Botifler

Por Ignacio Pérez-Ciordia - Miércoles, 10 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:16h

Las funciones de un buen gobierno deben tener por objetivos generales el facilitar y mejorar la cohesión social, así como aumentar la calidad de vida de los gobernados, al menos en su vertiente educativa, sanitaria y de bienestar social.

Alguien, puritano y quisquilloso penalista, añadiría una tercera: que ello se haga conforme a la ley.

Por supuesto, la intencionalidad no es suficiente;es necesario pragmatizar las buenas ideas, y ello implica el desarrollo de políticas proactivas con las actividades necesarias para conseguirlo. La financiación necesaria es importante para activar las medidas, pero el respeto a los convecinos, a sus ideas, con sus dimes y diretes es lo que enorgullece a la sociedad, humanizándola. Cataluña, por suerte para todos, no es diferente.

Sobre facilitar la cohesión social, los gobernantes se han enrocado en sus lemas, a veces de manera muy agresiva tanto física como verbalmente. Y esta descomunión, más propia de aficionados de bufanda y tridente, cual enfermedad infectocontagiosa, se ha transmitido a todo gobernado, independientemente de su posicionamiento social.

La descalificación del contrario es la fuerza motriz atávica que aúna la desfachatez, ya sea en enjambre o autista. Hay que inhabilitar y desprestigiar al otro para poderle invisibilizar. Pero no es un enfrentamiento entre jacobinos y girondinos, ni tampoco entre una sociedad democrática contra otra cerril y cutre. Es más bien la idea absolutista y casi divina apoyada en el mantra del sí o sí, convertido en paradigma de la libertad.

De todas las sandeces dichas, todas ellas de frase corta y bota larga, el podio está ocupado por el vocablo fascista, sucesor del despectivo botifler. Con altruismo y derroche se ha señalado a la mitad de la población catalana como partidaria de la ultraderecha montaraz mentalmente apostada en las catacumbas del fascismo.

No había miedo al ridículo dado que siempre hay jaleadores de impudicias. Y así supimos que fascista era Boadella, maestro y alter ego del teatro satírico en una época difícil de sobrellevar. Y aprendimos que Sabina, cantautor con un historial vital envidiable, también era fascista. Al igual que Serrat, gracias al cual conocimos de la existencia de Machado y Lorca, adláteres defensores de la cultura popular y del respeto al otro. No son los únicos, dado que la mitad de la población de Cataluña también es fascista.

Y por el contrario, de la otra mitad, demócratas de alcurnia y postín, ínclitos entre los preclaros, podemos destacar a Pep y a Gerard, muy conocidos en el mundo del fútbol y también por Hacienda por las nóminas de cientos y cientos de millones de euros. Que algunos soberbios tengan sus cuentas en paraísos fiscales no hace sino cualificar aún más su espíritu democrático;ya se sabe, al enemigo ni agua.

El resumen es que la guillotina de Robespierre ocupa su pedestal en el día a día de la clase política y, por ende, entre comunidades de vecinos. Han identificado al otro con la bestia negra, culpable de todos sus males, imponiéndose la clerencía separatista con la consiguiente fractura social.

Hace falta más sirena Loreley y menos deseos de despertar y picotear el nido de serpientes. La banalización del término implica banalización del concepto, del sufrimiento, incluso de la historia. Tal ignorancia supina es propia de adocenados rufianes, perseverantes hasta la extenuación y capaces de confundir la velocidad con el tocino.

Pero la realidad es muy diferente. Así, en las últimas elecciones, Carles fue acompañado en el recuento de votos por miembros de la derecha nacionalista flamenca. Quien a los suyos parece, honra merece.

El partido político al cual representa, interesa recordar, es el heredero de ese partido político que ha gobernado Cataluña durante años, el mismo que aspira a gobernar en el futuro, constituyendo una especie de palimpsesto político respecto a lo previo. Heredero no solo de ideas, también de personas y de pesebres agradecidos. No es relevante si se llaman Jordi, Artur o Carles;todos son hijos de un dios menor.

Pero el azar, ya se sabe, es muy antojoso. En el tiempo que transcurre entre 2006 y 2015 el sentimiento nacionalista se duplica;pero en este mismo tiempo, el Gobierno catalán recortó un 26,6% el gasto social, sanidad y educación, más que cualquier otra comunidad autónoma. Y lo hicieron en aquello que da calidad a la democracia.

Pero también en este mismo tiempo tiene lugar el fulgor mediático y judicial de los casos Palau, del caso 3%, del clan Pujol y demás, situándose todos ellos en la órbita política del susodicho.

El ciclo del gobierno llegaba a su fin;la reacción era inevitable, había que despertar lo emotivo, el sentiment, aquello que podía aunar voluntades con cero desgaste. Ello se convirtió en dogma, reconvirtiendo la confrontación tradicional izquierda/derecha en una cuestión identitaria. Carles, alias El Ubicuo, ha sido el tonto útil de la despolitización, del alumbramiento de lo emotivo que todo lo impregna, actuando como usufructuario de la independencia, incluso transmite mensaje transfronterizo institucional remedando a quien le tiene ojeriza.

Las semejanzas en el plano económico entre las partes se superponen como un facsímil. Para el votante, lo emotivo puede dirigir de manera unívoca la dirección del voto. Pero debemos recordar aquella frase que todo lo puede, “es la economía, entupido”.

La situación ha derivado a un circo, pero sin payasos.

El autor es profesor asociado UPNA

etiquetas: opinion, tribuna, botifler

Últimas Noticias Multimedia