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Deseos de año nuevo

Por Daniel Innerarity. El autor es catedrático de Filosofía Política e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Su último libro es La democracia en Europa (Galaxia-Gutenberg) - Lunes, 8 de Enero de 2018 - Actualizado a las 08:55h

Los deseos de que con el año nuevo las cosas vayan a cambiar es un rito y no tanto una determinación de la que se siguen las consecuencias deseadas. Responden más a la resignación que a la esperanza y nos recuerdan dos hechos inexorables de la existencia humana: lo difícil que es cambiar y lo inexorable que es el cambio que acontece sin nuestra intención o permiso. Apenas podemos cambiar casi nada mientras casi todo cambia.

A esta experiencia se añade también la doble paradoja de que todo cambia cuando parece que nada lo hace y de que nada cambia cuando parece que todo cambia. Probablemente todo esto se deba a que interpretamos la agitación como el origen de los mayores cambios y no tenemos ningún órgano que, en periodos de calma, nos haga percibir las modificaciones latentes o de fondo. El otro gran momento ritual de cambio son las elecciones políticas. "Por el cambio" se convirtió hace tiempo en un eslogan banal tras el cual los votantes no identificamos una voluntad radicalmente transformadora sino el deseo de invertir la relación entre quienes están actualmente en el gobierno y la oposición, una mera alternancia (que a veces no viene nada mal, por cierto).

Que vayan a cambiar realmente las agendas, las prioridades, el estilo de gobierno o la cultura política es algo que depende en parte de la voluntad de los nuevos gobernantes y de que los actuales contextos permitan hacer cosas distintas, o sea, es algo bastante improbable. Los políticos generalmente no saben con precisión lo que deben hacer, pero cuando lo saben no se arriesgan a la pérdida de poder que eso implicaría. Hay una mezcla fatal de negación de los problemas, postergación de las soluciones, falsas esperanzas, persistencia de las rutinas, vetos mutuos y cortoplacismo que termina reduciendo al mínimo su capacidad transformadora. En vez de cambiar al mundo, los discursos políticos apuntan más bien a salvarlo (de las crisis diversas en las que se encuentra o de los enemigos, reales o inventados), cuando no a salvarse cínicamente uno mismo en medio del general desconcierto. La historia de la humanidad está llena de llamamientos a cambiar.

Profetas, moralistas, revolucionarios, ahora coaches, todos han estado empeñados en nuestra conversión y en que transformáramos el mundo. Hay de todo: imperativos religiosos (convertirse, arrepentirse, salvarse), modernos (avanzar, cambiar, adaptarse, resistir, ser competitivos, innovar) y postmodernos (estar en forma, despreocuparse, singularizarse, desacelerar, cuidar). Todas estas apelaciones contrastan con nuestra experiencia, personal y colectiva, de la dificultad de cambiarse y cambiar. Pensemos en la persistencia de las malas prácticas en la vida personal: la pareja que una y otra vez termina en las mismas discusiones, los hábitos alimenticios que no nos hacen ningún bien pero que no conseguimos erradicar, un estilo de conducir con el que corremos riesgos indeseados y apenas nos hace llegar antes a ningún sitio, la tendencia a convertir nuestra mesa de trabajo en un campo de batalla, la acumulación de informaciones que terminan desorientándonos Es muy complicado deshacerse de las prácticas establecidas. En estos y otros muchos ejemplos que podríamos traer al caso se pone de manifiesto que para cambiar nuestro comportamiento no basta con saber que habría que hacerlo. En el ámbito social, hay una inercia colectiva que se manifiesta como resistencia al cambio, aceleración improductiva, desorden persistente o dinámica ingobernable, que no deberíamos minusvalorar y que solo se puede modificar indirectamente, con incentivos de diverso tipo.

El estancamiento es perfectamente compatible con el hecho de que el sistema político sea un lugar de gran agitación y de discursos enfáticos para ponerlo todo patas arriba. El radicalismo es a la revolución como la agitación al movimiento o la indignación a la democratización: simulacros de cambio, no solamente compatibles con la falta de cambio, sino en muchas ocasiones estimuladores para no cambiar porque ya hemos conseguido algo que se le parece. Uno se ha movido mucho, ha elevado el tono, le ha llamado al orden la presidenta del Congreso, ha provocado un estancamiento más que una transformación y al final sigue gobernando la derecha El principio de Lampedusa tiene también su versión low cost: el propio populismo le ahorra al establishment el esfuerzo de aquella operación consistente en cambiarlo todo para que nadie cambie. Ahora se lo hacemos la gente indignada y el desgaste para los que realmente mandan es todavía menor.

