El asesinato de Olentzero

Por Manuel Torres - Domingo, 24 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

No eran más de las seis de la tarde del 24 de diciembre, pero la noche se había adueñado ya de la ciudad. A esa hora, cuando el cortejo se disponía a partir de Artes y Oficios, camino del Casco Antiguo, alguien advirtió la ausencia de un personaje en la comitiva. El portón que daba a la calle estaba a punto de abrirse de par en par, y todos, txistularis, txalapartas, ioaldunak, dantzaris del Muthiko, fanfarre de Oberena, trikitixas de Leitza, gaiteros de Haizaldi y un tropel de mozos y mozas ataviados con atuendos de baserritara, se disponían a recorrer, como todo solsticio de invierno, su inmutable itinerario por el corazón del Viejo Reyno.

Sin embargo, algo no cuadraba en el esquema mental de Josetxu, cabeza del cortejo, provisto con fanal, txapela y pellejo de borrego como manda la tradición. “Aquí falta alguien”, barruntaba Josetxu. Pero, ¿quién? El hombre, sudando a borbotones pese a la gélida temperatura navideña, repasaba de arriba abajo la distribución de la comitiva que, a priori, se hallaba en perfecto estado de revista. Hasta que escuchó el estridente rebato de unos cencerros a su espalda. Era un ioalduna que, pertrechado con su ttuntturro, pañuelico al cuello y un par de estridentes joaleak que acompasaba con ritmo monótono, se aproximó a éste...

-¿Qué… o qué? -espetó el susodicho con cajas destempladas- ¿Avisas a Olentzero pa que arranquemos de una puñetera vez? A ver si nos van a dar las mil, copón, que nosotros nos tenemos que volver a Zubieta en cuanto acabe el festejo…

-¡Rediós…! -exclamó Josetxu-. ¡Si falta Olentzero! Pero, ¿dónde se habrá metido ese mangarrán, ese buruhandia, ese entendimendu gabea, ese urde tripaundia, ese… en fin…? ¡¿Dónde hostias está Olentzerooooooo?!

-Hala pues, todo dios a buscarlo, venga… -dictó el ioalduna con afán resolutivo.

En menos que dura un puchero de untamorros en manos de Ziripot, la comitiva entera se había desplegado en busca del desharrapado carbonero que, por su orondo aspecto, no debía ser difícil de localizar.

Fue una gaitera, una neska de la Barranca, la que dio la voz de alarma. Cuando entró en los lavabos de caballeros del patio de Artes y Oficios, creyó ver en el suelo un bulto oscuro y ovillado en posición fetal que, por su corpulencia, su jeta tiznada de carbonilla y sus astrosos guiñapos, bien podría pertenecer a la descripción del mítico carbonero.

Todo el mundo acudió en tromba a la llamada de la moceta. Josetxu el primero. Éste, abriéndose paso entre la comitiva agolpada a las puertas del escusado, llegó hasta el cuerpo, ladeó levemente su cabeza, cubierta por una recia boina de fieltro, le tomó el pulso en muñeca y carótida y certificó… que aquel organismo estaba más tieso que la estatua de la Mariblanca. El dictamen no dejaba lugar a dudas, el difunto era Olentzero. Al instante, todos se desprendieron ceremoniosamente de txapelas y tocados en señal de duelo, mientras Josetxu, al lado del cadáver, intentaba evaluar el origen y alcance de la avería.

-¿Se habrá resbalado… dándose un coscorrón con el lavabo? -cavilaba en voz alta-. No se aprecian heridas -especuló éste-, pero sí un gran hematoma en la base del cráneo.

-Ene…! -saltó la gaitera mientras recogía un objeto sólido a los pies del corpulento carbonero-. Igual le han soltau un zartako con esto…

-¡Copón bendito! -exclamó Josetxu-, pero… si es un turrón de Alicante, del duro…

Josetxu, que tenía conocimientos básicos de anatomía forense, de un cursillo del Inem, trató de comunicar a la concurrencia la peor de sus sospechas…

-Amigos y amigas… esto ha sido un acto deliberado. Estamos frente a un homicidio en primer grado -musitó con patetismo.

Ante el aturdimiento general que se abatía sobre la corporación, un joven espigado, el helicón de la fanfarre de Oberena para ser preciso, prorrumpió con tono doliente…

-Pero… ¿quién ha podido cometer este atropello, y a las puertas de la Navidad, tiempo de paz y concordia, de banquetes pantagruélicos y compras compulsivas, de trifulcas familiares y películas lacrimógenas? Joder, no lo comprendo… si en estos días todo es cariño y ternura hasta que te salen sarpullidos. Que alguien me lo explique...

-Pues… igual han sido los Reyes Magos -endosó el ioalduna con gesto hosco-. A esos tres nunca les han hecho ni pisca de grasia Olentzero. Disen que es una fiesta pagana.

-Pero, ¿qué dises tú, ababol? -saltó airado otro ioalduna, éste de Ituren-. Si venimos todos confesaus y comulgaus de misa. Los Magos de Oriente no pueden haber liado esta martingala. Esto es cosa de Santa Claus, ese sí que es ateo, y además maketo.

Josetxu, que había sido durante su mocedad monaguillo de San Nicolás, trató de imponer algo de cordura…

-Muetes, muetas…, como nos dejó dicho San Lucas tal día como hoy en el origen de la Cristiandad, un coro de ángeles anunció a los pastores el nacimiento de Jesús. Sé que algunos de vosotros no sois creyentes, otros sí. Pero, más allá de vuestras convicciones religiosas, éstas son fechas para abrazar a todos, hombres y mujeres de buena voluntad, sobre todo a los que se encierran en el baño para que no les veamos llorar, a los que han perdido a seres queridos, a quienes se rebelan ante el sinsentido del consumismo, a esos que el espumillón les produce urticaria, a quienes consideran que palabras como paz y amor son demasiado grandes o lejanas, a quienes se indignan a solas ante el televisor o cuando leen el periódico, a quienes no soportan el anuncio cursi de la lotería. Sí, todo eso es la Navidad, pero también…

-Ya… -interrumpió el ioalduna de Zubieta, restregando sus mejillas con un kleenex-, todo eso suena muy bonito, ¿pero qué pasa con Olentzero?

-No importa -dijo Josetxu con autoridad-. Olentzero es inmortal, es más que un personaje, es un rito que nace, muere y se regenera cada año. Es… ¿cómo diría? -éste adoptó cierta pose épica-, es el espíritu mismo del solsticio de invierno. Nunca sucumbe…