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Lucha contrarreloj para no ser expulsados de Estados Unidos

El próximo mes de marzo vence el plazo dado por Trump para resolver la situación de cientos de miles de ‘dreamers’, quienes llegaron de niños a Estados Unidos



y a los que barack Obama protegió con el plan DACA.

Un reportaje de Carlos Pérez Cruz - Sábado, 6 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:15h

Indira y Damaris.

Indira y Damaris.

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  • Indira y Damaris.
  • Jessica Vázquez.
  • Antonia Catalán.

Antonia forma parte de un grupo de medio centenar de personas que se manifiesta frente a la Casa Blanca. Ha recorrido más de 1.700 kilómetros para estar en Washington, pero apenas consigue articular palabra cuando le pasan el micrófono para que cuente por qué está allí. Sus ojos se llenan de lágrimas y su voz se quiebra. Después de unos segundos de silencio, el resto aplaude y grita para darle y darse ánimos. Una joven afroamericana le ofrece un abrazo. Mientras lo hace, le acaricia la espalda. La piel negra y morena que se funden contrasta con el color del edificio que acoge al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al que acusan de promover el supremacismo blanco.

Nacida hace 59 años en Ixmiquilpan, México, Antonia Catalán llegó a Estados Unidos en 1985 con sus dos hijas. Ya no trabaja, pero dedica gran parte de su tiempo a ayudar a los demás. En Homestead, una comunidad agrícola de Florida próxima a Miami, se pone al servicio de personas en situación irregular. El miedo a ser detenidos y deportados por la falta de papeles les hace vivir en una angustiosa clandestinidad. Antonia se ofrece para llevarlos en coche al médico o donde necesiten ir, e incluso les busca asesoramiento jurídico. Ella tiene la ciudadanía estadounidense, un estatus del que no gozan muchos de sus compatriotas mexicanos, que son el 76% de los adscritos al programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, DACA en sus siglas en inglés, que implementó Obama hace cinco años y que la administración Trump ha decidido eliminar a partir del próximo mes de marzo.

Este programa permitió que cientos de miles de personas obtuvieran un permiso temporal para estudios y trabajo, pudieran sacarse el carnet de conducir u acceder a un número de seguridad social. Bajo el paraguas del DACA quedaron fundamentalmente aquellos que llegaron a Estados Unidos de manera ilegal siendo niños. Niños como los sobrinos de Antonia, que hoy tienen 33 y 35 años, y que no han venido a Washington “por miedo”. Ella los representa, al igual que lo hace con “las mamás de todos. Son niños que no sabían adónde iban, simplemente sus padres los trajeron como yo traje a mis hijas”. Niños y niñas que no conocen otro país que éste, que han estudiado y trabajan aquí, que tienen sus amigos aquí y que en algunos casos incluso tienen problemas con el idioma de sus padres.

Algunos son niños que han estudiado y trabajan aquí, que tienen sus amigos y que incluso tienen problemas con el idioma de sus padres

A los beneficiarios de DACA se les conoce como soñadores, hijos de un sueño USAmericano que Trump puede tornar

casosEs el caso de Indira Nicole Márquez, que dice “ponerse nerviosa hablando en español”. Tiene 17 años, reside en Houston y conoce de memoria los días exactos que le quedan hasta que expire la cobertura que le ofrece DACA: 113. Si el Congreso, al que Trump pasó la pelota, no resuelve favorablemente a sus intereses, Indira no podrá ir a la universidad para estudiar Derecho. Quiere ser abogada. A su lado, Damaris González, mexicana de 32 años, no tiene ya cuentas por hacer. Ha dejado de restar y se encuentra en situación irregular. No tiene miedo, “por eso estoy aquí”, y considera injusto que “después de tantos años que hemos contribuido a la economía y a la sociedad nos quieran sacar”. Si lo hacen, a Indira le espera un país que no conoce y un idioma en el que le cuesta comunicarse. Damaris lo hace por ella y se expresa por las dos: “Es muy frustrante que tu vida y tu futuro estén en manos de políticos. Están jugando con nuestras emociones y nuestros sentimientos”.

A los beneficiarios de DACA se les conoce como dreamers, soñadores, hijos de un sueño USAmericano que la administración Trump puede tornar en pesadilla. El 5 de marzo de 2018 expira el plan de Obama, para el que desde hace semanas no se aceptan nuevas solicitudes.

El pasado 20 de diciembre el Congreso de EEUU dio luz verde a la polémica reforma fiscal promovida por el presidente, su primer gran éxito en casi un año de mandato, marcado más por los excesos verbales en Twitter y por la investigación del Russiagate, que por el cumplimiento de sus promesas electorales.

Dicha reforma establece que los indocumentados que trabajan deben pagar impuestos, pero a la vez, impone una nueva exigencia para que las familias con hijos se ahorren miles de dólares en impuestos: los niños necesitan tener un número de seguro social (SSN), es decir, ser ciudadanos estadounidenses o con permiso legal.

Hay algo en común en todas las historias que cuentan los afectados por la supresión de DACA: la falta de un plan alternativo. Son incapaces de imaginar que pueda llegar el día en que se vean obligados a abandonar Estados Unidos. “Es tan difícil de creer que se me acabe la DACA que no tengo planes. Mi único plan es seguir luchando para que ese día no llegue”, asegura Jessica Vázquez, que nació en la ciudad fronteriza de Nuevo Laredo y cuya casa está en Oklahoma. “En 111 días se me acaba la tranquilidad y voy entrar en pánico”, confiesa esta mujer que trabaja en una agencia de publicaciones digitales y que tiene claro que los legisladores “quieren jugar con nuestro sufrimiento y nuestras historias para aprobar medidas de seguridad que van a afectar a mi comunidad. Y yo no estoy dispuesta a intercambiar ni a mi familia ni a mi comunidad a cambio de un estatus legal”. Y es que los republicanos pretenden unir la resolución del futuro de los dreamers a la pesadilla de los planes antiinmigratorios de Donald Trump que, pasado casi un año de su mandato, sigue prometiendo un gran muro en la frontera con México. Para los que están a este lado, el otro queda cada día más cerca.

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