Música

Un poco desangelados

Por Teobaldos - Domingo, 24 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

sinfónica del conservatorio superior

Intérpretes: Orquesta Sinfónica del Conservatorio Superior de Música de Navarra. Dirección: Vicent Egea. Programa: Obertura deLos Esclavos Felices de Arriaga. Serenata para cuerdas de Elgar. Sinfonía 39 de Mozart. Programación: Conservatorio Superior de Música de Navarra. Lugar: Sala de Cámara de Baluarte. Fecha: 20 de diciembre de 2017. Público: no se llegó al centenar de personas (5 euros).

Siempre es un gozo acercarse al trabajo del conservatorio para vigilar el relevo generacional de los intérpretes. Sin duda, de un tiempo a esta parte, el nivel ha ido incrementándose, y ya no nos extrañan programas comprometidos en las agrupaciones de estudiantes. Aunque ha sido más espectacular el avance en los instrumentos de viento metal, maderas y percusión -avance que se corresponde con el aumento de alumnos-;la cuerda, claro, sigue siendo la piedra de toque de cualquier orquesta. El concierto planteado por el titular Egea, fundamentalmente centrado en el clasicismo, parece más sencillo a primera vista;es justo lo contrario, el más complicado;y esto lo vemos, también, en las orquestas profesionales;el inquebrantable orden del edificio clásico no admite mácula;y, así, Arriaga y Mozart (que son lo mismo) no alcanzaron, totalmente, el equilibrio de la columna dórica. Es cierto, también, que una orquesta de alumnos, en estado de progresiva preparación, suple esa falta de culminación profesional con el entusiasmo propio y el del ambiente que le rodea;y éste ultimo resultó un tanto frío, al no llegar al centenar el aforo. Todo influye. Tanto en Arriaga como en Mozart, el director fue más a asegurar la lectura que a buscar el tempo, los matices, la gracia de las músicas de ambos autores. En general, se entendieron mejor los pasajes con los temas más definidos. De Arriaga destacaron el clarinete, las trompas y maderas, y la cuerda salvó lo más comprometido con algún apurillo. De Mozart, sin duda, lo mejor fue el minueto, bien definido, marcado pero, a la vez, elegante. También el andante -aunque un poco caído- resultó conjuntado. Para mí, no obstante, lo mejor de la velada fue, sin duda, la serenata para cuerdas de Elgar: ya desde el primer movimiento hubo un equilibrio sonoro empastado y hermoso;con una acentuación notoria y muy bien hecha;y una perfecta transmisión y sensación de sosiego y tranquilidad que se conjugaba con el apasionamiento. Era francamente hermoso ver tal madurez interpretativa en músicos tan jóvenes. El larghetto reveló intimidad, diálogo y connivencia de cuarteto de cámara, pero con sonoridad envolvente y pastosa: tirando hacia los adagios mahlerianos, con crescendos-diminuendos marcados;audibles violines segundos y violas, que salían bellamente de la penumbra, y una cuerda grave -violonchelos y contrabajos- muy cantables y con entidad. Acertó Egea en el tempo elegido para el instrumento que tenía entre manos: con la sensación de plenitud siempre, aunque agilizando un poco el tempo, para que la obra no se apelmazara;peligro de esta partitura que tampoco es de las que se sale tarareando;con el grado justo de melancolía y de luminosidad, aun en esos momentos brumosos del alma que posee. En cualquier caso, siempre estaremos con el extraordinario esfuerzo de los estudiantes de música: esa novia tan exigente y, a veces ingrata, pero que te da la vida.