El gran problema de nuestros sistemas políticos no es la inestabilidad sino la inestabilidad debida a que no se realizan los cambios necesarios. ¿Alguien ha tomado nota de cuántas veces hemos exigido cambiar de modelo productivo, un pacto educativo o la reforma de la Constitución? Más que palancas, iniciativas o puntos de Arquímedes, la física social está llena de vetos, bloqueos, inflexibilidad, impedimentos y rigideces. Dominan los beneficiarios del statu quo, que como es lógico no están especialmente interesados en trabajarse el llamado "consentimiento de los perdedores". Al mismo tiempo las sociedades no dejan de cambiar, pero apenas como consecuencia de nuestra intención de hacerlo. ¿Quién cambia el mundo cuando el mundo cambia? El discurso voluntarista habla de transformación pero de hecho lo que se produce son cambios de paradigma que tienen muy poco que ver con iniciativas de nuestra voluntad. Se trata de modificaciones de las cosas, a veces de una gran profundidad, pero que no son planificadas, dirigidas o declaradas. La transformación del mundo es transitiva (alguien cambia algo), pero también reflexiva (algo se cambia a sí mismo sin que ese cambio se pueda imputar a nadie en concreto). Estamos actuando en un mundo cambiante, mas que liderando o revolucionando realidades estáticas. La imagen de un autor soberano que planifica, lidera o revoluciona, parece incompatible con el hecho de que donde actuamos también actúan otros y que aquello que deseábamos cambiar lo hace en un sentido diferente del que habíamos pretendido.

Como decía Enzensberger, cuando al actuar políticamente nos proponemos alcanzar algo solemos terminar produciendo algo completamente distinto. La tensión entre las dos formas gramaticales del cambio se mantiene siempre. No está claro qué parte del cambio del mundo es debido a nuestra voluntad y qué ha cambiado por sí mismo. De hecho, la mayor parte de los cambios políticos han tenido su origen en un movimiento social o en una iniciativa fuera de la vida institucional de los gobiernos y los parlamentos, dedicados a legislar sobre el pasado o a reaccionar a las crisis, casi nunca a anticiparse y gobernar para el futuro. Los partidos políticos, esos supuestos agentes de la configuración de la voluntad política, subcontratan la elección de sus candidatos en los movimientos sociales, que cada vez condicionan más sus decisiones y su agenda.

De manera discreta, imperceptible a veces, las líneas de conflicto se desplazan, nuestras interpretaciones de la realidad se desgastan, algunas convenciones dejan de tener sentido para una mayoría considerable. Ciertas maneras de actuar se transforman, de la noche a la mañana, en ridículas (basta con oír algunos discursos políticos, la representación del poder, la composición abrumadoramente masculina de los gobiernos y parlamentos de, pongamos, treinta o cuarenta años). Las oleadas de indignación en medio de la crisis económica o las recientes denuncias contra el acoso sexual son ejemplos de que, sin saber muy bien cómo (habrá alguna explicación retrospectiva, pero no será el resultado de una iniciativa política previa), algo más o menos consentido pasa un día a ser considerado como intolerable.

El terrorismo había sido combatido desde muchas instancias, pero su final se produce cuando coinciden en un mismo momento circunstancias que hacían que algo que ya era desde su origen una monstruosidad aparezca también como una estupidez inútil. Yo vivía en Alemania cuando cayó el Muro de Berlín y recuerdo lo incapaces que éramos de explicar su hundimiento por una sola causa o quién lo había provocado;sabíamos la arbitrariedad que simbolizaba, pero tuvieron que producirse un conjunto de circunstancias que no tenían nada de intencional para que de un día para otro ese Muro resultara además un sinsentido. ¿Hemos de renunciar entonces a formular cualquier propósito de cambio? De entrada hay que saber reconocer cuándo y en qué medida son necesarios los cambios, del mismo modo que los sistemas políticos no deben desconocer que todo proyecto de transformación social tiene límites, efectos no deseados, inercias y resistencias, que las sociedades no se pueden cambiar a golpe de decreto, por voluntarismo o sin contar con amplias complicidades sociales. Sería bueno que tuviéramos la iniciativa para cambiar el mundo, por supuesto, pero teniendo en cuenta que la chapuza es la condición humana habitual, que la improvisación nos caracteriza más que la previsión o la planificación, es poco verosímil que lo consigamos.

Pese a todo, podemos plantearnos algunos objetivos que sólo son modestos en apariencia. Comencemos por reconocer que a veces interpretar bien el mundo es una buena manera de cambiarlo o, en cualquier caso, la condición para poder hacerlo. Y sigamos con el propósito de mejorar nuestra atención: en el espacio (examinando las capas profundas de la sociedad) y en el tiempo (mirando un poco más lejos). Lo latente y lo lejano tienen que ganar peso político frente lo visible e inmediato. Aunque no podamos cambiar todo lo que quisiéramos, ni en la medida en que nos parece deseable, sí está en nuestras manos trabajar para que en el futuro suceda eso improbable que no está a nuestro alcance como sujetos aislados.

Quién sabe si, al describir un día la cadena causal de un cambio social, ese acto aislado (como la inmolación de Mohamed Bouazizi, aquel joven tunecino que desató la Primavera Árabe o la denuncia de la actriz Ashley Judd contra el acoso sexual en Hollywood), pueda ser identificado como el que desató la reacción colectiva, el que fue imitado y terminó por formar una gran cascada. Por eso estamos obligados a hacer bien aquello que nos toca. Como nunca sabemos del todo si nos quedaremos solos o seremos el comienzo de un cambio, hagamos bien lo que tenemos que hacer por si acaso alguien culmina lo que empezamos. No conocemos la mayor parte de las cosas que nos van a pasar;tampoco sabemos si van a suceder gracias o a pesar de lo que hagamos. Por eso lo único razonable es actuar con la ficción de que cuanto va a suceder depende de lo que hacemos o, al menos, que de nuestras acciones se seguirán efectos y que debemos anticiparlos en la medida en que nos sea posible.

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