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Ocaso ideológico

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Sábado, 6 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:15h

Efecto del progreso científico, los grandes relatos ideológicos, que pretendían como discursos totalizantes y unificadores dar respuesta y solución a toda contingencia social, han entrado en una grave crisis de fundamentación racional. Es más, desde una perspectiva empírica han perdido su atractivo y universalidad. Ni el fundamentalismo teocrático islámico ni el capitalismo autoritario de raíz confuciana tienen crédito en las sociedades occidentales mientras que el fascismo y el comunismo, que optaron por sacrificar la libertad y el pluralismo, han sido derrotados material e ideológicamente. El desmoronamiento de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y la finalización de la Guerra fría pusieron el último clavo al féretro de la alternativa marxista-leninista, dejando huérfana a la izquierda y el camino expedito al liberalismo, que se ha extendido a nivel planetario mediante la globalización. Por tanto, la dialéctica entre los dos grandes sistemas antagónicos, capitalismo y comunismo, ha sucumbido en el devenir histórico. El liberalismo democrático parece sobrevivir al descalabro de las ideologías hasta el punto de que, al menos en apariencia, no solo representa el mejor régimen disponible, sino también el único empíricamente viable. El libre mercado, propio del liberalismo, se muestra capaz de generar y acumular riqueza a un ritmo acelerado, sustentándose no solo en la ciencia y la tecnología, sino también, como dice Horkheimer, en la instrumentalización de la razón que deviene herramienta de dominación, en la pragmatización del pensamiento que valora solo la utilidad de las cosas y en un ingente proceso de cosificación progresiva de la clase trabajadora, que socava su capacidad de resistencia frente a la injusticia, ocasionando su incredulidad y desafección política. Si bien empíricamente el liberalismo parece ser el mejor sistema de organización política disponible, pues avala la democracia, la libertad y la producción de bienes materiales a gran escala, sus implicaciones morales dejan mucho que desear, pues la distribución de la riqueza es manifiestamente injusta, siendo el desempleo, los bajos salarios, las pensiones reducidas y los servicios públicos deficitarios algo habitual en él. En teoría puede argumentarse que los esquemas marxistas son más justos en un sentido moral, pero el problema es que su sistema económico no funciona, fracaso que ha quedado probado por la evidencia empírica.

La humanidad se ha movido y se mueve por un doble desiderátum. En primer lugar, el deseo de maximizar en su provecho la utilidad de la naturaleza, lo que se está logrando mediante la eficiencia científica y tecnológica, en la que precisamente se sustenta el triunfo del liberalismo. Y en segundo lugar, el deseo de reconocimiento, esto es, en tener la consideración de personas, no cosas, lo que implica libertad, igualdad y posibilidad real y democrática de participación en la política. Este segundo anhelo, si bien el liberalismo lo ha logrado, no lo ha socializado. El liberalismo, más en concreto el neoliberalismo, ha limitado el reconocimiento a unos pocos, clase dominante, y cosificado al resto de la población, que quedan excluidos del respeto y la dignidad.

El problema se agrava cuando el sistema liberal democrático, única ideología que según Fukuyama ha sobrevivido a la debacle de las metanarrativas analizadas por Lyotard, ha dado lugar y ampara a dos variantes políticas que contienden dentro de una misma esencialidad ideológica: el neoliberalismo y la socialdemocracia. Esta última, aunque no tiene entidad cualitativa suficiente como para ser considerada ideología contrapuesta, es la única de la que dispone la izquierda en la actualidad, pues si bien el marxismo representó una doctrina y teoría social, filosófica, política y económica claramente diferenciada que irrumpió con expectativas promisorias, pues adquirió el carácter de un destino y de una ortodoxia que conducirían finalmente a la emancipación de la humanidad, acabó, sin embargo, en una ilusión hipostasiada, decretada e impuesta, hundiéndose finalmente en la ebriedad de la decepción. La socialdemocracia, en la medida en que forma parte de la ideología liberal democrática, dado que asume muchos de sus postulados ideológicos, se enfrenta a serias contradicciones prácticas, ya que es muy complicado armonizar y sostener las políticas sociales, que son sus señas de identidad, frente al fundamentalismo de mercado que campa a sus anchas en el marco de la globalización económica, la desregulación financiera, la movilidad empresarial, las leyes que rigen el mercado laboral en detrimento de los asalariados y los límites recaudatorios de las políticas fiscales, en las que obviamente se sustenta el Estado de Bienestar. Precisamente por estas limitaciones, la socialdemocracia puede considerarse una praxis sin una clara base conceptual, que apenas representa un retoque o apaño que busca minimizar los desajustes sociales del neoliberalismo, a la vez que lo afianza, dado que sus políticas divergentes no afectan a su esencialidad. En consecuencia, la desesperanza parece haber arraigado en la ciudadanía que apenas lucha ni se moviliza por la armonía universal ni por el Edén bíblico, a las que considera ficciones de las que ya nada espera. Por tanto, la izquierda está obligada a reinventarse, a reformularse internacionalmente, a rescatar la racionalidad de su actual irracionalidad, que tiende a la dominación, y orientarla hacia la justicia que es laraison d’étre del socialismo. El autor es presidente del PSN-PSOE

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