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Pespunte

El completo desastre de Rajoy

Por Víctor Goñi - Viernes, 22 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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Rajoy primero de España y séptimo de Catalunya. El gran derrotado de unas elecciones que impuso por el artículo 155 y han relegado a su partido al último puesto en el Parlament, conservando a muy duras penas tres de los once escaños que recabó en 2015. Al cataclismo del PP se le añaden dos catástrofes todavía mayores e imputables en primera persona al propio Rajoy. En el orden partidario, la eclosión de Ciudadanos como el referente indiscutible de la españolidad en Catalunya, difuminando al PP hasta el extremo de que Arrimadas ha ganado las elecciones y la sigla naranja crece en parlamentarios casi un 50%, de 25 hasta 37. Y desde la perspectiva política, la confirmación de la mayoría independentista entre JxCat, ERC y la CUP, entente que durante todo el recuento nunca perdió el suelo de los 70 escaños y a la que en la reivindicación del derecho a decidir en consulta legal se le agregan los ocho de los Comunes.

La hecatombe intransferible de Rajoy se completa con su peor pesadilla: el regreso de Puigdemont con la democrática pretensión de someterse a la investidura para la que le han legitimado los votos en un sistema parlamentario donde los presidentes se deciden en sufragio mayoritario. El molt honorable en el exilio, cuya figura institucional resulta clave para entender el resultado del 21-D, volverá y pondrá al Estado de Derecho en la tesitura de encarcelar a quien debe dirigir los designios de la comunidad que representa la quinta parte del PIB español y fue intervenida mediante la disolución tanto del Govern como del Parlament. Los comicios de ayer demuestran de forma fehaciente que la autonomía puede suspenderse, pero no así a los ciudadanos y menos a los electores.

A la elocuente vista de las dimensiones del fiasco de la estrategia del Ejecutivo central, jaleado por los medios de comunicación más renombrados de la villa y corte, cabe preguntarse si Rajoy va a insistir en el error múltiple. Para empezar, el soslayo de las reclamaciones de mayor autogobierno para Catalunya, que convirtió en ofensa al recurrir el Estatut aprobado en el Parlament, incluyendo una recogida de firmas por todo el territorio nacional perpetrando el enfrentamiento entre territorios. Y para continuar la renuncia a las vías políticas, a la negociación con vocación inclusiva, recurriendo a la Policía y a la Fiscalía para agravar el palmario conflicto, entendido como una colisión de identidades a encauzar mediante el diálogo resolutivo con la ratificación en las urnas de los eventuales acuerdos. En sentido estrictamente opuesto al procesamiento de líderes políticos y sociales por sedición y rebelión, con penas de quince años de cárcel como mínimo.

Rajoy debe encarar al fin un dilema que nunca quiso afrontar: si antepone el interés general y procura una solución consensuada para Catalunya aun a costa de defraudar a los apologistas de la mano dura o si, por el contrario, persevera en su creencia de que, a mayor minorización en las comunidades con mayor sentimiento de pertenencia, más apoyo en el régimen común con un discurso centralista. Una idea esta última que debiera ir poniendo en cuarentena, no vaya a ser que profundizando en esa praxis abiertamente jacobina vaya cediendo posiciones por doquier en beneficio de Ciudadanos. Pues la polarización dialéctica no sólo alimenta al mayor antagonista en el espectro antitético, sino que puede reforzar al vaso comunicante si está libre de toda corrupción. No como el PP.

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