algún borracho”.

Javier Zoroquian Villanueva(1932) y Luciano Garde Vidaurre (1930) dibujan en positivo la figura de Josefa, antigua lavandera, que hacía una labor “terrible en la iglesia porque a mis cuatro hijas las llevaba ella de la manica” o la de Francisco Ardanaz, antiguo alguacil, “un todo terreno” al que no le pagaban nada hasta que “vino un alcalde, Echarte”.

Juana María Goñi Uli(1966) pone en valor otros personajes en femenino: “Juana Lesaca quiso correr el encierro en los años 20 y la sacaron del recorrido. Fue con otra amiga a correr, las pillaron y las fuerzas de seguridad las echaron de malas maneras. Fue todo un símbolo del feminismo en una sociedad rural, cerrada y muy religiosa”, asegura.

José Miguel Egea Noáin(1950) cuenta que menos la hermana mayor y la pequeña todos los hermanos nacieron en casa. “La tía Gala asistía a todos los nacimientos. Cuando nació el hermano que me sigue, y yo tendría cinco años, nos mandó a todos a Villava a casa de la tía Juana para que no viéramos nada... Cuando volvíamos ya había nacido”.

El pintor Javier Viscarret Aldasoro(1929) conoció la escuela que se construyó al lado de la iglesia y entre las casas de Uli y Alonso y de la que fue la primera formación. “De ahí pasé a los Maristas. Recuerdo que había maestra para chicas y maestro para los chicos en dos aulas. Fulgencio Sánchez era el profesor. Nos daban cultura general, aprender a sumar y restar, lo básico... También le gustaba hablar de perspectiva porque tenía sensibilidad para el arte”, relata de quienes fue un referente.

Jenaro Uli Yabar (1934) se acuerda perfectamente de las tradiciones religiosas y de las romerías a la Trinidad de Arre. “Se pasaba la mañana y daban chocolate para los más pequeños. Solía ser por mayo. También iban los de Badostáin”, explica. “A casa Motza de Villava se iba otra mañana, y a San Urbano también se iba a adorar el 25 de mayo a Villava para la reuma. El 22 de mayo venían de Villava a Burlada, a la reliquia de Santa Quitería, para proteger de la rabia porque no se vacunaba a los perros. Por San Pedro mártir se hacían rogativas en abril, y por San Isidro la costumbre era bendecir los campos el día de Pascua. Mi madre le echaba cera después...”. En Burlada había una cofradía de San Salvador de la que su padre era el prior.

Sagrario Sagüés Arbilla (1929) abunda que por Semana Santa se iba de iglesia en iglesia. “No por rezar sino porque lo pasabas bien. Ibas a la misa mayor y, a la salida, nos liábamos por todos los conventos para hacer la visita hasta la Trinidad pero era un día de juerga. “Y a la tarde había que ir a la Hora Santa y besar un crucifijo de rodillas.... para la procesión de Viernes Santo se subía a Pamplona. También habían los oficios con las carracas antes de Semana Santa...”.

José Luis Arraiza Albeniz (1918) aporta que el cine Eslava “lo organizaron los curas. Y yo cuando dejé de trabajar de viajante me hice contable del cine. Poco sueldo pero buena vida”. Había una función todas las tardes, y los domingos sesión infantil y de noche. La entrada, tres pesetas, y “aquí venía el cine malo, aunque el gerente iba a Bilbao para una película buena que había, dos no había por donde cogerlas”.

Javier Cirauqui Armendáriz (1948) fue uno de los cofundadores de la asociaciónLa Juventud Inquieta. “Hicimos un txoko en la iglesia de San Juan y hacíamos teatro, formamos un coro, se creó el festival de villancicos y hasta cine-forum... teatro, grupo de baile. Nacieron los Scout, Cruz Roja, y el local del cine fue el embrión de la peña Euskal Herria. También se formó la peña San Juan”, destaca.

Los domingos se hacían veladas (comedias), agrega Maritxu Guerendiáin Pabollet (1931). “En algún local libre o en mi casa donde había una bodega grande. Se cobraba algo por entrada y, con aquel dinero, las Hijas de María de la parroquia como empezó a venir mucha gente del sur con una posición económica mala ayudaba a esas familias”.

José María Jaurrieta Ariztizabal (1946) guarda a su vez muy buenos recuerdos de los ratos que pasaban de críos en el río. “Era el mayor divertimento. Nos gustaba quitarle la barca a Mañueta que se dedicaba a pescar y vendía barbos y alguna trucha, anguilas... A la noche, echar cuerdas con anzuelo por si caía algún barbo, y nadar y jugar con barcas de juncos. Lo pasábamos muy bien, éramos muy felices”.

A María Victoria Iriarte Aristu (1937) le daba miedo por Carnavales las calabazas colocadas con una vela en medio del camino entre la Venta y el pueblo. “En fiestas venían todos los primos, Francisco nos había puesto el kiosko, y las vísperas eran muy bonitas, los preparativos. Luego el pasacalles por la mañana... un año salimos todas las chicas con los músicos a pasar la rondalla. También salíamos a bailar. Había tres bailes, en las Eras o en la calle Mayor donde el Unzu”, rememora nostálgica.

Piedad y Blanca Unzu Ibero (1943) recuerdan que en fiestas “venían los toreros, las manolas y la música a nuestro patio, después hasta la plaza iban en procesión”. “Los toreros iban los últimos, se vestían en nuestra casa. Las chicas se hacían vestidos pomposos porque ha-bía una modista muy famosa que les cosía a medida, y llevaban peinetas. También el circo ambulante se colocaba aquí en la plaza. Tenían un carromato con chimenea, traían la cabra... y los payasos”. Y actuaban en el bar comediantes ambulantes “de la postguerra”. “Mi padre les dejaba un rincón del bar donde ponían el escenario. Había un matrimonio de Ma-drid todos los años... la señora con vestidos de encaje, claveles rojos y toda pintada, y él con traje negro y pajarita... y cantaban. También había prestidigitadores...”, evoca Piedad.