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Cataluña: hora de convivir. Por una alianza en clave popular

Por José R. Loayssa Lara e Irene Otal Larequi - Martes, 19 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

el 27 de octubre la declaración no materializada de la República Catalana por parte del Parlament de Catalunya desató una fuerte ola represiva bajo las órdenes del Gobierno y partidos que lo sostienen -PP, PSOE y Cs- desencadenándose un importante desconcierto en el seno del movimiento soberanista. Asistimos así a una represión estatal cuya expresión más manifiestamente visible pasó por el encarcelamiento de los líderes de las principales organizaciones civiles catalanistas y el procesamiento del gobierno de la Generalitat y la Mesa del Parlament, lo que condujo a prisión o al exilio a una parte importante de aquel, con el resto en libertad bajo fianza.

Este es el contexto bajo el cual se van a celebrar las decisivas elecciones del 21-D. Su importancia política es enorme e incuestionable, constituyéndose como una clara ocasión dirigida a su-perar el impasse consecuencia de esa precipitada declaración de la República Catalana. Sin ánimo de cuestionar la legalidad de la misma - algo que consideramos un aspecto en todo caso secundario -, sí vimos con preocupación cómo el hecho de no haber sido capaces de contar con el apoyo social deseable impidió articular la suficiente correlación de fuerzas que hubiera permitido “armar” una sólida posición de cara a enfrentar la reacción que ya se adivinaba del Estado.

No asumimos aceptable mostrar indiferencia ante estas elecciones por parte de quienes estamos por la transformación social y por una democracia real que incluya el derecho a decidir y la apertura de procesos constituyentes no sólo en Catalunya sino también en el resto del Estado. Como miembros de Podemos, instamos a la dirección de nuestro partido y a En Común Podem a posicionarse con claridad y a defender que no cabe equidistancia política posible entre las que niegan derechos democráticos amparándose en una Constitución cuya legitimidad está cada día más cuestionada y las que, aunque de forma criticable, intentan ejercerlos.

Compartimos la convicción de que precisamente la defensa del derecho a decidir, el rechazo al artículo 155 y la firme apuesta por una plurinacionalidad real dentro del Estado Español constituyen aportaciones muy positivas atribuibles a un Podemos que, además y por ello, ha tenido que sufrir enormes ataques y presiones por parte de la mayoría del resto de fuerzas. Por ello defendemos que ésta sigue siendo la línea oportuna a seguir y que no cabe en ningún caso aceptar una reforma meramente cosmética y limitada de la Constitución sin un correlativo y amplio debate social acerca de todo su contenido. El inicio de nuevos procesos constituyentes instados desde abajo, que pongan en el centro del debate qué modelo social, económico y político queremos y en el cual todas las opciones democráticas sean susceptibles de ser tomadas en consideración e impulsadas;procesos que deriven en la articulación de poderes constituidos capaces de garantizar y priorizar los derechos sociales y la dignidad de las personas por encima de otro interés.

Por otro lado, tampoco creemos que la vía de condicionar las decisiones de las diferentes nacionalidades sea la adecuada, sino que, más bien, consideramos que las mismas deben ser tratadas de igual a igual, desde un plano de horizontalidad, sin pretender ninguna subordinación a las otras realidades nacionales - incluyendo la española -y sin requerirse de forma imperativa la aprobación del resto para ejercitar el derecho a decidir de una determinada población en el seno de su territorio. Y aunque de entrada no nos postulemos a favor de esta opción - pues nuestra apuesta se centra más en el nacimiento de una confederación capaz de respetar los derechos nacionales manteniendo estrechos lazos de cooperación y solidaridad - sí interpretaríamos legítima

una decisión de constitución de un Estado propio siempre que sea lo que derive de la voluntad popular en ejercicio de su libre derecho a decidir.

Si bien es cierto que en el contexto del 21-D apoyamos En Comú Podem -espacio en el que concurren muchas personas que comparten los planteamientos que aquí plasmamos- ello no resulta óbice para mostrar paralelamente cierta simpatía hacia otro tipo de fuerzas, como la CUP, en tanto compartimos propuestas en ámbitos como la política económica y social. No cabe obviar lo positivo que subyace al hecho de que esta organización avance hacia el abandono de su “estrategia de alianza” con la derecha catalana y se abra, alternativamente, hacia plataformas soberanistas y de izquierda que incluyen opciones tanto independentistas como no independentistas. Creemos firmemente que si ésta es la nueva vía sobre la que deciden ahondar -claramente más amplia y transversal- las posibilidades de colaboración irremediablemente habrán de aumentar exponencialmente.

