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Aplicaciones de economía del comportamiento

Por Javier Otazu Ojer - Domingo, 24 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

El último Premio Nobel de Economía ha recaído en Richard Thaler, investigador norteamericano especializado en la economía del comportamiento. Curiosamente, cuando comenzó a investigar en este ámbito tuvo problemas en su facultad. Es lo que ocurre cuando se abren caminos nuevos.

¿En qué consiste la economía del comportamiento? La definición de uno de los mayores expertos mundiales, Dan Ariely, es la más acertada: “Comprender las fuerzas ocultas que determinan nuestras decisiones, en muchos contextos distintos, y encontrar soluciones a problemas comunes que afectan a nuestra vida personal, profesional y pública”. Ariely tuvo un accidente que le cambió la vida cuando tenía 18 años: la explosión de una bengala de magnesio le dejó un 70% del cuerpo cubierto de quemaduras de primer grado. En todo el proceso de recuperación observó que muchos pacientes que se encontraban con los mismos problemas que él no seguían las recomendaciones de los médicos. ¿Cómo podía ser? Para explicarlo, se planteó un objetivo: saber qué hay en la vida que motiva a la gente. En este caso, observó que seguir los consejos médicos era muy doloroso a corto plazo aunque a largo plazo el beneficio era enorme. Así, sacó una primera conclusión: sobrevaloramos el presente. Por eso no ahorramos lo que debemos, no seguimos dieta o los políticos no toman las decisiones correctas a largo plazo. Por eso merece la pena recordar la reflexión de Jean Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea: “sabemos qué hacer para salir de la crisis, pero no sabemos cómo salir reelegidos si lo hacemos”.

Hay otros conceptos que ayudan a complementar los objetivos de la economía del comportamiento. Para Robert Cialdini, experto en negociación y persuasión, “quienes somos, con respecto a cualquier tipo de elección, es donde estamos, en el ámbito de nuestra atención, en el momento justo antes de tomar una decisión” (persuasión). Para David Eagleman, divulgador del cerebro, “todas las experiencias de su vida -desde una conversación hasta su más vasta cultura- conforman los detalles microscópicos de su cerebro. Desde el punto de vista neurológico, quién es usted depende de dónde ha estado” (El cerebro. Nuestra historia).

Bien, es el momento de buscar aplicaciones de la economía del comportamiento. Unas son realidades, otras sugerencias.

En unos países las personas al nacer son donantes por defecto, en otros no. Eso explica diferencias que pueden ir del 80% al 20%. Eso es debido al efecto del statu quo: tendemos a quedarnos como estamos.

Sólo quedan pensiones, en su sistema actual, para unos diez años. ¿Qué hará el Gobierno en el futuro? Nos dirá, en la nómina, qué pensión nos pertenece si seguimos trabajando igual hasta llegar a la edad de jubilación. Mediante este incentivo, muchas personas se harán otros planes privados de pensiones o de ahorro (o se los hará el Gobierno por defecto).

La sobrevaloración del presente hace que la solución fácil para muchos problemas públicos o privados sea endeudarse. Como no vemos hoy los intereses que vamos a pagar mañana, infravaloramos el problema. Solución: valorar lo que se podría hacer cada año con los intereses de deuda que pagaremos.

Estamos programados para pensar que las cosas van a seguir siempre igual. Pero como decían los clásicos, lo único que no cambia es el cambio mismo. Por esa razón no tomamos las medidas adecuadas para afrontar correctamente el futuro de nuestro planeta o de nuestra salud. En el primer caso, confiamos en los avances tecnológicos. En el segundo, en los avances médicos. Solución: respecto del clima, difícil. Es un problema global. Respecto de nuestra salud: educación y concienciación.

A menudo existe un desajuste enorme entre los incentivos de una persona, la de la institución pública que representa y el bien común. ¿Qué se puede hacer? Potenciar organismos independientes que sean observadores de la realidad. Actuarían en dos niveles. Uno, indicando cómo se van a financiar las nuevas políticas que conlleven gasto: impuestos, deuda o reasignación de presupuestos. Dos, contrastar lo que se dice en debates o discursos con lo que se hace. Además, la economía del comportamiento investiga las razones por las que cometemos estupideces (pilotos que obedecen órdenes aunque eso suponga que un avión se estrelle) y cuándo a una persona le merece la pena ser maquiavélica (parece que muchos casos de corrupción se dan porque creen… que nos les van a pillar). Por supuesto, no se puede olvidar el funcionamiento del cerebro (neuroeconomía).

Para terminar, no podemos olvidar el contexto en el que nos encontramos. Lo explica muy bien Ryan Avent, editor de The Economist: “la sociedad debe atravesar un período de cambio desgarrador antes de acordar un sistema social con amplia aceptación para compartir los frutos de este nuevo mundo tecnológico” (La riqueza de los humanos). Posiblemente esta idea explique mejor que ninguna otra el avance de los populismos.

En estas fechas tan dadas a la reflexión, ¿cómo no hacerlo acerca de nuestro comportamiento y de cómo afecta a la sociedad?

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela

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