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¡Trágame, tierra!

Por Carlos Couso - Domingo, 24 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h

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Soy partidario de que los discursos de quienes estamos en política no consistan en la lectura de un escrito cargado hasta el aburrimiento de datos estadísticos y de todo tipo adornados con citas célebres sacadas de internet, y en muchas ocasiones ni siquiera escritos por quien los lee. En mi opinión los discursos de quienes representamos a la ciudadanía han de ser dichos de forma espontánea, sin leer papeles, y argumentando razones y planteamientos con convencimiento. Que el debate parlamentario no sea lo que acostumbra a ser, un cruce de lecturas preparadas que se van a leer de todas maneras, digan lo que digan los adversarios políticos, sino que sea un debate real.

Yo trato de hacer esto así todas las veces que puedo, aunque reconozco que argumentar sin leer tiene muchos más riesgos. Y más cuando tu intervención, aun habiéndola preparado, versa sobre temas que no son de tu especialidad pero que también tienes que atender y exponer conforme a los criterios del programa político y las valoraciones de tu partido, y además tienes que hablar públicamente sobre ello por primera vez.

Quienes llevan en la política muchos años tienen la ventaja de que normalmente han tratado el tema y hecho el discurso más de una vez. Quienes llevamos mucho menos tiempo y además consideramos que estamos de paso y más pronto que tarde hemos de apartarnos para que ocupe nuestro lugar otro ciudadano o ciudadana, tenemos alguna dificultad más y solemos cometer algunos errores, que como en mi caso la semana pasada pueden llegar a alcanzar la categoría de estupidez supina. Se entenderá que no lo reproduzca…

Querer expresar un montón de ideas en el corto espacio de tiempo de 5 minutos que tienes en tu turno de intervención en una comisión, por ejemplo, te puede llevar a hacerlo con una cierta ansiedad que a su vez te puede llevar también a que tu pensamiento vaya como dos frases por delante de lo que estás diciendo. A mí así me ocurre en bastantes ocasiones.

Y así me ocurrió la semana pasada. Quería decir que el Pabellón Arena Navarra es como ese hijo tarambana y golfo con el que no haces carrera, ese que cada vez que tiene la ocasión te quita el dinero de la cartera, y ese que tú tratas de reconducir intentando que tenga alguna actividad decente de estudio o trabajo porque algún día le vas a tener que dejar la herencia. Si hubiera dicho esto nadie hubiera dicho nada. Pero no dije esto ni siquiera nada parecido. Para cuando me di cuenta de que el discurso y el pensamiento no estaban nada sincronizados, ya me había metido en un jardín en el que cada vez me metía más hondo. Lo abandoné en cuanto pude y seguí con el tema sin ser demasiado consciente de todo lo que había pisado. No pasado, pisado.

A los cuatro días, el presidente de Anfas y Tasubinsa sale públicamente a pedirme que rectifique lo dicho y pida disculpas. Me sorprendo y hasta me cabreo, porque no creo haber querido ofender a nadie, ni haberlo hecho.

Pero cuando reviso la grabación de mi intervención…, ¡cielos! ¡qué horror! ¡qué vergüenza! ¡qué asno! ¡cómo he podido permitir que semejante barbaridad haya podido salir por mi boca toda de seguido sin darme cuenta! Y entiendo que no es el momento de excusas, ni explicaciones, ni gaitas, y que solo puedo atender a lo pedido por el Sr. Goldáraz, rectificar y pedir disculpas a todas aquellas personas a quienes directa o indirectamente haya podido agraviar. Sin paliativos.

Nuestra cultura contiene un montón de dichos aberrantes que decimos por inercia sin darnos cuenta del fondo que tienen. Hacer una judiada, trabajar como un negro, dar más trabajo que un hijo tonto, engañar como a un chino, toda la retahíla de expresiones machistas, homófobas, etc.

Yo me deje arrastrar por esto sin darme cuenta y además lo adorné con la explicación más absurda y estúpida de las posibles, cosa que no tendría mayor impacto si fuera un ciudadano normal haciendo inconscientemente comentarios de mal gusto en la barra de un bar. Pero tiene razón el Sr. Goldáraz, un representante político tiene que medir mucho mejor eso y no se puede permitir ni consciente ni inconscientemente, esos comentarios ni en sede parlamentaria ni en ninguna parte, añadiría yo, al tiempo que reconozco que no estuve a la altura mínima exigible. La inconsciencia en mi caso no me justifica, sino que tal vez viene a empeorar las cosas. En boca de un representante político esos comentarios hacen mucho más daño.

Por eso vuelvo a pedir perdón públicamente y por escrito en esta ocasión tras haberlo hecho ya antes en una sesión inmediatamente posterior de la misma comisión en la que metí la pata hasta dentro. Avergonzado, pero tratando de sacar dos conclusiones de lo sucedido.

Una, que en mi tendencia a utilizar símiles para tratar de ser más gráfico en mis explicaciones tengo que andar con mucha más calma y atención para no perder el hilo del discurso y no acabar diciendo lo que jamás he querido decir.

Dos, que se me ha pedido una rectificación de forma contundente, pero también educada, justa, y generosa, esto último porque me podían haber dado hasta hartar y no lo han hecho. De tal manera que yo por mi parte tendré muy en cuenta también esta lección y ante los errores de otros siempre trataré de ser comprensivo ofreciendo amablemente la oportunidad de rectificar, como lo han hecho conmigo.

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