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Mar de fondo

Tocando los dígrafos

Por Xabi Larrañaga - Sábado, 16 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

Mohamed Chukri citaba en Zoco Chico una callejuela tangerina llamada Uahed, Uno en su árabe dialectal. ¿Y por qué? Porque es tan estrecha que solo cabe pasar por ella de uno en uno. Toda una decisión ideológica. Recuerdo esta simple historia cuando sigo la complicadísima Historia de mi país, ese que en sus extremos se altera porque Chantrea es Txantrea o viceversa, ese que sin quitarse el buzo de albañil, la bata de médico y el traje de político debate con furia sobre un asunto que debería ser solo caspa de lingüistas. Aquí no: aquí uno entra al baño del after y la peña se mete rayas sobre el diccionario etimológico de Corominas. ¡Tú ese fonema no me lo dices a la cara!

¿Se imaginan a filólogos banderizados por la idoneidad de la cesárea entre adolescentes? ¿Los invitarían a una comisión vecinal, gubernamental u opositora para aceptar su criterio sobre la altura de las farolas? Pues este fenómeno invasivo, intruso y termitero, siempre sectario, es aquí común. Se le encarga a la Real Academia un estudio toponímico;se le otorga la autoridad de determinar la denominación correcta de un sitio;se aprueba una ley que establece que lo que aquella dicte será atendido y elevado a rango oficial. Y, cuando se cumple, el guasap del calderete se enzarza por una sibilante africada palatal. O algo así.

Por supuesto, no hay que ser Noam Chomsky para juzgar la política lingüística. Para opinar sobre onomástica geográfica, quizás sí. Claro que parezco nuevo: por estos pagos nada es posible sin que la política lo preceda o persiga, lo penetre y contamine, lo envilezca y gangrene. Calle Uahed, qué envidia. Vale, pero… ¿karrika o kalea?

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