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Lamento de la musa

Por Julio Urdin Elizaga - Martes, 9 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:15h

Últimamente, sobre todo entre algunos excompañeros de viaje, y de más de una peripecia dentro del mundo de las artes y de la estética, no oigo y, sobre todo, leo otra cosa que lamentos por la poca consideración que el momento actual tiene ante el mismo. Tras un breve repaso sobre su último devenir, la conclusión unánime parece ser aquella de que el arte actual ni se vende ni se entiende. Por otra parte, tal vez ello no sea nada novedoso pues dicho lamento siempre ha estado presente entre los protagonistas del arte a través de prácticamente todos los tiempos, una vez dejaran de ser anónimos artífices de la obra. Pero si en algo podemos concitar el acuerdo es en el diagnóstico que reconoce en las muestras del mismo una pérdida del lugar que otrora pareciese corresponderle como vanguardia de un movimiento conducente al mayor de los progresos tanto en el plano material como espiritual, yendo últimamente a rebufo de otras manifestaciones generadas alrededor de la técnica -de la que por otro lado siempre se ha servido-, y estando, finalmente, subordinado a la lógica generada a partir de lo que el biólogo Mark Pagel, no sin cierta ironía, considera ser uno de los motores de la evolución;la doble ley basada primero en el precepto del smithiano Ricardo de la ventaja comparativa que “nos enseña cuán conveniente es el principio de especialización”, al cuál indefectiblemente le “sigue la máxima por la que se nos recomienda permanecer en un lugar siempre que existan ganancias y buscar otro en caso contrario”. Ahora bien, esta ley, tal y como nos hace saber el historiador E. Hobsbawm, no siempre rige, pues: “Cuando George Grosz marchó a Estados Unidos y encontró allí un mundo del que no abominaba, perdió su fuerza como artista”.

Durante un tiempo, tal vez un tanto ingenuamente, pensamos que desde nuestro lugar había llegado el momento de poder participar en una labor de culturización basada en la falsa promesa de una globalizadora retícula nodal del mundo de las artes, siendo implementada por la humilde aportación local. Poco pudo tan voluntariosa determinación ante el envite de una realidad dominada por el sistémico egoísmo de su corporativo entramado de intereses alrededor del individuo frente a la utopía de un altruismo sustentador de la comunidad;alimentado, por si esto fuera poco, además, por la autista, egolátrica, visión del propio artista que en su persona y obra piensa que a nadie debe nada, desconectado de la realidad, mal asesorado por quienes le rodean e insuflado de una peculiar ambición muy en línea con la afirmación del historiador del arte Ernst H. Gombrich de que: “El arte no existe;solo los artistas”. Y por añadidura, al decir de muchos, la mayor parte de ellos tentados en representar el papel de bufón de la corte.

Tras un breve repaso sobre su último devenir, la conclusión unánime parecer ser aquella de que el arte actual ni se vende ni se entiende

Tal iniciativa nos dejó un interesante equipamiento en manos de la institución local, municipal y regional, sin que, a ciencia cierta, se sepa que va a ser de él. Y en su ensimismamiento actual pareciera como si el mismísimo personaje mitológico de Europa (una belleza natural) en vez de por un toro (Zeus) hubiese sido raptada por las sufridassabinas, a sabiendas de que para la defensa de Creta el mismo Zeus tras desposarla con un rey, Asterio, le regalara a Talos, el primer autómata conocido, el hombre de bronce (hijo y padre a su vez, según tradición, del dios del fuego que fuera Hefesto). Esta belleza natural de Europa es preservada de todo riesgo por la seguridad manifestada mediante la dualidad presente en este ente artificial humanizado. Y en la misma tradición griega Hefesto, que vendría a ser algo así como el patrón de los artesanos incluidos pintores, escultores y arquitectos, responde de su fallida belleza con el ingenio mediante la creación de artefactos puestos al servicio del hombre resentido y servil con el poder (en varias ocasiones él mismo). Ahora bien, como recalca Michael Köhlmeier, nada habrá de ser de éste último sin la complicidad de Atenea, viniendo a encarnar lo contrario de Hefestos: “Ella es el espíritu, mientras que Hefestos representa lo artesanal apegado a lo mundano”.

Todo ello, como podemos apreciar, surge una vez más de la dinámica de dominio establecida condicionalmente por las relaciones de poder. Y quizá por ello mismo, Platón recomendara a los suyos, a sus artistas, ante todo sencillez y humildad, pues en ocasiones el menos es másdel lema arquitectónico miesiano puede resultar la opción más adecuada conducente al verdadero triunfo. Siendo a este respecto que Iris Murdoch, en su reflexión en torno a la condición del artista en Platón, realizara la siguiente aguda consideración en torno a la presunta condición platónica de la obra de arte contemporánea: “Por encima de todo, el espíritu de la obra ha de ser modesto y sin pretensiones. Las pinturas de Mondrian y Ben Nicholson, por ejemplo, de las que podría pensarse que cumplen sus requisitos, creo que serían consideradas por Platón histriónicas y peligrosamente sofisticadas. En general, el arte popular y las labores artesanales expresarían las satisfacciones estéticas de su Estado ideal”.

En esta dirección, una lectura más viene a sumarse a las anteriores reflexiones. Se trata del ensayo editado por Atalanta, en la que el escritor y director de cine canadiense JF Martel reivindica al arte en una era dominada por el espíritu de lo artificial. Y lo hace de la siguiente forma reclamando la “condición universal del ethos humano”. Según el mencionado autor: “El arte es una empresa humana objetiva con la misma aspiración de acercamiento a la verdad que pueda tener la ciencia, aunque a una verdad de distinto orden. La consistencia y la universalidad de la expresión estética a través de la historia en todo el mundo sugiere, cuando menos, que la tarea humana que encuentra su formulación moderna en el concepto del arte pertenece a una esfera de actividad distinta, poseedora de su propia ontología. Creo que lo que el occidente moderno llama arte es consecuencia directa de un impulso humano básico, de un expresividad inmanente inextricablemente unida a la imaginación creadora. Así pues, es menos un producto de la cultura que la manifestación de un proceso natural a través de la esfera cultural. Incluso se podría decir que el arte es algo que tiene que existir en primer lugar para que la cultura pueda emerger”. En fin, todo un propósito de realización que poco tiene que ver con el utilitarista reduccionismo programático pageliano del que algunos artistas parecen querer participar.

El autor es escritor

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