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la carta del día

Los 80, una década controvertida

Por Alberto Ibarrola Oyón - Domingo, 31 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h

La década de los 80 del siglo XX supuso una transformación social sin precedentes en el Estado español. En unos pocos años, se pasó del nacionalcatolicismo a un socialismo de corte liberal tanto en lo económico como en lo moral. La convulsión social fue tremenda, pues la traumática ruptura generacional estuvo marcada por una gran radicalidad. Se produjo una auténtica revolución sociocultural, sobre todo en Madrid, Barcelona y en el norte de la Península. En Euskal Herria, en tanto el fenómeno terrorista golpeaba las estructuras del Estado con enorme virulencia, diferentes movimientos juveniles adoptaron actitudes especialmente radicales y rupturistas, y llevaron al extremo unos comportamientos que, muchas veces, desembocaron en muertes prematuras por sobredosis, enfermedades infecciosas, el sida u otras patologías físicas y psíquicas. Como suele suceder en todas las revoluciones, con independencia de si se alcanza o no el poder, fueron muchas las bajas que debemos lamentar. Por otro lado, el terrorismo de Estado (el GAL) fomentó en una parte de la sociedad, principalmente entre la juventud vasconavarra, la desafortunada creencia de que algunas tesis de la organización terrorista ETA se verificaban.

Bob Dylan, precursor destacado de la contracultura, ha recibido el Premio Nobel por la enorme calidad del corpus de su cancionero. Los medios de comunicación estatales han rentabilizado la movida madrileña, pese a que muchos de sus protagonistas murieron demasiado jóvenes, víctimas de aquel ambiente en extremo creativo pero también transgresor y peligroso donde las drogas y el alcohol ocupaban un lugar destacado. Sin embargo, en este país se habla poco de nuestra movida, es decir, el rock radical vasco, etiqueta que tal vez no guste a todos aquellos que aparecen encuadrados en aquel movimiento sociocultural, pero que, en cualquier caso, define la personalidad y la trayectoria de varias generaciones de vascos y vascas, navarros y navarras, muchos de los cuales no sobrevivieron a esa vorágine revolucionaria. La contracultura, el rock and roll, el rock duro, el punk, el anarco punk, la incitación a la violencia política y contra la Policía o los movimientos pacifistas radicales, el uso y consumo abusivo de las drogas legales e ilegales, el gamberrismo exacerbado, la disociación entre moral y sexualidad… se trasgredieron normas seculares de convivencia a la par que se superaban también muchas barreras y tabúes;este proceso revolucionario consiguió buena parte de sus propósitos, aun a costa de la vida de muchos jóvenes, puesto que los patrones morales, culturales y conductuales de esta sociedad se transformaron radicalmente y tal vez para siempre.

Mientras algunos vivían esas experiencias al límite de sus fuerzas, se inauguraban o ampliaban las universidades públicas, aquí la UPV y la UPNA, y por primera vez en nuestra historia una generación de jóvenes de origen proletario accedía masivamente a la universidad. Al mismo tiempo, una protección social más avanzada generaba mayor calidad de vida e independencia entre la juventud, pese a la preponderancia de la economía sumergida y del desempleo endémico, que vinieron de la mano de la reconversión industrial exigida por la entrada de España en el Mercado Común Europeo en 1985. Así, la pluralidad juvenil y social y su impulso revolucionario de aquellos años mantienen su reflejo en la sociedad actual. Como retrato de aquella época compleja y homenaje a una juventud que fue capaz de transformar la realidad social, en mi novela Las calles interminables, publicada por la editorial navarra Ediciones Eunate, desarrollo una alegoría agridulce del felipismo en Navarra, con especial hincapié en finales de la década de los 80 cuando el PSN detentaba el poder.

El autor es escritor

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