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La desigual rentabilidad del ‘procés’

Un reportaje de E. Bátori. Fotografía Efe - Sábado, 30 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

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aunque la victoria histórica de Ciudadanos en Catalunya no permitirá gobernar a Inés Arrimadas al no haber logrado frenar el independentismo, que suma mayoría absoluta, el “subidón” del partido naranja le catapulta a una posición muy ventajosa de cara al próximo ciclo electoral.

Con este triunfo que ha logrado romper la dinámica nacionalista en Catalunya en más de tres décadas, Ciudadanos cierra un año que comenzó con la reelección de Albert Rivera al frente del partido naranja -revalidado en primarias por primera vez- y una resintonización ideológica que generó ciertas discrepancias.

Se tachó entonces del ideario la afiliación socialdemócrata que habían mantenido durante los once años de recorrido político para pasar a definirse como un partido de centro, liberal y progresista, una etiqueta con la que en realidad ya venían funcionando desde la creación de Cs en 2006.

asalto al poderDe aquella IV Asamblea General salió sobre todo un objetivo claro de entrar a gobernar a partir del próximo ciclo electoral, que, salvo sorpresas en el calendario por un anticipo de los comicios, arrancará a partir de 2019 con autonómicas, municipales y europeas, y elecciones generales en 2020. No obstante, ese calendario se podría trastocar debido a la complejidad de la situación catalana y las derivadas que tiene en el escenario nacional.

Precisamente, la crisis de Catalunya ha sido el paréntesis en el que ha quedado atrapada casi toda la actividad política de este año, sobre todo a partir del verano, dejando a Ciudadanos, como al resto de fuerzas políticas, sin mucho margen para pelear por sus propuestas.

Y en el caso concreto del partido de Rivera, el cumplimiento del pacto de investidura firmado con el PP en 2016 se ha visto superado por estos acontecimientos y no va al ritmo que Ciudadanos desearía.

En todo caso, la formación ha logrado sacar adelante iniciativas clave para ellos como la ley de autónomos, una de las primeras proposiciones que registraron en el Congreso, el complemento salarial, la ampliación del permiso de paternidad o la bajada del IVA cultural.

Medidas que se incluyeron en los Presupuestos de 2017 y que, por los avatares de la política (la repetición de las elecciones en junio de 2016 y la tardía investidura de Rajoy), no se aprobaron hasta finales del pasado junio.

Otros avatares, en esta ocasión derivados del desafío independentista en Catalunya, han forzado también a posponer hasta las negociaciones de las cuentas públicas de 2018 propuestas naranjas acordadas con el PP que daban, según Cs, un giro “social” a las cuentas.

La exención del pago del IRPF para los mileuristas, rebajas impositivas para las familias con discapacidad o mayores a cargo, o ayudas para los que tengan hijos de 0 a 3 años son algunas de estas iniciativas, que han quedado aparcadas por el procés.

Mejoría en las expectativasUn procés que, por otro lado, Ciudadanos ha rentabilizado no solo en Catalunya, sino también a nivel nacional, tal como refleja la última encuesta del CIS, ya que la crisis secesionista ha disparado sus expectativas electorales al crecer tres puntos -hasta el 17,5% de los votos- y ya pisa los talones a Podemos.

De la relación con su socio de investidura ha quedado algún que otro encontronazo, empezando por el fuerte choque que tuvieron en Murcia a causa de la imputación del entonces presidente de esa comunidad, Pedro Antonio Sánchez. Rivera exigía su cabeza a cambio de mantener el acuerdo que sostenía al PP en el Gobierno autonómico y los populares se hacían los remolones. Finalmente el presidente murciano evitó el divorcio dimitiendo dos meses más tarde.

En esta relación de conveniencia, sin nada de química, ha habido desencuentros también por diferencias en la interpretación del pacto suscrito, sobre todo en aquello que tiene que ver con la regeneración democrática, que ha tropezado cuando menos con los reparos del PP. Un ejemplo, la limitación de mandatos del presidente del Gobierno.

Aunque alguna de las medidas del acuerdo está en el aire -la ampliación a 5 semanas del permiso de paternidad prevista para 2018, congelada por falta de Presupuestos Generales-, Ciudadanos cierra el balance en “claroscuro” frente al arqueo favorable de los populares, que dan por cumplido el 60% del acuerdo, y entra en 2018 por la puerta de Catalunya, seguro de que, como insiste Rivera, su proyecto “renovador y sin complejos” va por buen camino.

las claves

Llegaron hace dos años enarbolando la bandera de la regeneración democrática y la transparencia para acabar con los “privilegios” de la clase política y acercar a sus representantes a la ciudadanía. Se han enfrentado al desgaste de compartir instituciones con aquellos a los que venían a desalojar pero ha sido Catalunya su verdadera prueba de fuego

e· decepcionante resultado de Podemos en las elecciones del 21-D cierra un año complicado para la formación morada, que se ha quedado sin la llave que buscaba en Catalunya y sin saber si ha perdido fuelle para afianzarse en España. Podemos se preparaba para un 2017 en el que iba a cambiar de ciclo, consolidar su relación con el PSOE, redoblar su apuesta contra la corrupción y abonar el terreno para las elecciones locales de 2019, pero Catalunya ha frustrado sus planes.

La reflexión que pretendía sobre cómo pasar del “asalto” a la “guerra de posiciones” o conciliar ser un partido “normal” con mantener la conexión con “la calle” no ha llegado muy lejos. La crisis catalana ha atropellado todas sus estrategias y Podemos ha visto caer su apoyo electoral, primero en las encuestas y después en las elecciones del 21-D.