Lo que ocurra tras el 21-D es una incógnita difícil de despejar, y las encuestas claramente “cocinadas” a medida pocas conclusiones fiables nos arrojan. Pero al margen de los resultados que se obtengan, sí podemos adelantar que nuestra posición pasa por considerar absolutamente inviable defender ninguna la alternativa de Gobierno que incluya a los partidos del 155 -mal denominados “constitucionalistas”- o a la derecha catalana -PdCAT-, siendo la CUP y ERC las únicas opciones en clave de alianza posibles. En caso contrario, si ello no fuera posible o no se contara con la voluntad política suficiente como para llevarlo a cabo, mantenerse en la oposición se convertiría en la opción preferible, trabajando al mismo tiempo por diseñar, levantar y consolidar una alternativa de futuro.Los autores son miembros de Ahora Navarra- Orain Mugituz, corriente de Podemos

las claves

si se callase el ruido, escucharíamos en la otra parte cosas interesantes que rescatar. Desgraciadamente el debate político tiende al exceso, precisamente por eso, merece la pena hacer el intento de acampar en el mundo de los matices, aunque recibir un estacazo esté asegurado. Especialmente cuando nos acercamos al asunto de Cataluña. Existe una frágil conciencia del valor de la convivencia plural y, en una sociedad compleja como la nuestra, debería tener algo más de importancia ya que tendría que considerarse como una cuestión de principio, algo prepolítico. En asuntos nacionales o religiosos por ejemplo, cuando nos jugamos la convivencia, aplicar sólo la regla de la mayoría suele posponer la solución del problema de fondo. Porque este no está determinado por quién gana la batalla, sino por la calidad de nuestra convivencia que necesariamente tiene que ser capaz de integrar y asegurar el respeto entre todos los sentimientos identitarios que se expresan con nitidez.

Por eso creo que el problema de Cataluña no sólo es con la España exterior sino especialmente con la España interior. En el pulso poco se ha hablado de cómo se iba a asegurar la convivencia, de cómo se iba a integrar la voluntad de la otra parte.

Y parece claro, así mismo, que merece la pena romper la idea dogmática de que la Constitución del 78 es intocable. La rigidez en estos asuntos suele enconar todavía más el problema, porque el deseo expresado por buena parte de la ciudadanía catalana no desaparecerá en el corto plazo. Fiarlo todo a unas elecciones o al valor de la ley no sólo es de una ingenuidad tremenda, sino que es sobre todo de una inconsciencia evidente. Así que entre dos victorias enfrentadas, sólo queda poner en valor el pacto entre diferentes. Un pacto que suele ser más creativo, más valiente y más provechoso que la inercia de enfrentamiento en la que se ha estado instalado.

Necesitamos la osadía del encuentro y el acuerdo, frente la confrontación. Y en el futuro se deberá trabajar por un pacto que satisfaga a la Cataluña plural, en un escenario en el que una consulta entre el sí y el no, sea cual sea la pregunta, no aborda el problema de fondo;el encaje de la pluralidad identitaria en la sociedad del futuro. Buscar esa fórmula que pueda unir voluntades, hoy enfrentadas, es el mejor ejercicio que podemos hacer porque aseguraría la cohesión social, facilitaría bajar los decibelios y ayudaría a que el desprecio al otro deje de ser la principal arma política.

Incluso después del choque siempre hay espacio para el acuerdo sobre todo porque, como hemos visto, la polarización ha premiado sistemáticamente a las partes más intransigentes de ambas lealtades nacionales y eso, sin duda, es un mal comienzo para cualquier proyecto político que se pretenda construir. Ni el sí, ni el no, serán capaces por si solos de formular una propuesta que abarque a una mayoría social amplia. Y lo que es básico, necesitamos entender que la política no puede ser autoafirmativa todo el tiempo, la política para ser útil tiene que tener opción para el consenso. Hemos llegado al momento en el que tenemos la certeza de que han empatado, que nadie ha ganado, no hay una parte con suficiente fuerza como para imponer sus condiciones a la otra, por eso ante este bloqueo es preferible que aparezca una cultura organizativa pluralista, es necesario que alguien lidere lo que Ortega llamaba “otro espíritu de época”. El principio de legalidad no ha sometido al hecho independentista ni siquiera a base de porrazos, ni este ha sabido ser convincente para la otra parte, sobre todo por el continuo desprecio a la pluralidad interna. Y una de las claves es que ambos se vuelvan algo más “laicos” en las propuestas. Unos deben dejar de sacralizar la unidad indisoluble de la nación española y otros deben dejar de tratar como un absoluto, y remedio mágico para todo, la independencia.

Ante un momento de cierta conmoción política, la tarea de unir e integrar pide una visión de la sociedad lúcida, que salga de la endogamia política, que sepa intuir hacia donde no se debe ir. En una sociedad moderna, en la que el pluralismo está asentado y es un bien, creo que tiene más valor garantizar la convivencia que promocionar continuamente el pulso. Y decir esto no oculta que son necesarios algunos cambios, tanto legislativos como de mentalidad, en la parte del Gobierno central. El derecho de salida tiene que estar reconocido pero sobre todo tiene que estar regulado, a mi juicio, en base al espíritu canadiense.

Dicho esto siempre he creído que es necesario pactar para decidir bien, es decir, que es mejor para la sociedad, para su calidad, sus gentes, su complejidad, llegar a un acuerdo de convivencia lo más amplio posible y someter ese acuerdo a la voluntad popular.

Tender al acuerdo, aun en un momento en el que todo el mundo chilla en la misma dirección, es en el fondo más realista que un choque de trenes. Porque de los inquisidores, de los guardianes de las esencias, de quienes te dan y te quitan el carnet de autenticidad pocas veces ha venido algo interesante que no sea la bronca permanente y el desprecio al otro. La supuesta naturaleza impositiva de España no existió en épocas pasadas, en las que se llegaron a acuerdos satisfactorios en la cuestión de la autonomía catalana, por ejemplo, en 1932 y en 1978. Hay precedentes de acuerdo, sólo hace falta que ese tipo de liderazgos afloren entre el ruido y las ruinas. El autor es responsable de comunicación de CCOO