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Turrón amargo para Rajoy

La realidad catalana vuelve a interpelar al presidente del Gobierno y a exigirle, en el momento más débil de su carrera, gestos de estadista. Lo casi seguro, como de costumbre, es que trate de ganar tiempo y ponerse de perfil. Mientras, la situación política y personal de los hombres y mujeres llamados a formar Govern apremia.

Domingo, 24 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras la rueda de prensa ofrecida en el Palacio de la Moncloa el pasado viernes.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras la rueda de prensa ofrecida en el Palacio de la Moncloa el pasado viernes. (EFE)

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El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, tras la rueda de prensa ofrecida en el Palacio de la Moncloa el pasado viernes.

Nochebuena, noche de sobremesas. También de conversaciones políticas a distintas temperaturas. A vista de pájaro, la corriente de las elecciones desentonará a quienes la sientan heladora. Y para otros será un anticiclón tras un otoño desapacible. Entre estos últimos el grueso del independentismo encara el final del año en unas coordenadas similares a las que pidió Puigdemont en su discurso en Girona el 28 de octubre, al día siguiente de la proclamación de la república y de la entrada en vigor del 155. El president recién destituido pidió “paciencia, perseverancia y perspectiva” a punto de marcharse en secreto a Bruselas. Y las tres `p´ parecen haber calado en la Catalunya independentista a pesar de las dificultades. Lo cual se ha traducido en unos buenos resultados y puede dejar elementos concatenados en los próximos meses. Certificado el éxito de su estrategia, “el principal reto que tiene ahora Puigdemont es justamente saber administrar el efecto Puigdemont”, en palabras del director de El Punt Avui, Xevi Xirgo.

‘Un sol poble’, pero disonanteLas elecciones del jueves han constatado la existencia de una polisemia en la sociedad catalana: hay dos formas opuestas de entender el concepto “restituir la democracia”. En conjunto ha ganado una, la independentista, lo que no significa en modo alguno que haya arrasado. Catalunya tiene un conflicto con el Estado pero además tiene un conflicto consigo misma, entre dos polos sociopolíticos respectivamente heterogéneos que con razón o sin ella se sienten maltratados. Así que tensar más la cuerda por cualquiera de las partes no parece la salida en este momento, y esa debería ser la ventana de oportunidad colectiva. Da la impresión de que la mayoría del independentismo está dispuesto a comprar más tiempo, después de unas elecciones con un porcentaje de participación tan significativo. Es más, como ha escrito el articulista Miquel Puig en el diario Ara, “por primera vez el tiempo juega a favor de la independencia de Catalunya” cuando después de toda esta batalla política, como apuntaba el columnista de La Vanguardia Enric Juliana, “la identidad nacional catalana -que no el independentismo en sentido estricto- abarca hoy a más de la mitad de la población”.

Sin tiempo Los plazos cortos, sin embargo, van a venir ahora del lado del Estado, con la ofensiva judicial en marcha. “Ni un paso atrás”, tituló ayer en portada ABC con la foto de un Rajoy cabizbajo. El momento es harto complicado ante la inercia judicial y la falta de autocrítica de un nacionalismo español creciente. A ver quién es capaz y tiene voluntad de virar el rumbo, con el Partido Popular tocado pero de momento disciplinado, frente a un Albert Rivera que al estilo Aznar apuesta por “construir para una España sin complejos”. Sin complejos, por cierto, se llama un programa de radio de la emisora de Jiménez Losantos y Luis Herrero. El caso es que bien asesorado, Ciudadanos ha vendido en campaña la unión de dos ideas que a muchos les parecerán antitéticas: 155 y convivencia. Como estrategia ha funcionado. Pero relativamente. A medida que transcurra el tiempo los hechos desmentirán a menudo a Rivera.

La decisión de Puigdemont, el problema de RajoyEl Estado español verá qué prefiere;puede facilitar el regreso seguro de Puigdemont y apostar por alguna vía de entendimiento o jugársela a la carta de un president exiliado en Bruselas gobernando conjuntamente con una suerte de primer ministro o ministra en Barcelona. Un Govern interior y exterior con hechuras de república. A pesar de su promesa de regresar si ganaba las elecciones en Puigdemont se entiende un posible cambio de criterio. Que para ingresar automáticamente en prisión entonces es más práctico continuar desde Bruselas en la estrategia de internacionalización, con muchos más medios que en estos dos meses, para descrédito de una imagen de España ya en entredicho. Atención también al mensaje explícito que Puigdemont envió la misma noche electoral: “La receta de Rajoy ha fracasado, o la cambia o cambiamos de país”, que refleja una posibilidad de encaje y recuerda a aquella frase de Xabier Arzalluz en julio de 1978 sobre la España de Fraga, conminando al entonces líder de Alianza Popular a un entendimiento.

Maldita hemeroteca“Puigdemont y todos los líderes políticos pueden participar en las elecciones porque están en su derecho” dijo a Reuters el portavoz del Gobierno Méndez de Vigo el 28 de octubre. “Sería bueno porque es una manera de que los catalanes juzgasen y opinen sobre las políticas que ha llevado a cabo el señor Puigdemont en el último año”, añadió. Dos meses después, los catalanes han juzgado. Y el estado de ánimo de unos y otros ha vuelto a cambiar. Si la convocatoria de elecciones pareció un giro audaz de Rajoy, hoy esa estrategia se ha vuelto en su contra. “Cuando se juega es muy importante pensar no sólo en el movimiento inmediato sino en los siguientes, de uno mismo y del rival” escribió hace tiempo Alicia Ezker.

Un último apunte. Esta noche el discurso de Felipe VI marcará la temperatura en la Zarzuela. Veremos si deja alguna línea reservada para el diálogo y concordia o reincide en el error del 3 de octubre. Esta vez, probablemente, el tono tenga un punto más conciliador, dentro de un orden. Las tesis del rey no salieron bien paradas en las elecciones del jueves. Y la monarquía se debe a su imagen, no solo la cosechada entre sus convencidos.

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