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Republicanismo

Las encuestas también votan

Por Santiago Cervera - Domingo, 17 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Son las elecciones más anómalas de la historia reciente de Europa. Convocadas por quien se había adjudicado la competencia para hacerlo quince minutos antes, y en una actitud de patadón a seguir. Con candidatos en la cárcel o en el extranjero. Asignando todavía los escaños mediante una ley electoral que nadie ha ajustado a los cambios demográficos. Y para coronarlo, un jueves prenavideño en el que ya no hay clases pero es día laboral. Todo es propio del desvarío de los últimos años, y la muestra de lo poco útil que ha sido la política en relación con el problema catalán. La campaña electoral transcurre frenética pero no interesante. Hace tiempo que nadie afirma tener un programa electoral con el que crear un contrato con los electores, para qué. De lo que se trata es de defender una posición táctica con dos únicos componentes: escurrir el bulto sobre lo sucedido y no capar las posibilidades especulativas de los escaños que se obtengan. Incluso los que saben que van a menguar representación afirman su valor clamando que serán necesarios. Quien aún creyera que las campañas están para que el ciudadano escrute lo que se ofrece y valore en qué manera afecta a su vida, que acuda a ser visto por su médico. Ya todo es utilizar el rabillo del ojo para que nadie se te cuele en el espacio, grande o pequeño, que crees te pertenece.

Quien aún creyera que las campañas están para que el ciudadano escrute lo que se le ofrece y valore en qué medida le afecta, que acuda al médico

Si ínfima es la veta magra de esta tajada electoral, no menos insana resulta la proliferación de encuestas que afirman anticipar los resultados que veremos el jueves. Nunca se han publicado tantas. Nunca con tanto descaro. Esto de las encuestas ya ni siquiera constituye un reclamo para vender ejemplares por los medios que las publican, ya son otra cosa. Atrás quedó aquel tiempo en el que una buena encuesta de Metroscopia para El País suponía tres día seguidos de análisis preciso en sus páginas. Hoy este negocio, desde la perspectiva de los medios, ya sólo aspira a captar la atención un par de horas, y a ver si nos lo retuitean un rato. Pero al margen incluso de su futilidad, lo de las encuestas está adquiriendo ya un carácter de escándalo político, otro más de esos que muchos conocen y nadie quiere afrontar. La mayoría de las encuestas que se han publicado estos días no tienen siquiera trabajo de campo, no se hacen entrevistas porque son muy caras de contratar, y no hay periódico que pueda permitirse un dispendio así con nulo retorno en ventas de ejemplares. Además, las metodologías son propias del siglo pasado, como si no hubiera maneras mucho más precisas de conocer la voluntad de los votantes que ponerse a preguntar. La demostración de que casi todo es un engaño se ha evidenciado elección tras elección, cuando se acredita la completa disparidad entre lo pronosticado y lo que cristaliza en escaños. Pero se ha perdido la vergüenza también en esto, y los sondeos proliferan con toda impudicia. Alguno de ellos ha llegado a afirmar que hay un 20% de indecisos en Cataluña, aberrante contradicción al sentido común y a la patente realidad. El caso es mantener una expectativa para mantener así un negocio.

No es un asunto banal para la práctica democrática. Las encuestas que se están publicando inducen decisiones de voto, y son mejores vehículos de seducción que la cartelería o los mítines. Por ejemplo, cuando se presenta la pugna por la supremacía en el espacio independentista entre ERC y JxC, lo que se condiciona es un juego táctico entre ambos para mostrar ante el electorado de referencia si es más recompensable estar en la cárcel o en el exilio, o quién debiera ser investido en las actuales circunstancias. Todo menos avalar un proyecto de país. En la otra orilla, el que las encuestas encaramen a Cs y entierren al PP hará que muchos votantes acudan a auxiliar al ganador, y aceleren el cumplimiento de la profecía. Todas las campañas son ejercicios tácticos, y éstos se desarrollan con la música militar de unas encuestas que son sólo números espolvoreados en un gabinete. Esas sí son las auténticas fake news, las noticias falsas inventadas para condicionar comicios. El otro día Cospedal eructaba la ocurrencia de crear una comisión parlamentaria entre editores de medios y políticos para combatir las fake news, y esta semana Soraya anunciaba la creación de un organismo de inteligencia con la misma finalidad. Ignorantes ambas, las tienen delante y no se enteran.