Y tiro porque me toca

¿A quién creer?

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 17 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

El trágico incidente de Zaragoza, con resultado de muerte, ha levantado una oleada de furias patrióticas: los tirantes con la bandera de España, todo un símbolo... de patriotismo no, de la sinrazón, de una especie de demencia colectiva que ha atacado a quien se ha dejado: un hombre ha sido agredido por llevar unos tirantes con la bandera rojigualda y ha muerto por ello. Punto. Con eso basta para armar una tremolina y hacer de la víctima un mártir de la patria amenazada por el odio antiespañol. Si no hay odio de por medio, la historia no funciona. Si solo se trataba de una sañuda pelea de bar, de madrugada, por mucho que el resultado fuese fatal y fortuito el homicidio, el asunto no tiene excesivo interés mediático. ¡Asesinato! ¡Delito de odio! Acabas por suspender el juicio, falto de elementos reales en los que fundarlo, y acoquinado por el hecho de que algo así termine con la muerte de un ciudadano, sea este quien sea.

Los hechos han servido para volver sobre los que motivaron el juicio y las actuaciones en las que fue condenado Rodrigo Lanza hace años por dejar tetrapléjico a un agente de policía, algo que el autor según sentencia siempre negó. Ahora está claro, todas las versiones que apuntaban a un montaje policial eran falsas, injurias y calumnias a los uniformados, los políticos de turno y la magistratura. La prueba: los tirantes y sus consecuencias. Alguien que es capaz de matar a otro por llevar unos tirantes con la bandera de España, es capaz de todo. Hay quien pide arrenuncios públicos a los que apoyaron la película Ciutat Morta, poco menos que vestidos con el sambenito y tocados con el capirote de los relajados. De Rodrigo Lanza no es necesario hablar porque ya cumple una nueva condena, antes incluso de haber pasado por el juez instructor, lo que ya es de traca. El jurado ha estado formado por el vocerío del pueblo soberano ayuntado en redes sociales y por un copioso tribunal formado por columnistas de prensa y opinadores profesionales en toda clase de medios de comunicación, en base a un atestado policial que es del dominio público. Hasta la autopsia le acusa porque el forense no se limita a determinar las causas de la muerte, sino que señala al autor, algo asombroso.

Dudo de que alguna vez lleguemos a enterarnos de lo que de verdad sucedió aquella noche en la que se encontraron de manera fatal Rodrigo Lanza y Víctor Laínez. Las biografías de ambos han circulado por las redes, adornadas y sin adornar, y la del primero ha servido para sentenciarlo y condenarlo antes de ser oído. Es para echarse a temblar de lo que puede llegar a pasar en este país. Si es posible que por unos tirantes con la bandera de España acaben dos ciudadanos a golpes y muera uno de ellos, es que el tejido social está de verdad gangrenado. Y no ha habido mejor prueba de lo que digo que la tremebunda respuesta que han tenido los hechos en las redes sociales: a mordiscos. No se pide justicia, se pide que el homicida y los suyos vayan a morir al palo en un auto de fe patriótico.

La crisis generalizada es la de la credibilidad: no la tienen los profesionales de la política, salvo aquellos que son tus abanderados, tus gurús, los que te representan y a quienes no ves porque tienes los ojos vendados;no la tiene la magistratura, salvo que te dé la razón;no la tienen los uniformados, salvo que golpeen y maltraten a tus enemigos... a la sanidad la temes, a la letra pequeña de tus dependencias contractuales lo mismo;a qué seguir.

¿A quién creer? Pues se diga lo que se diga, como hasta ahora: cada uno a los de su trinchera, donde las consignas funcionan como verdad revelada. La sospecha está en el aire, flotando sobre la cabeza de nuestro enemigo y para siempre, sea al final la que sea la resolución judicial. Y sobre todo, te faltan elementos de juicio no suministrados desde luego por una información podrida y manipuladora.

Decir que estaremos a lo que diga el juez, es una forma de evitar reflexionar sobre el asunto de fondo: el odio, la violencia, la intolerancia... ¿De quién a quién? De los marginales, los antisistema, hacia la gente de orden y por tanto de bien que, por el hecho de serlo, queda exenta de poseer y alimentar con bocados finos esa pasión devoradora.