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la carta del día

Bertsolarismo para neófitos

Por Eneko Gómez Mariñelarena - Miércoles, 20 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

El pasado domingo fui uno de los 14.600 afortunados que presenciaron en vivo el Bertsolari Txapelketa Nagusia. Aunque fuimos unos cuantos los que estuvimos, creo que pocos lo hicieron en las mismas condiciones que yo.

Después de varios años intentando aprender euskera sin demasiado éxito por mi parte, y de abandonar momentáneamente la idea hace algún tiempo, este año decidí apuntarme a un euskaltegi de AEK. Pensaba que un método nuevo, una mayor inmersión lingüística, era lo que necesitaba para adquirir un mayor compromiso con el idioma. Y creo que la decisión fue acertada.

Como parte del programa educativo, en estos tres escasos meses que llevamos de curso, hemos gozado también de la oferta cultural que se ofrece en Pamplona en euskera;exposiciones, cine, teatro, y, cómo no, bertsolarismo.

Siempre me ha parecido interesante esta disciplina, aún cuando no entendía ni una sola palabra de lo que decían. Siempre me ha resultado atractivo el uso de la palabra en las distintas expresiones de la cultura más popular como el cine, la literatura o la música, cantada, me refiero. Mis cantantes y bandas preferidas son mayoritariamente españolas y británicas, y aunque entiendo y sé expresarme en inglés, hay veces que me pierdo en juegos de palabras que dicen mucho más que lo que las propias palabras significan. Lo mismo me pasa, y en mayor medida, cuando escucho a los bertsolaris, que rizan el rizo en torno a la palabra en euskera. No me sucede así con el castellano, que es mi lengua materna y que me siento muy afortunado de conocer y dominar. Una pena que no haya algo parecido al bertsolarismo en castellano.

Después de ver el documental Bertsolarisobre el campeonato de 2009, por recomendación de Maider, nuestra irakasle en el euskaltegi, me prometí que yo tenía que vivir un momento como aquel, una final del Campeonato de Euskalerria de bertsolaris. Iluso de mí, no sabía ni que la final era cada cuatro años, ni que la siguiente era este mismo diciembre, ni mucho menos que hacía meses que las entradas estaban agotadas. Pero por una de esas cosas del azar, un compañero de clase tenía una entrada que no podía aprovechar, y yo tenía claro que ese tren no lo iba a dejar pasar.

Así que me planté en Bilbao, con mi euskera precario, subiéndome al carro de un grupo de una docena de profesores y exalumnos de mi euskaltegi al que apenas conocía más allá de mi profesora, a ver una final a la que muchos euskaldunes se habían quedado sin poder ir, con el reparo lógico de alguien que no entiende del todo el idioma y que tiene muchas dificultades para expresarse como quisiera. En Bilbao, como tantas otras veces que he estado, pero con la sensación de estar en un lugar extraño en el que escuchas mucho y hablas poco para no meter la pata.

Por suerte, me fui hasta allí para escuchar mucho, para admirar cómo se puede jugar con las palabras de una lengua que ha tenido que reivindicarse siempre para ocupar su sitio.

No entendía todos los bertsos, a quién voy a engañar. Pero por encima del idioma, muy por encima de él, flotaba en el ambiente algo que traspasa las fronteras de los pueblos y que entendía perfectamente, el sentimiento, sentimiento hacia una lengua que, como navarro, me pertenece por derecho propio.

Fueron muchas horas las que nos pasamos escuchando cómo los bertsolaris se adornaban con las letras y con su imaginación para regalarnos sus bertsos y hacernos reír o emocionarnos a su voluntad. Muchas horas que a mí se me pasaron en un momento, o mejor dicho, un momentazo.

Lo de menos para mí era quién ganara el concurso, así que me alegro de que lo hiciera la mejor.

De vuelta a casa me lamentaba por mi pobre euskera que no me permitió entender todo lo que quisiera, pero con la ilusión de volver allí dentro de 4 años para, entonces sí, no perderme ni una sola sílaba.

Y me preguntaba también cómo es posible que haya quienes por voluntad quieren perderse un espectáculo como el que viví yo este domingo en torno a la máxima expresión de la cultura de nuestra tierra, su lengua.

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