De nada les ha servido presumir de haber ganado las generales en Catalunya porque, aún con un candidato como Xavier Doménech, a quien reivindicaban como el único capaz de romper la polarización, han perdido tres escaños en las elecciones catalanas respecto a 2015.

El año arrancaba para Podemos en febrero con la asamblea de Vistalegre II que, entre gritos de unidad, le dio todo el control a Iglesias y a su equipo, dejando a Íñigo Errejón fuera de foco. Sustituido como portavoz en el Congreso por Irene Montero, Errejón se colocaba en un puesto de salida en la carrera para la Presidencia de la Comunidad de Madrid.

De Vistalegre salió un Podemos más radical y otro hombre fuerte: el secretario de Organización, Pablo Echenique, que ha consolidado su peso mientras los ‘errejonistas’ aceptaban quedarse en el banquillo esperando su turno en Madrid.

Carolina Bescansa, que intentó una tercera vía para lograr armonía entre Iglesias y Errejón, también se ha visto relegada, y ahora busca perfil propio, reconociendo que Podemos tenía que haber hablado más para España y “no sólo a los independentistas” o con propuestas de reforma constitucional que poco o ningún eco tienen en el partido.

Al nuevo Podemos le vimos cambiar la casta por la trama e intentar resucitar en la calle las denuncias contra la corrupción.

De ahí surgió su famoso “tramabús” con las caras de José María Aznar, Felipe González, Jordi Pujol, Rodrigo Rato, Luis Bárcenas, Esperanza Aguirre, Miguel Blesa, Arturo Fernández o Gerardo Díaz Ferrán.

Fueron IU y Alberto Garzón quienes, mientras reclamaban una alianza más justa y mayor visibilidad, alertaban del “desgaste” y de la incapacidad de Unidos Podemos para ganar terreno entre el electorado de izquierdas.

Entretanto, en los morados despertaba la ilusión ante la posibilidad de reparar los puentes con el PSOE, pero tampoco lo consiguieron.

Y no ayudó que pusieran a prueba otra vez a los socialistas -enfrascados entonces en un turbulento proceso de primarias- con una moción de censura a Rajoy que nació ya fracasada, y cuya única conclusión fue fortalecer a Irene Montero como portavoz y principal látigo contra el PP.

Se animaron de nuevo cuando en agosto lograron entrar por primera vez en un gobierno de coalición autonómico con el PSOE de Emiliano García-Page en Castilla-La Mancha, pensando que podía cundir el ejemplo.

Tampoco ha sido así, de momento. Ni siquiera en sus dos ciudades emblemáticas, Madrid y Barcelona. Manuela Carmena ya tiene bastante con intentar poner orden en las filas de Ahora Madrid y frenar la crisis con IU en el Ayuntamiento, y Ada Colau ha roto sus pactos con el PSC.

La prometida relación de socios preferentes entre PSOE y Podemos no ha cuajado, su colaboración en el Congreso no pasa de lo puntual y los de Iglesias no han querido entrar en la comisión sobre el modelo territorial impulsada por los socialistas hasta que acabe -dicen- el 155 y la represión.

La aspiración de Podemos de mirar al siguiente ciclo municipal y autonómico también se ha quedado en el cajón ante la deriva política en Catalunya, que vuelve a ser el talón de aquiles de los morados, empeñados en defender el referéndum pactado mientras denunciaban la existencia de “presos políticos”.

sin autocríticaSu postura frente al desafío separatista -en contra de la “represión” y de la aplicación del 155 que han recurrido ante el Tribunal Constitucional, pero también en contra de la declaración unilateral de independencia-, no sólo les ha costado ser señalados como “cómplices” de los independentistas.

También ha hecho estallar las tensiones internas con el líder de Podem, Albano Dante Fachín, que se vio forzado a dimitir tras ser desautorizado por Iglesias. Desautorización que alcanzó a la corriente de Anticapitalistas, tras el comunicado en el que el sector de Miguel Urbán, Teresa Rodríguez y José María González Kichi, reconocía la “república catalana”.

Pese a todo, no quisieron dar importancia a las encuestas y decidieron asumir el riesgo, erigirse en defensores del diálogo y entregarse a la estrategia de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y los comunes, que avalaron la participación en el referéndum ilegal del 1 de octubre entendido como una “movilización legítima”.

“Si yo fuera catalán, no participaría en ese referéndum”, decía Iglesias el 7 de julio después de que Podem Catalunya, entonces bajo el mando de Fachín, llamara a participar en el 1-O.

Sólo dos meses después, Podemos convocaba una asamblea de cargos públicos en Zaragoza, secundada por sus aliados de las confluencias y los independentistas.

Iglesias proclamó allí: “Apelamos al Gobierno para que el próximo día 1 permita a la ciudadanía catalana expresarse y ejercer sus derechos democráticos. Nunca escuchar a un pueblo debería ser un problema para un gobernante”. Y en esas siguen.

Asumiendo sus palabras, el pueblo catalán ya ha hablado el 21 de diciembre. Ahora tendrá que hablar otra vez Podemos. De momento no hemos escuchado autocrítica, aunque algunos desde dentro ya reconocen que deben expresarse con mayor claridad.

Podemos, atropellado por el desafío catalán

La formación de Iglesias ha visto caer su apoyo electoral primero en las encuestas y después en el 21-D, con un decepcionante resultado

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