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Música

Bailables en Baluarte

Por Teobaldos - Sábado, 6 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:16h

CONCIERTO DE año nuevo

Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra. Gaiteros de Pamplona (Martín Ariztimuño, José Luis Fraile, gaitas. Julián Goroskieta, tambor). Garikoitz Mendizábal, txistu. Miguel Romea, director. Programa: obras de Strauss Jr. Chapí, Julián Romano, José Olaizola, Guridi, Cahikovsky, Soutillo y Vert, Nicolás García, Xabier Zabala, Federico Corto y J. Larregla. Programación: O.S.N. Lugar: sala principal. Fecha: 4 de enero de 2018. Público: lleno (34, 24, 16 euros).

todo lo que se espera de un concierto de año nuevo, ocurrió. Y más. Porque al chispeante, espumoso y festivo tres por cuatro de los valses inmortales, se añadieron páginas gloriosas de zarzuela y, lo más novedoso, el maridaje de la orquesta con las gaitas y el txistu. Miguel Romea, el titular de la velada, cumplió con la actitud y el ritual del concierto: siempre sonriente, de buen humor, rotundo en los finales -todos aplaudibles-, y acogiendo de buena gana instrumentos a los que se considera menores, y que, en este concierto, se engrandecen. Y la orquesta, de igual modo, se lo pasó bien, transmitiendo el optimismo de los primeros días del año, y llegando a un público que la trató con verdadero cariño. Pero estas músicas, tan conocidas y tarareables, están lejos de ser fáciles de interpretar;tienen endiablados compromisos de tempi y frecuentes solos de plantilla. Siempre falta algún pequeño ajuste, pero de todo se salió airoso. Me gustaron los tiempos que tomó Romea en los monumentales valses de Tchaikovsky y Strauss, más bien ágiles, sin mayores retardandos ni endulzamientos. Y las intervenciones solistas se lucieron: empezando por el Arpa, más volátil, ensoñadora y decimonónica que nunca;el impecable y azulísimo solo del concertino;el acogedor y melancólico violonchelo;el sonido de la vieja plata de flautas y pícalos;la provocadora y marcial percusión, etc. Y toda la orquesta, con una frondosa y poderosa cuerda en La Leyenda del beso, o en Guridi, o en todos los vaivenes del vals, y en la emocionante jota.

Pero, quizás, por su novedad, nos resultó especialmente interesante la actuación de los artistas invitados. Los gaiteros de Pamplona -Martín Ariztimuño, J. Luis Fraile y Julián Goroskieta- no sólo demostraron su absoluto dominio técnico del instrumento, sino una estupenda adaptación a la orquesta. La gaita es omnipresente por su sonido poderoso, pero lograron controlarlo y que sonara con nobleza, con esa luminosidad descarada y ancestral que aporta timbres desconocidos en el auditorio, esos timbres que lo mismo remiten a los órganos antiguos, que a las fiestas populares, y que, de paso, rescatan compositores olvidados. Un descubrimiento para muchos -y un asombro-, fue la intervención solista del txistulari Garikoitz Mendizábal. El txistu que sale al proscenio, delante de la orquesta, armonizada de melodías populares y otras compuestas ex profeso para acompañarle, eleva al instrumento a otra categoría. Mendizábal deslumbra con su virtuosismo, con los picados juguetones de las variaciones;pero su maestría se engrandece con la belleza del sonido: no hay pitidos descarados en los agudos, se controla el impulso del aire, el grave y el agudo es homogéneo, y hay redondez en ese sonido tan afilado. Tanto él como los gaiteros recibieron aplausos apoteósicos. Y la orquesta, también. Una orquesta que ha encadenado tres conciertos radicalmente distintos -el mejor Beethoven, el mejor Haendel, la mejor celebración popular- arropada por un público entusiasta. Feliz año.

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