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Catalunya, entre el TS y Bruselas

Por Xabier Lapitz - Domingo, 7 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:15h

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al independentismo catalán le quedan menos de diez días para hacer efectiva en el Parlament la mayoría absoluta que logró revalidar en las elecciones del 21-D. Y la verdad es que no es demasiado tiempo. Las premuras están condicionadas al menos por tres factores: los plazos fijados por Rajoy, el papel del Tribunal Supremo que con sus decisiones marca el paso de la política catalana y, por último y no menos importante, por el propio discurso que ha centrado la exitosa campaña de Puigdemont basada casi en exclusiva en un único punto, “la restitución del Govern legítimo”.

La decisión de Rajoy de acortar los plazos se explicó como un movimiento “tras hablar con las fuerzas políticas con representación parlamentaria”, aunque nada apunta a que haya sido así. O no del todo, porque la medida mete presión al independentismo necesitado precisamente de tiempo para preparar su estrategia. El presidente del Gobierno español mata dos pájaros de un tiro, porque a esa presión se añade el deseo de poner fin al 155 para empezar a negociar los presupuestos con el PNV.

Lo del Tribunal Supremo es mucho más grave. Escribía Ernesto Ekaizer en el diario Ara que el TS se ha convertido en el “guardián” del Parlament y del Govern porque sus decisiones facilitan o complican (de momento más de lo segundo) que los resultados electorales tengan su reflejo exacto en la composición del Parlament, en la elección de su mesa y en la del president, amén de la composición del Gobierno. Los autos del juez instructor son una clara limitación de los derechos políticos de los electos. No sólo porque decide quién entra y quién sale, y quién por lo tanto puede ejercer como parlamentario en plenas facultades, sino porque se atribuye una suerte de ojo de halcón de la política catalana advirtiendo a los hasta 28 investigados que si se pasan de la raya, van a la cárcel.

Pero sería incompleta esta foto si no añadiéramos el dilema en el que se encuentra el propio independentismo, entre la realidad aritmética y el idealismo que especialmente el propio Puigdemont ha convertido en bandera de su mensaje. En cierta manera, está atrapado por sus propias palabras. Dijo que vendría si ganaba, pero eso ya no está claro. Lo del president telemático no tiene un pase y la restitución del Govern sólo podría darse si él decide afrontar una vuelta a Catalunya.

Es muy comprensible desde el punto de vista humano que nunca se encuentre un buen momento para prestarse voluntario a entrar en la cárcel, que es lo que le espera a él y el resto de electos que le acompañan en Bruselas si entra bajo jurisdicción del TS. Alguna vez he comentado que el independentismo calibró mal lo que el estado estaba dispuesto a hacer, que pecaron de ingenuidad y sospecho que algunas de las cosas que se deslizan desde Bruselas van otra vez en esa dirección porque dar a entender que se alcanzará un acuerdo político que les libre del calvario judicial es volver a tropezar en la misma piedra. Así sólo queda una salida: correr lista, al menos la de seis de los ocho votos comprometidos, para salvar esa mayoría.

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